Dylan Gallardo

Dylan Gallardo Historias inquietantes que solo pasan cuando todos duermen. Publicaciones después de medianoche 🌙

08/06/2026
El niño de la foto escolarTegucigalpa, 1997.La foto escolar llegó una semana tarde.La maestra la repartió en silencio, c...
17/05/2026

El niño de la foto escolar

Tegucigalpa, 1997.

La foto escolar llegó una semana tarde.

La maestra la repartió en silencio, como si no quisiera mirar a nadie a los ojos.

Cuando Daniel recibió la suya, sintió algo raro.

En la fila de atrás había un niño que no pertenecía al grupo.

Estaba de pie entre dos compañeros.

Pequeño.
Pálido.
Con el uniforme correcto.

Pero nadie lo recordaba.

—¿Quién es ese? —preguntó Daniel.

Todos miraron la foto.

Nadie respondió.

La maestra se la quitó de las manos.

—No hablen de él.

Eso bastó para que Daniel no pudiera pensar en otra cosa.

Esa tarde buscó el anuario del año anterior.

El niño estaba allí también.

Misma cara.
Misma altura.
Misma posición.

Luego revisó fotos más viejas en la biblioteca.

1989.
1990.
1991.

Siempre aparecía.

Siempre en la última fila.

Siempre con ocho años.

Daniel empezó a sentir que la foto lo miraba.

Esa noche, dejó la imagen boca abajo sobre el escritorio.

A medianoche escuchó papel arrastrándose.

Abrió los ojos.

La foto estaba de pie.

Apoyada contra su vaso de agua.

El niño de la última fila ya no estaba en su lugar.

Ahora aparecía más adelante.

En la segunda fila.

Daniel encendió la lámpara.

La imagen cambió otra vez.

El niño estaba en la primera fila.

Sentado.

Con las manos sobre las rodillas.

Sonriendo.

Al día siguiente, Daniel fue el primero en llegar al salón.

El aula estaba vacía.

Pero sobre cada pupitre había una copia de la foto.

En todas, el niño estaba más cerca de la cámara.

Excepto en la de Daniel.

En esa, el niño ya no estaba dentro de la foto.

Daniel escuchó una silla moverse detrás de él.

No quiso girarse.

Una voz infantil, muy tranquila, dijo:

—Hoy me toca salir contigo.

La maestra encontró el salón cerrado por dentro.

Daniel estaba sentado en su pupitre.

Inmóvil.

Sonriendo igual que el niño de la foto.

En la nueva foto escolar de ese año, Daniel aparece en la última fila.

Con ocho años.

Aunque ya tenía doce.

La tormenta había comenzado antes del anochecer.El cielo estaba cubierto por nubes tan oscuras que parecía que la noche ...
16/05/2026

La tormenta había comenzado antes del anochecer.

El cielo estaba cubierto por nubes tan oscuras que parecía que la noche había caído horas antes de tiempo. Los relámpagos iluminaban por segundos las calles vacías y el sonido de la lluvia golpeando los techos era tan fuerte que apenas dejaba escuchar otra cosa.

Tomás llevaba más de una hora mirando por la ventana de su habitación. Había prometido visitar a su novia aquella noche, pero el aguacero parecía empeñado en mantenerlo encerrado.

Resopló molesto y se dejó caer sobre la cama.

La casa estaba demasiado silenciosa.

Sus padres habían salido esa tarde hacia otra localidad y no regresarían hasta el día siguiente. A Tomás nunca le había gustado quedarse solo durante las tormentas, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

Entonces escuchó el timbre.

Un sonido seco.

Lento.

Aislado.

Tomás levantó la cabeza.

Miró el reloj.

Las once y cuarenta y siete.

Frunció el ceño.

Nadie visitaba aquella casa a esas horas.

Mucho menos bajo aquella lluvia.

El timbre volvió a sonar.

Esta vez más largo.

Tomás caminó por el pasillo mientras sentía cómo el frío parecía aumentar con cada paso. Cuando llegó a la puerta principal, dudó unos segundos antes de abrir.

Giró lentamente la perilla.

La puerta rechinó.

Afuera no había nadie.

Solo la lluvia cayendo violentamente sobre el jardín y la calle vacía iluminada por un relámpago.

Tomás maldijo entre dientes y cerró la puerta con fuerza.

Mientras regresaba a su habitación, algo le hizo mirar hacia el final del corredor.

Le pareció ver una silueta parada junto a la cocina.

Alta.

Inmóvil.

Pero otro relámpago iluminó la casa y ya no había nada.

Intentó ignorarlo.

Tomó un viejo libro que pertenecía a su abuelo, encendió la lámpara de escritorio y comenzó a leer para distraerse.

Las horas pasaron lentamente.

La lluvia no se detenía.

Y sin darse cuenta, terminó quedándose dormido.

El ruido comenzó poco después.

Primero fue apenas un murmullo.

Luego un llanto.

El llanto de un bebé.

Tomás abrió los ojos de golpe.

La habitación estaba completamente oscura.

La lámpara se había apagado.

El sonido seguía allí.

Un llanto húmedo.

Desesperado.

Como si viniera desde debajo de la cama.

Tomás tragó saliva.

Encendió la lámpara rápidamente.

No había nada.

El llanto se detuvo.

La habitación volvió al silencio.

—Solo fue un sueño… —murmuró intentando convencerse.

Se acomodó nuevamente y cerró los ojos.

Entonces la lámpara comenzó a parpadear.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Y algo oscuro empezó a deslizarse lentamente por debajo de la cama.

No tenía forma definida.

Parecía humo.

Una sombra espesa que se arrastraba como si estuviera viva.

El llanto del bebé regresó.

Más fuerte.

Más cerca.

Tomás abrió los ojos.

Y vio la sombra flotando sobre él.

No tenía rostro.

Solo una figura alargada y negra que parecía doblarse de maneras imposibles.

Entonces escuchó una voz.

Una voz infantil.

—¿Por qué me dejaste entrar…?

Tomás gritó.

Cayó de la cama golpeándose contra el escritorio mientras sentía una presión horrible dentro de los ojos.

Algo caliente comenzó a escurrirle por el rostro.

Sangre.

Retrocedió desesperado hacia el pasillo.

Pero la casa ya no parecía la misma.

Las paredes estaban más largas.

El corredor parecía interminable.

Y el llanto seguía escuchándose detrás de él.

Entonces sintió manos pequeñas sujetándole las piernas.

Manos frías.

Pequeñas.

Como manos de niños.

Tomás empezó a gritar mientras aquellas manos subían lentamente por su cuerpo.

Los focos comenzaron a explotar uno tras otro.

La oscuridad cubrió toda la casa.

Y entre las sombras apareció aquella figura.

Alta.

Demasiado alta.

Su cabeza casi rozaba el techo.

No tenía ojos.

Solo una enorme sonrisa abierta hasta donde deberían estar las orejas.

Tomás cayó de rodillas temblando.

—Llévate todo… por favor… no me hagas nada…

La criatura inclinó lentamente la cabeza.

Y respondió con una voz que parecía venir de todas partes.

—Yo no vine por tus cosas.

El muchacho intentó correr hacia la puerta principal.

Pero cada vez que avanzaba, regresaba al mismo corredor.

La casa lo mantenía atrapado.

Entonces las manos negras aparecieron nuevamente.

Sujetaron sus brazos.

Sus piernas.

Su cuello.

Y comenzaron a jalar.

El sonido de los huesos quebrándose se mezcló con el ruido de la tormenta.

Tomás gritó hasta quedarse sin voz.

—¿Q-qué eres…?

La criatura dio un paso hacia él.

El suelo crujió bajo sus pies mojados.

—Soy aquello que entra cuando alguien abre la puerta durante la lluvia.

Un relámpago iluminó la casa.

Y durante un segundo, los vecinos vieron la silueta gigantesca parada frente a la ventana.

Después se escuchó un estruendo.

Algo parecido a una explosión.

La sangre comenzó a salir lentamente por debajo de la puerta principal mientras la tormenta seguía cayendo.

A la mañana siguiente, la policía encontró la casa destruida.

No había rastros de Tomás.

Solo encontraron marcas de pisadas húmedas que comenzaban en la entrada…

Y terminaban justo frente a la habitación.

Como si algo hubiera entrado aquella noche.

Una niña llamada Verónica participó en una sesión de Ouija sin tomarse en serio la invocación, y fue asesinada en extrañ...
16/05/2026

Una niña llamada Verónica participó en una sesión de Ouija sin tomarse en serio la invocación, y fue asesinada en extrañas circunstancias delante de todos los participantes.
Según una de las versiones, ya que la historia varía según el lugar en el que se escuche, una silla salió volando por la habitación y golpeó a la joven por la espalda, ocasionándole la muerte. Otra versión apunta que fueron unas tijeras las que salieron volando y provocaron la muerte de la joven por apuñalamiento. Lo que es común a todas es el ritual que conlleva esta historia. Según la profecía, si pronuncias el nombre de Verónica tres o nueve veces (según la versión), con un libro -que suele ser la Biblia- y unas tijeras abiertas, se aparece el fantasma de la joven detrás de tu reflejo y te mata.
Otra de las versiones más extendidas entre los amantes del más allá es que el espejo se empaña y aparece la fecha de tu muerte, que en muchas ocasiones, es ese mismo día. También, se dice que al pronunciar Verónica frente al espejo cierto número de veces, las puertas y ventanas de la habitación se cierran y la figura de una joven te acaba asesinando. Como se dice comúnmente: La curiosidad, mató al gato.

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Miguel Hidalgo

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