10/06/2026
Junio: Día del Padre
Cada junio, mi padre tenía la misma costumbre.
Se sentaba en su viejo sillón de cuero, colocaba su reloj sobre la mesa, acomodaba sus lentes y sacaba una gastada cartera llena de fotografías familiares.
Decía que esos objetos contenían los recuerdos más importantes de su vida.
Cuando murió de un infarto, tres semanas antes del Día del Padre, nadie se atrevió a mover sus pertenencias.
Todo quedó exactamente donde él lo había dejado.
El reloj.
Los lentes.
La cartera.
Esperando.
La noche del 15 de junio decidí entrar en su estudio para guardar sus cosas.
La habitación estaba oscura y silenciosa.
Tomé los lentes.
Nada ocurrió.
Guardé la cartera.
Nada ocurrió.
Pero cuando levanté el reloj, escuché un sonido.
**Tic.**
Me quedé inmóvil.
El reloj había estado detenido desde el día de su muerte.
**Tic.**
**Tic.**
Las agujas comenzaron a moverse solas.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Hijo...
Sentí que la sangre se congelaba.
Era la voz de mi padre.
Giré rápidamente.
No había nadie.
Sin embargo, el reloj seguía avanzando.
Y cada vez que marcaba un segundo, aparecía un nuevo recuerdo en mi mente.
Lo vi sonriendo cuando yo era niño.
Lo vi enseñándome a andar en bicicleta.
Lo vi abrazándome el día de mi graduación.
Pero los recuerdos cambiaron.
Se volvieron extraños.
Oscuros.
Vi a mi padre observándome mientras dormía.
Vi a mi padre cavando algo en el jardín durante la madrugada.
Vi a mi padre hablando solo frente a un espejo.
Recuerdos que jamás había vivido.
Entonces apareció el último.
Mi padre estaba sentado en el mismo sillón.
Mirando directamente hacia mí.
Como si supiera que algún día vería aquella escena.
—Si estás viendo esto, significa que ya encontraste el reloj —dijo.
Su voz sonaba cansada.
—Hay algo que nunca te conté.
Detrás de él apareció una sombra enorme.
Una figura imposible.
Alta.
Oscura.
Sin rostro.
—Hace muchos años hice un trato para salvarte cuando eras niño.
La sombra colocó una mano sobre su hombro.
—Y cada Día del Padre venía a cobrar una parte de mi vida.
Sentí un n**o en el estómago.
—Pero este año ya no estoy aquí para pagar.
Mi padre comenzó a llorar.
—Ahora vendrá por ti.
El recuerdo terminó.
La habitación quedó en silencio.
Y entonces escuché pasos.
Lentos.
Pesados.
Provenían del pasillo.
Corrí hacia la puerta y la cerré.
Los pasos continuaron acercándose.
El reloj marcó la medianoche.
Las luces se apagaron.
Y una voz grave resonó en la oscuridad.
—Tu padre cumplió su parte...
Ahora te toca a ti.
A la mañana siguiente, mi familia encontró el estudio vacío.
La puerta seguía cerrada por dentro.
Sobre la mesa solo estaban los objetos de mi padre.
Los lentes.
La cartera.
Y el reloj.
Detenido exactamente a las 12:00.
Desde entonces, cada junio, quienes pasan frente a la casa aseguran ver a dos figuras sentadas en el estudio.
Un hombre adulto.
Y un joven.
Esperando juntos el próximo Día del Padre.