05/06/2026
No todos quieren audicionar para una compañía, no todos sueñan con dedicarse a la danza.
Y aun así, todos merecen una enseñanza seria, responsable y fundamentada.
Como docente, mi trabajo no es alimentar egos, vender falsas expectativas ni decirle a un estudiante lo que quiere escuchar para conservar su mensualidad o asegurar que siga inscrito.
Mi trabajo es acompañar procesos de aprendizaje desde el respeto, la honestidad y el conocimiento.
Porque cuando alguien entra a una clase de danza está confiando su cuerpo, su tiempo, su esfuerzo y, muchas veces, sus sueños a otra persona.
Y esa confianza implica una responsabilidad ética.
La danza no es únicamente expresión.
También es conocimiento, es técnica, es historia, es pedagogía.
Mi responsabilidad no es retener alumnos a cualquier costo, mi responsabilidad es enseñar con honestidad, incluso cuando esa honestidad implique conversaciones incómodas, procesos más lentos o reconocer que aún hay cosas por aprender.
Corregir no es excluir, no es humillar, no es ser cruel.
Corregir es enseñar. es observar, es analizar, es ofrecer herramientas para que el estudiante comprenda dónde está y hacia dónde puede avanzar.
Por eso, huye del maestro que utiliza la corrección para humillar, ridiculizar o ejercer poder sobre sus alumnos. Pero huye también de aquel que nunca corrige. Del que siempre te dice que todo está perfecto. Del que jamás señala un error. Del que confunde enseñanza con complacencia. Porque la humillación es una forma de violencia.
Pero la ausencia total de retroalimentación también puede convertirse en una forma de abandono pedagógico.
La verdadera inclusión no consiste en esperar menos de las personas.
Consiste en garantizar que todas tengan acceso al conocimiento, a una enseñanza de calidad y a docentes preparados.
Todos pueden bailar.
Pero precisamente por eso, todos merecen aprender con honestidad.
Porque la educación artística no consiste en mantener contento al alumno.
Consiste en ayudarlo a crecer.
¿Qué piensas?