13/03/2026
Cumplo 33. Y sí… cayó en viernes 13. El día que muchos miran con desconfianza, como si los números tuvieran la culpa de lo que nos pasa. Yo nunca he creído mucho en eso.
La mala suerte no vive en el calendario. Vive en las despedidas que no esperabas, en las veces que tuviste que empezar de nuevo, en los silencios que pesan más que cualquier palabra.
Pero también hay días que cargan historia. Un 13 de marzo, según algunas crónicas, comenzó la historia de Tenochtitlán, una ciudad imposible levantada sobre el agua por gente que decidió no rendirse. Y otro 13 de marzo, en 2013, eligieron Papa a Jorge Mario Bergoglio. Curioso… porque aunque no soy creyente, hay fechas que parecen tener una especie de gravedad propia.
Y hoy esa fecha también es mía. Treinta y tres años. No han sido años suaves. Han sido años de aprender a golpes, de perder cosas que pensé que iban a quedarse, de reconstruirme más veces de las que imaginé.
También he aprendido que la soledad no siempre es un enemigo. A veces es un lugar donde uno se encuentra. Donde entiendes quién eres cuando nadie te está mirando.
Y en medio de todo eso, a veces aparece gente de formas raras. Personas que llegan desde lejos, desde otra ciudad, desde una conversación que empezó en un celular y terminó ocupando más espacio del que esperabas.
No siempre sabemos qué hacer con esas conexiones. No siempre sabemos si van a quedarse. Pero igual las guardamos. Porque al final la vida también está hecha de eso: de momentos improbables, de afectos que llegan sin pedir permiso, de historias pequeñas que nos recuerdan que seguimos sintiendo.
Hoy cumplo 33 y no tengo la vida resuelta. Pero tengo algo que antes no tenía: memoria, cicatrices, paciencia… y la certeza de que incluso en los años difíciles hay algo que siempre vale la pena salvar.
Así que sí… hoy es viernes 13. Y si ese número significa algo para mí, no es mala suerte. Es simplemente otro año más de estar vivo.