29/05/2026
LA X'KOKOLCHÉ: EL CANTO QUE AGRADECE LA LLUVIA
_Leyenda del Mayab_
Ya caída la noche en El Mayab, la X'kokolché tocó la puerta de una casa rica. Había volado todo el día pidiendo trabajo, pero su plumaje opaco y cenizo provocaba rechazo. Un criado principal salió a atenderla y, a punto de correrla, recordó que necesitaban sirvienta para las tareas que nadie aceptaba. La contrató con una condición: trabajar escondida en la cocina. Si la hija de los dueños la veía, la despedirían por fea.
Esa hija era la Chacdzidzib, el cardenal. Pájara consentida, orgullosa de su plumaje rojo encendido y del copete que coronaba su frente, se creía merecedora de toda atención. La X'kokolché vivía triste y sola entre ollas y humo. Nadie le hablaba.
Un día, la Chacdzidzib tuvo un capricho: aprender a cantar. Sus padres contrataron al pájaro Clarín, el mejor maestro del monte. Las clases eran por la tarde. La Chacdzidzib resultaba floja, se aburría, no practicaba. Su voz seguía ronca y desafinada.
Sin que el Clarín lo supiera, tenía otra alumna. Escondida tras el fogón, la X'kokolché atendía cada lección y luego repetía sola, en silencio. Así olvidaba su soledad. Su voz, pulida por la constancia, pronto superó a la del propio maestro. El Clarín renunció, harto de la mala alumna. A la Chacdzidzib no le importó. A la X'kokolché se le acabó su único consuelo.
Para sobrellevarlo, cada noche inventaba una canción. Nadie sabía de dónde venía ese canto. Al oírlo, el monte entero callaba. Quien más lo buscaba era el Cenzontle. Una noche, invitado a cenar en casa de la Chacdzidzib, reconoció la voz. Se levantó de la mesa, siguió el sonido y llegó a la cocina. Ahí vio a la X'kokolché, pequeña y gris, cantando para las sombras. No la interrumpió. Volvió cada noche a escucharla.
El Cenzontle comprendió su soledad. Una madrugada entró a la cocina y se la llevó. Al día siguiente la presentó ante todos los animales del Mayab: ella era el ave del canto nocturno. La recibieron con cariño. Libre por fin, la X'kokolché cantó mejor que nunca. Desde entonces, su voz provoca tristeza y alegría al mismo tiempo, y todos los pájaros la admiran.
Casi todos. La Chacdzidzib no soporta escucharla. Le recuerda que, aunque es muy bonita, jamás podrá cantar igual.
*Y hay más.* Dicen los abuelos que cuando termina la lluvia, la X'kokolché sale al rama más alta. Su canto cambia. Se vuelve lento, pausado, como una oración. Quienes saben escuchar juran que en su trino se distingue claro: _“Bendito sea Dios… Bendito sea Dios”_. Agradece al Creador por el agua que limpia el monte y calma la sed de la tierra.
Por eso, en Yucatán, cuando llovizna y luego calla la tormenta, la gente se asoma y espera. Si canta la X'kokolché, es señal de que la milpa vivirá y que Dios mandó bendición.