26/08/2026
Hemos romantizado tanto el amor al arte que terminamos creyendo que "amar lo que hacemos debería ser suficiente para justificar trabajar de más, cobrar de menos o incluso trabajar gratis."
Y no.
El arte cuesta.
La formación cuesta.
La experiencia cuesta.
El tiempo cuesta.
La producción cuesta.
Y el trabajo de quienes hacen posible una función también cuesta.
Una función no empieza cuando se abre el telón.
Empieza meses antes, en salones, reuniones, planeaciones, ensayos, correcciones, llamadas, cambios y decisiones que casi nunca ve el público.
Entonces, quizá la pregunta no debería ser:
“¿Por qué está tan caro?”
Sino:
“¿Qué estamos pagando realmente?”
Porque pedir un precio justo por nuestro trabajo no significa amar menos el arte.
Significa reconocer que el arte también es trabajo.
Y sí:
**EL ARTE CUESTA.
Y EL TRABAJO ARTÍSTICO TAMBIÉN DEBE PAGARSE.**
¿En qué momento empezamos a llamar “caro” a lo que simplemente está justamente cobrado?