22/04/2026
EL DEDO DE LA BRUJA
Una historia de sangre, tierra y una venganza que nunca terminó
En mi familia hay una historia que se cuenta en voz baja, cuando los niños no están cerca, cuando la noche está más oscura de lo normal. Es la historia de mi abuelo y la bruja. No sé si es verdad, no sé si es mentira, pero mi abuela la juraba, mi papá la repetía, y yo, que la escuché desde niño, nunca supe si creerle del todo.
Mi abuelo era un hombre de campo, de esos que no le tienen miedo a nada. Trabajaba la tierra, cuidaba los animales, vivía en paz. Pero algo empezó a perturbar esa paz. Los animales comenzaron a aparecer mu***os. Vacas, cabras, gallinas. No los mataba un depredador, no tenían heridas de cuchillo. Parecían haber mu**to de miedo, con los ojos abiertos y el cuerpo rígido.
Los vecinos murmuraban. Decían que era una bruja. Que vivía en el monte, que salía de noche, que chupaba la sangre de los animales, que los dejaba secos. Mi abuelo no les creyó al principio. Pero cuando la cosa se puso peor, cuando empezó a perder animales cada noche, decidió hacer algo.
Una noche, se armó de valor. Agarró su machete, su linterna, y se fue al monte. Caminó horas, entre los árboles, entre las sombras, hasta que la encontró. No sé cómo era, no sé cómo la reconoció. Mi abuelo nunca quiso dar detalles. Solo dijo que la cazó, que la descuartizó, y que los restos los enterró debajo de la casa.
—Para que no vuelva —dijo—. Para que no haga más daño.
Los animales dejaron de morir. La paz volvió al campo. Mi abuelo vivió muchos años, murió en su cama, rodeado de su familia. La historia quedó como una leyenda, como un cuento para asustar a los niños, como algo que pasó hace tanto tiempo que ya casi no duele.
Yo crecí escuchándola, pero nunca le creí. Pensaba que era una exageración, que mi abuelo había matado a algún animal salvaje, que los vecinos habían inventado lo de la bruja. No le daba importancia.
Hasta que mi hija empezó a decir cosas raras.
Ella tiene siete años. Una noche, me llamó llorando. Dijo que había visto a una anciana en su cuarto. Una vieja encorvada, vestida de negro, con los brazos abiertos, pidiendo ayuda.
—Pide ayuda, papi —dijo mi hija, entre sollozos—. Dice que le duelen los huesos. Dice que quiere salir. Dice que la tenemos atrapada.
Sentí un escalofrío. Recordé la historia de mi abuelo. Recordé los restos enterrados debajo de la casa. Recordé que esa historia, que yo creía inventada, tal vez era más real de lo que pensaba.
No le dije nada a mi hija. La abracé, la acosté, le canté una canción. Pero esa noche no dormí. Me quedé en la sala, escuchando los ruidos de la casa, esperando ver a esa anciana que mi hija había descrito.
No la vi. Pero mi hija sí. Y no solo esa noche.
Los días pasaron. Mi hija seguía viendo cosas. Decía que veía unos dedos negros saliendo de las paredes, con gusanos retorciéndose, arañando la pintura, tratando de agarrar algo.
—Son los dedos de la bruja, papi —dijo—. Los que enterró el abuelo. Quieren salir. Quieren agarrarme.
No supe qué decirle. No supe si creerle. Pero algo dentro de mí, algo que llevaba años dormido, empezó a despertar.
Recordé que yo también había visto cosas cuando era niño. Sombras en los pasillos, ruidos en las paredes, una sensación de que alguien me miraba desde debajo de la cama. Nunca le di importancia. Pensaba que era mi imaginación, que los niños tienen miedo de la oscuridad, que no hay que hacerles caso.
Pero ahora, con mi hija diciéndome lo mismo, con sus dedos negros y sus gusanos y sus gritos en la noche, empiezo a pensar que tal vez no era mi imaginación. Tal vez la bruja siempre estuvo ahí. Debajo de la casa. En las paredes. Esperando.
No sé qué hacer. No sé si mudarme, no sé si rezar, no sé si desenterrar los restos y llevarlos a otro lado. Solo sé que mi hija tiene miedo. Y yo también.
Por eso escribo esta historia. Para que alguien sepa lo que está pasando. Para que alguien me diga qué hacer. Para que alguien me ayude.
Los dedos negros con gusanos salen de las paredes. Mi hija los ve. Yo también los veo, aunque no quiera aceptarlo.
La bruja de mi abuelo no descansa. Está ahí. Abajo. Esperando. Queriendo salir.
Y yo, que heredé esta casa, heredé también su condena.
Ojalá pudiera irme. Ojalá pudiera llevarme a mi hija lejos de aquí. Ojalá pudiera olvidar los dedos negros y los gusanos y los gritos en la noche.
Pero la casa es mía. La tierra es mía. La bruja también.
Mi abuelo la enterró. Pero no la mató.
Y ahora ella quiere venganza.
No sé si podré detenerla. No sé si mi hija podrá dormir tranquila. No sé si algún día podré mirar las paredes sin pensar en los dedos que las arañan.
Solo sé que la historia de mi familia no es solo una historia. Es real. Y está pasando. Ahora. En mi casa. En mi vida. En la de mi hija.
La bruja no descansa. Y nosotros tampoco.
Ojalá alguien nos ayude. Ojalá alguien nos diga qué hacer. Ojalá alguien nos salve.
Porque los dedos negros con gusanos ya están saliendo.
Y no sé cuánto tiempo podamos aguantar.
ADAPTADOR POR ☠️ BRYANS RODRÍGUEZ 🎃