26/06/2026
¿Por qué un Dios y no una Diosa?
Hace ya cerca de una década, una compañera de trabajo se enteró de que soy ateo, y sorprendida me preguntó:
—¿Tú no crees en Dios?
Se me ocurrió responderle:
—No, yo creo en Diosa.
Ella frunció el ceño, visiblemente confundida, y se retiró.
Pero mi respuesta tenía dos propósitos. En primer lugar, quería señalar algo que pocas personas se detienen a pensar: “Dios” no es un nombre propio. Es un sustantivo o nombre común: una palabra que, según la RAE, se aplica a sujetos o cosas “que pertenecen a una misma clase, especie o familia, significando su naturaleza o sus cualidades”. Y sin embargo, millones de creyentes emplean esta palabra como si fuera el nombre propio de un ser concreto: el dios de las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam). Mi compañera era cristiana, y el dios cristiano tiene nombre específico; en la Biblia, él mismo lo dice: “Yo Jehová; este es mi nombre…” (Isaías 42:8). Pero a pesar de ello, la mayoría de los creyentes prefieren referirse a esa deidad en concreto solamente como “Dios” (así, con mayúscula), como si se tratara de una especie de apodo, o más bien, como el “Dios” por antonomasia.
Mi segunda intención era más provocadora: ¿Por qué “Dios” y no “Diosa”? ¿Por qué tantas personas consideran tan natural creer en un ser supremo masculino, pero encuentran extraña la idea de una deidad suprema femenina? La pregunta parece sencilla, pero conduce a una reflexión profunda sobre el origen de las religiones y las sociedades que las produjeron.
Desde una perspectiva antropológica, la explicación más evidente es que las grandes religiones monoteístas surgieron en sociedades profundamente patriarcales. Los antiguos hebreos vivían en un mundo donde los reyes eran hombres, los jefes tribales eran hombres, los sacerdotes eran hombres y los guerreros eran hombres. La autoridad política, militar y religiosa estaba concentrada casi exclusivamente en manos masculinas. No resulta extraño, por tanto, que la máxima autoridad del universo también fuera una figura masculina. Y es por eso que el dios bíblico aparece constantemente descrito con atributos masculinos: es llamado Padre, Señor, Rey, e incluso se afirma que “Jehová es varón de guerra” (Éxodo 15:3). Sí, un varón.
Pero la pregunta interesante no es por qué los antiguos israelitas imaginaron a su dios como hombre. Lo verdaderamente llamativo es que millones de personas modernas continúen considerando tan natural esa representación mental sin preguntarse de dónde procede. Principalmente las mujeres deberían preguntarse: ¿Por qué un “Dios” y no una “Diosa”? ¿No es esto sospechoso?
Afortunadamente, cada vez más personas se plantean esa duda. Cada vez más personas —incluidas mujeres— han comenzado a formularse preguntas que durante siglos apenas se planteaban:
- ¿Por qué Dios siempre aparece como padre y nunca como madre?
- ¿Por qué los principales profetas son hombres?
- ¿Por qué los sacerdocios suelen estar reservados a hombres?
- ¿Por qué los textos sagrados fueron escritos casi exclusivamente por hombres?
- ¿Por qué la autoridad religiosa histórica ha estado concentrada en manos masculinas?
Son preguntas legítimas, que no constituyen ningún ataque a la religión. Pero las respuestas conducen a una conclusión inquietante: las religiones reflejan en gran medida las estructuras sociales de las culturas que las produjeron.
Ahora bien, se plantea otra observación interesante: ¿No sería más natural una diosa creadora del universo? Durante la mayor parte de la historia, las personas ignoraron cómo funciona la genética y la reproducción. Lo que sí podían observar, era que los niños nacían del cuerpo de las mujeres. Y desde esa perspectiva, no resulta extraño que muchas culturas asociaran la capacidad creadora con figuras femeninas. Después de todo, si alguien parecía poseer el poder de generar nuevas vidas, era la mujer. Por eso encontramos en tantas culturas antiguas figuras maternales asociadas a la fertilidad, la tierra, la naturaleza y el origen de la existencia.
En este sentido, muchos investigadores han señalado la amplia difusión en diferentes culturas antiguas de la figura conocida como “la Gran Diosa Madre”. Los sumerios, por ejemplo, veneraron a Ninhursag como su Diosa Madre, asociada con la maternidad y la creación. Los egipcios adoraron a Isis como la “Reina de los dioses”, una de las deidades más importantes de todo el Mediterráneo antiguo. Y los griegos y romanos rindieron culto a diversas diosas relacionadas con la fertilidad, la naturaleza, la agricultura y la luna.
El historiador alemán Karlheinz Deschner, observó que, si las hipótesis sobre la antigüedad de ciertas formas de organización matrilineal son correctas, la adoración a divinidades maternales podría ser incluso anterior a muchos cultos centrados en dioses masculinos. Y aunque los especialistas continúan debatiendo el alcance histórico de esta teoría, lo cierto es que las diosas desempeñaron un papel fundamental en numerosas civilizaciones.
Hoy, sin embargo, las principales religiones monoteístas son patriarcales y no matriarcales. Por eso nos resulta difícil concebir una religión con un pueblo que fuera el “elegido” por una Diosa creadora del universo, y que estuviera esperando a una mujer “ungida”, que gobernaría como su futura Reina. Y mucho más raro nos resultaría una religión que creyera en una mujer que fuera la Hija unigénita de la Diosa, y que a la vez fuera esa Diosa. Una Hija unigénita que fuera concebida por la Diosa con la participación de un hombre mortal. ¿Acaso no es esto muy extraño?
Al final, las religiones monoteístas terminaron concentrando toda la capacidad creadora en una figura masculina, lo cual es sólo un reflejo de la cultura humana. Porque desde una perspectiva antropológica, uno de los aspectos más reveladores de las religiones es que sus dioses suelen parecerse mucho a las sociedades que los inventaron. Por eso decía el filósofo presocrático Jenófanes de Colofón, que si los bueyes, los caballos y los leones tuvieran manos y pudieran dibujar, dibujarían a sus dioses como bueyes, caballos y leones respectivamente. Por eso los dioses de sociedades guerreras suelen ser guerreros; los de sociedades monárquicas suelen ser reyes, y los de sociedades patriarcales suelen ser padres. También por eso resulta difícil ignorar la coincidencia entre la estructura patriarcal de las antiguas culturas del Oriente Próximo, y la imagen masculina de Yahvé o Jehová, el dios que posteriormente se convirtió en “Dios” para el cristianismo.
Ahora bien, vale la pena aclarar algo: siendo racionales, si existiera algún creador del universo, sería totalmente absurdo pensar que tuviera s**o o género. Obviamente, un ser eterno, omnipotente y trascendente (además de invisible), no necesitaría órganos reproductivos ni cromosomas. Pero a pesar de esto, las religiones tradicionales continúan describiendo a su divinidad con categorías completamente humanas, y precisamente masculinas. Algo que, desde una perspectiva antropológica, sólo puede interpretarse como una evidencia de que los seres humanos han proyectado sobre sus dioses sus propias estructuras sociales, sus valores y sus prejuicios.
Y quizá por eso la pregunta “¿Por qué un Dios y no una Diosa?” resulta tan interesante. No porque demuestre que una diosa sea más probable que un dios, sino porque nos obliga a preguntarnos hasta qué punto nuestras creencias religiosas proceden de una realidad sobrenatural, y hasta qué punto son el reflejo de las sociedades que las crearon. Pero al final, la cuestión no parece ser si deberíamos creer en un “Dios” o en una “Diosa”. La cuestión es si existen razones suficientes para creer en alguno de los dos.
[Godless Freeman]
[1] https://www.unprofesor.com/lengua-espanola/sustantivos-comunes-y-propios-con-ejemplos-1930.html
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Antonomasia
[3] https://www.casadellibro.com/libro-historia-sexual-del-cristianismo/9788487705090/351934
[4] https://es.wikipedia.org/wiki/Diosa_madre
[5] https://estilonext.com/cultura/diosas