26/06/2025
Hubo una vez un hermoso bosque.
Nació pequeño, pero, a pesar de eso, era un bosque lleno de magia, ilusiones y sueños.
En medio del bosque, había una pequeña casa. Todo parecía estar en calma. Los días pasaban y el sol brillaba.
Dentro de la casa había una particularidad: muchos frascos acomodados en grandes vitrinas.
Los frascos eran bonitos: algunos brillaban, otros eran opacos.
Pero lo curioso era lo que contenían: alegría, tristeza, esperanza, miedo, ilusión, amor, desesperación...
Un día, en aquel hermoso bosque, todo tembló.
Las vitrinas colapsaron. Todo quedó destruido.
Ante esta situación, el hada que habitaba aquella casa tomó una de las peores decisiones que se habían tomado en el bosque.
Fue así que, en una noche en la que la oscuridad era tan intensa que no se podía ver nada —en la que el tiempo no se siente, pero cada segundo pesa enormemente—, el hada se dio cuenta de que el frasco que contenía calma se había derramado, sin posibilidad de recuperar lo que estaba allí.
Observando un poco más, vio cómo la soledad se mezclaba con el cansancio.
Y, al no ver ni saber a dónde ir, solo tuvo fuerza para tomar la poción de la ensoñación, con la que pretendía no despertar.
Pero, para asegurarse, buscó su obsidiana, la más filosa, y entonces la clavó...
La clavó con fuerza en los hilos que llevan la vida.
Abrió los ojos.
Y se dio cuenta de que había fallado.
Deseaba que no fuera real el error.
Estaba decepcionada de sí misma por no lograr el cometido, por darse cuenta de que no pudo proteger lo que más amaba: a ella misma.
Tirada en medio de la casa, sintió cómo los vidrios se clavaban en su cuerpo, cómo los colores se mezclaban, las luces giraban y la oscuridad dominaba.
Creyó que ya no existía más.
Que su cuerpo estaba presente, pero su esencia… se había esfumado.
Cuando pensó que todo estaba perdido, cuando creyó estar completamente sola…
una luz se asomó por la puerta.
Y al aclarar, logró ver a los guardianes del bosque.
Ellos ayudaron a recoger, a organizar los frascos, a rescatar los que aún podían salvarse, a reparar las vitrinas.
Fue en ese instante que se percató de que era amada.
Que no todo estaba perdido.
Que aún se podía reparar.
Todavía, en uno de esos frascos, quedaba la esperanza.
Los guardianes la rodearon, la abrazaron fuerte
y le dieron todo el amor y toda la fuerza para levantarse.
Desde ese momento, en aquel bosque, todo cambió.
Todo lo que conocimos una vez dejó de existir.
No se convirtió en algo mejor, tampoco en algo peor.
Simplemente, la magia —y el amor— ayudó a reiniciar aquel bosque de ensueño.
Con los días, la sonrisa del hada comenzó a mostrarse.
Su cuerpo volvió a reaccionar.
A veces no le era fácil continuar: se sentía frágil, y con una ventisca, los frascos se movían, y ella volvía a titubear.
Sin embargo, se mantenía fuerte. Volvía a ordenar, a clasificar.
Pero esta vez no se torturaba, no se castigaba.
Ahora se trataba con paciencia y amor.
Esta es una historia breve,
pero tiene un gran camino recorrido.
Solo es un recordatorio de que, por más difícil que se vuelva la situación, y aunque no siempre podamos mantener el orden...
Aunque los frascos se rompan, se mezclen o nunca logremos entenderlos del todo, eso no significa que sea el final.
El sol volverá a salir,
los rayos tocarán tu piel
y, entonces, tomando una bocanada de aire,
reunirás la fuerza
y te enfrentarás a mantenerte firme.
No por los demás.
Sino por ti.
También es un recordatorio para decirte que no estás sola.
Siempre hay seres mágicos a tu alrededor que te brindan fuerza, luz, esperanza… y mucho, mucho amor.
Y por último, te comparto uno de los conjuros más poderosos que se han inventado:
“Pase lo que pase, todo estará bien.”