Relatos del Muerto

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ROSAS PARA MI ESPOSALa noche del 14 de febrero, día de los enamorados, era un momento de mucho trabajo para nosotros, lo...
21/09/2026

ROSAS PARA MI ESPOSA

La noche del 14 de febrero, día de los enamorados, era un momento de mucho trabajo para nosotros, lo digo porque yo trabajaba en una floristería y desde que empieza el día, hasta ya entrada la noche, muchas personas solicitaban nuestros servicios de entrega de flores a domicilio.

Yo acababa de regresar de mi última entrega del día, antes que mis compañeros y ya casi estaba por irme, pero recibimos la llamada de un hombre solicitando el servicio, para mi fue muy frustrante, porque me sentía cansado y también tenía planes con mi novia, pero pensé que no me vendría mal el tiempo extra.

Atendí al caballero, por su voz parecía un hombre de edad media, hablaba muy pausadamente y me dijo:

-Buenas noches, necesito que le entreguen un ramo de rosas a mi novia, hoy es una fecha muy especial para nosotros, mi nombre es Jose Alcantara y la dirección a la que la debe llevar es esta, yo estaré para pagarle.

-Perfecto, voy en camino.

La dirección que medió era un poco extraña, algo alejada de las rutas normales, pero mi idea era ir, entregar y regresar lo más pronto posible. Durante el camino me dí cuenta de que era una zona apartada, realmente habían pocas casas en el área, aun así llegué a mi destino.

En el lugar había una pequeña casa, nada extraordinario, pero parecía que no había nadie alli, las luces estaban apagadas, dejé la moto y me acerqué con el ramo en las manos. Toqué la puerta, llamé al señor Jose, pero nadie me contestó, marqué el número de teléfono que tenía registrado del cual me llamó para hacer el pedido y fue entonces cuando desde adentro de la casa escuché tono, dejándome saber que estaba en el lugar correcto y quien quiera que fuera que hizo el pedido, se encontraba también alli.

Antes de colgar la llamada, una tenue luz que provenía desde adentro me hizo asomarme por la ventana, resulta que aquella luz era de un viejo celular, tal vez el utilizado por el cliente, pero lo más extraño fue que cada vez que parpadeaba la luz del celular, dejaba ver la silueta de dos personas sentadas en una mesa una frente a la otra, mas no se movían, al menos no que yo lo notara.

En fin, me moleste un poco, me sentía ignorado, asi que decidí irme sin hacer la entrega, pero mientras caminaba de regreso a mi moto para retirarme, recibí una llamada del señor Jose, yo le respondí algo irritado.

-Caballero, llevo varios minutos afuera de su casa esperando que me atienda para hacer la entrega, sin embargo usted no sale, y puedo ver que esta alli sentado, si esto es una broma me voy a retirar enseguida.

-Lo siento mucho joven, por favor no se moleste, vaya por la puerta de atrás, la dejaré abierta para que pueda entrar, aqui tengo su dinero.

La verdad que era un tipo muy raro, pero yo quería terminar e irme de aquel lugar asi que me dirigí como el me dijo a la parte de atrás de la casa, al aproximarme cada vez más, un olor a podrido muy penetrante se internaba en mi nariz, era algo asqueroso, el patio era muy oscuro y sucio, yo trataba de mirar donde ponía mis pies, y por suerte lo hice, porque descubrí un enorme agujero en el suelo, tendría varios metros de profundidad, lo alumbré con la pantalla de mi teléfono y quedé impresionado y asustado al ver tal vez cientos de gusanos intentando salir de allí, era asqueroso.

Antes de que pudiera ponerme a vomitar de lo asqueado que estaba, una mano abrió la puerta trasera, fue lo único que pude ver, así que asumí que era el señor Jose. Tapándome con una mano la boca y la nariz para no vomitar, entre lentamente a la casa que seguía oscura, pero lo peor era que el olor a podrido era mucho más intenso adentro.

-Señor Jose?…aquí traigo el pedido de rosas…hay alguien?

Otra vez silencio, me acerqué a la mesa donde se podían ver las dos personas sentadas, a cada paso me detenía a toser y vomitar por el olor, las dos personas no se movían, ni me hablaban, las alumbré y fue cuando sentí que todo mi cuerpo se iba a desvanecer, mi corazón saldría del pecho seguro, aquellas dos personas no eran más que dos cadáveres podridos, llenos de gusanos e insectos que aun les devoraban la carne, estaban todos llenos de tierra y claramente eran un hombre y una mujer y esta vez si me miraban a la cara, yo tiré el ramo al suelo y salí corriendo de aquel lugar, estaba seguro que esos cuerpos habían salido de ese agujero de allí afuera, no entendía nada, ya era cuestión de supervivencia.

Llegué a la moto tratando de recobrar el aliento, la arranqué y me fui lo más rápido que pude, al llegar de vuelta a la floristería, le dije a mi jefe que intentaron asaltarme y no pude cobrar el pedido, yo era buen empleado asi que no me indagó más.

Esa noche cancelé la salida con mi novia, y le dije que la vería al día siguiente, yo no tenía cabeza para más nada que no fuera pensar en mi experiencia con esa entrega, decidí buscar en internet el nombre de Jose Alcantara, luego de un rato, encontré un artículo acerca de una pareja que fue descubierta mu**ta y enterrada en su propia casa la noche de un 14 de febrero hace unos cuantos años, al parecer decidieron suicidarse.

Ya me quedaba dormido, cuando recibí una llamada, esta vez de un número desconocido, aunque reconocí la voz del que llamaba y solo me dijo:

-Joven, a mi esposa le encantaron las rosas, pero se fue sin cobrar y nos apena, pronto le pagaremos.

Luego de eso, renuncié a mi trabajo

Crédito a su autor...

Cuando sentimos que algo le falta a nuestra vida y descubrimos que es a nosotros mismos Empezó como una sensación livian...
20/09/2026

Cuando sentimos que algo le falta a nuestra vida y descubrimos que es a nosotros mismos

Empezó como una sensación liviana, casi imperceptible: un vacío en el pecho que pensé que era hambre, soledad o el peso de los años que no cumplí mis sueños. Pasaron las semanas y el hueco creció, hasta que me veía frente al espejo y no reconocía el espacio que ocupaba —como si mi cuerpo fuera una casa donde alguien hubiera robado las paredes, dejando solo un esqueleto de lo que debía ser.

Un día encontré el agujero. Estaba en la base de mi columna vertebral, un orificio negro y húmedo que no debería existir. Al acercar los dedos, sentí cómo algo me tiraba desde adentro, como si mi propia carne anhelara escapar hacia ese vacío. Empecé a investigar en viejos libros de la biblioteca abandonada del barrio, hasta que encontré una página manchada de lo que parecía ser sangre seca: "El ser humano no es completo desde el nacimiento. Porta dentro su propia mitad ausente, que busca retornar en silencio. Cuando el deseo de plenitud se hace fuerte, la mitad perdida comienza a devorar al que la espera, para reconstruirse en su lugar."

Esa noche desperté con un dolor insoportable. Sentía cómo mi piel se despegaba de los músculos, cómo mis órganos se movían como si tuvieran vida propia, dirigiéndose hacia el agujero en mi espalda. Miré hacia abajo y vi que mi mano derecha ya no era mía: estaba cubierta de una piel grisácea y escamosa, con uñas que se curvaban como garras. Al mirar el espejo, vi que mi rostro se estaba deshaciendo —la mitad izquierda seguía siendo la que conocía, pero la derecha había sido reemplazada por algo que me miraba con ojos sin iris, una boca que no paraba de abrirse y cerrarse como si estuviera ansiosa por devorar más.

Intenté gritar, pero mi voz salió quebrada, como si viniera de dos gargantas diferentes. Sentí cómo mi mente se dividía: una parte seguía siendo yo, luchando por mantener el control, mientras la otra —mi mitad ausente— se apoderaba de cada centímetro de mi ser. Comencé a ver recuerdos que no eran míos: asesinatos en oscuros callejones, rituales donde se ofrecía carne humana, vidas que mi otra mitad había vivido mientras yo creía estar solo en el mundo.

Cuando el proceso estuvo a punto de terminar, me quedé solo con la capacidad de mirar mi cuerpo completo en el espejo. Era yo, pero no del todo —mi piel era una maraña de lo que había sido y lo que había llegado, mis ojos tenían dos colores diferentes, mi boca tenía doble fila de dientes.
Y en el agujero que ahora estaba cerrado, sentí cómo mi antigua mitad yacía mu**ta, digerida por la criatura que ahora ocupaba mi lugar en el mundo. Pero entonces el reflejo en el espejo parpadeó —no siguió mis movimientos. Se volvió lentamente hacia un rincón de la habitación que yo no podía ver, y sonrió con ambas bocas a la vez, mostrando dientes que brillaban como navajas húmedas.

Al girarme, vi lo que veía el reflejo: docenas de figuras semitransparentes, todas con mi rostro distorsionado de la misma manera, estaban pegadas a las paredes y al techo. Eran otras versiones de mí mismo, otras mitades que habían devorado a sus propios yoes y ahora esperaban en la sombra. Uno de ellos se desprendió del ladrillo y se acercó hasta mi oído, susurrando con una voz que era la mía pero que llevaba siglos de edad:

"No eres el primero. Ni el último. El vacío nunca se llena —solo se expande. Cada vez que alguien siente que le falta algo, nosotros venimos a cobrar lo que es nuestro. Y cuando terminemos con tigo, iremos por los que amas. Porque su vacío ya está creciendo dentro de ellos. Ya pueden sentirnos..."

Mi mano —la que ahora tenía garras— se movió por sí sola hacia la puerta, abriéndola sin que yo pudiera detenerla. En el pasillo, las luces parpadeaban, y a través del cristal de la ventana vi que los vecinos miraban hacia mi casa con ojos vacíos, tocándose el pecho donde comenzaba su propio agujero. Mi reflejo en el cristal de la puerta se multiplicó una y otra vez, hasta que toda la superficie estaba llena de míos, todos sonriendo, todos listos para salir al mundo.

Sentí cómo lo poco que quedaba de mi conciencia se ahogaba en un mar de sombras que llevaban mi cara. El último pensamiento que pude formar antes de desaparecer por completo fue el mismo que había tenido semanas atrás, pero ahora con un terror que me heló los huesos: "Me falta algo en la vida..."

Y desde la oscuridad que ahora era mi hogar, escuché miles de voces responder en un coro que era mi propia voz: "Sí. Eres tú lo que te falta. Y ahora te vamos a devorar hasta que no quede nada."

20/09/2026

-Cortometraje
-no cuento con los derechos de autor(los desconozco)
-si los conoces manda md para etiquetarlo

LA ESQUINAMi abuelo tenía la espalda jodida desde que yo me acuerdo. No era de quejarse, pero en la madrugada se levanta...
20/09/2026

LA ESQUINA

Mi abuelo tenía la espalda jodida desde que yo me acuerdo. No era de quejarse, pero en la madrugada se levantaba. Todos en la casa sabíamos. Se oía su cama rechinar, sus pantuflas arrastrándose hasta la cocina.

No prendía la luz. Se paraba en la esquina que está justo entre la cocina y el pasillo, donde la pared hace un filo, y se tallaba la espalda contra el filo. Para arriba y para abajo. Como un oso. A veces se le escapaba un quejido bajito. Mi abuela decía "déjalo, así descansa".

Cuando se murió, fue en el cuarto del fondo. El que da a la calle. El que tiene esa ventana de fierro que siempre se atoraba. Después del funeral, nos organizamos. Para que mi abuela no se quedara sola. Un nieto por semana. A mí me tocaban los jueves, viernes y sábados.

Mi abuela no es de hablar mucho. Ve su tele, reza, se duerme temprano. Yo me quedaba en el cuarto de mi abuelo, porque ya qué. Ahí seguía oliendo a su pomada, a esa de árnica que huele a tierra mojada.

La tercera noche que me quedé, me desperté con sed. Serían como las 3:40. La casa estaba helada, de ese frío de casa vieja de Toluca que se mete por los pies. No prendí la luz para no despertar a mi abuela.

Fui a la cocina descalzo. Y ahí estaba.

No lo vi de golpe. Primero vi la sombra moviéndose. En la esquina. Ese movimiento que yo conocía de memoria. Arriba y abajo. Tallándose.

Era él. Con su playera blanca de tirantes, la que ya estaba toda aguada. Con su espalda pegada al filo de la pared. Dándole.

Me quedé congelado a mitad del pasillo con el vaso vacío en la mano. Quise decir "¿abuelo?" pero no me salió. Solo me salió un grito corto, como cuando te espantas con un perro. Un "¡ay!" seco.

Él se detuvo. Volteó la cabeza hacia mí.

Y no tenía cara de mu**to. No estaba pálido ni nada de película. Tenía su cara normal, de enojado porque le dolía. Me vio. Como con pena de que lo hubiera cachado haciendo eso.

Y luego se apagó.

No es que se desvaneciera como humo. Es que desapareció, pero dejó su mancha. Como cuando ves el foco mucho rato y cierras los ojos y sigues viendo el foco. Yo seguía viendo su silueta en la pared. La playera blanca. La forma de su cabeza. Se quedó impresa en mi vista como por dos minutos. Yo parpadeaba y ahí seguía.

Me fui corriendo al cuarto de mi abuela y la prendí la luz. Ella ya estaba despierta, sentada en la cama. Me dijo "¿lo viste verdad?". Así, sin más.

Yo le dije que sí, llorando.

Ella me dijo "yo también lo veo a veces. Pero no me da miedo. Viene a tallarse porque dice que aquí es donde se le quitaba". Y se volvió a acostar.

Nunca lo volví a ver después de esa noche. Pero el cuarto donde se murió no quedó normal.

La ventana de fierro, la que mi abuelo siempre dejaba entreabierta porque decía que si no se ahogaba, se abre sola. Aunque le eches llave. Aunque le pongas un palo. En la madrugada truena el fierro y amanece abierta. Unos cinco centímetros. Justo lo suficiente para que entre el aire frío.

Mi abuela ya no la cierra. Dice que para qué. Dice que si la cierra, él tiene que volver a la esquina a tallarse, y ahí sí le duele más.

La que estaba en medioEn la prepa no teníamos dinero para nada. Lo que hacíamos mi amiga Fer y yo era subirnos a su Tsur...
20/09/2026

La que estaba en medio

En la prepa no teníamos dinero para nada. Lo que hacíamos mi amiga Fer y yo era subirnos a su Tsuru gris y manejar. Sin rumbo. Por los caminos que van de Toluca hacia Amanalco, esos que no tienen luz y donde solo ves milpa y milpa. No tomábamos. Literal solo era poner el disco de Reik que estaba rayado y platicar de vatos.

Esa noche era un martes. Me acuerdo porque al día siguiente teníamos examen de química y ninguna de las dos había estudiado. Serían como las once y media. Llevábamos las ventanas abajo porque el aire del Tsuru no servía.

Íbamos rápido, no rapidísimo, pero Fer siempre manejaba como si la persiguieran. En una recta, justo después de la curva donde está el árbol solo ese que parece quemado, las dos la vimos al mismo tiempo.

Una mujer parada en medio de su carril. Pero parada perfecta. Como si la hubieran plantado ahí.

No traía nada brillante. Era una señora con bata, creo. Pelo largo, negro. No nos estaba viendo a nosotras, estaba viendo hacia nosotras, que es distinto. Con la cabeza un poco ladeada.

Gritamos. Las dos. No fue un grito de película, fue un "¡ay!" seco, de niña.

Fer dio el volantazo. No sé cómo no nos volteamos. El carro se patinó en la tierra y quedó atravesado, con la trompa apuntando a la milpa. El disco de Reik se trabó y hacía _tac tac tac_.

Yo tenía las manos en el tablero. Fer tenía el claxon apretado sin querer.

Nos quedamos así como diez segundos sin respirar. Y luego nos bajamos corriendo.

Y no había nada.

Te juro que no había nada. Ni huella. Ni aire. El camino estaba vacío para los dos lados, se veía la carretera blanca por la luna hasta donde alcanzaba. No había casas. No había por donde se hubiera metido. No había ruido de nadie corriendo entre la milpa.

Fue el silencio lo que nos dio más miedo que la mujer. Un silencio de esos que zumban.

Fer se puso a llorar y me dijo "¿la viste? ¿la viste?" y yo solo asentía. Nos metimos al coche otra vez y le cerramos con seguro, aunque no había nada afuera de qué protegernos. Le hablamos a Daniel, un amigo que tenía camioneta, para que nos fuera a escoltar. No nos movimos hasta que vimos sus luces.

Cuando llegó, nos preguntó por qué estábamos atravesadas. Le dijimos "es que había una mujer". Y él se asomó a la carretera, alumbró con el celular y dijo "¿cuál mujer? Si aquí no hay ni pisadas".

Nos fuimos atrás de él a vuelta de rueda hasta Toluca.

Han pasado como quince años. Fer ya vive en Querétaro y tiene dos niños. Yo todavía sueño con esa carretera. Y lo que me hace llorar no es la mujer. Es que hasta ahora me doy cuenta: esa noche, las dos gritamos antes de verla. Gritamos una fracción de segundo antes de que apareciera.

Como si una parte de nosotras ya supiera que iba a estar ahí.

Relatos del Mu**to

  🇲🇽TERREMOTO DE 1985El 19 de septiembre de 1985, a las 07:19 horas, un terremoto de magnitud 8.1 sacudió gran parte de ...
19/09/2026

🇲🇽

TERREMOTO DE 1985

El 19 de septiembre de 1985, a las 07:19 horas, un terremoto de magnitud 8.1 sacudió gran parte de México. El movimiento se convertiría en uno de los acontecimientos más devastadores de la historia reciente del país y marcaría para siempre a la sociedad mexicana.

La ruptura comenzó minutos antes y tuvo su origen en Michoacán, cerca de la desembocadura del río Balsas, en la zona donde convergen las placas de Cocos y Norteamérica. De acuerdo con registros de la UNAM, el epicentro se localizó aproximadamente a 45 kilómetros al noroeste de La Mira, Michoacán, a una profundidad cercana a los 15 kilómetros.

El terremoto fue producto del proceso de subducción de la Placa de Cocos por debajo de la Placa Norteamericana, y la ruptura se extendió por alrededor de 180–200 kilómetros a lo largo de la costa de Michoacán. El movimiento tuvo una duración de poco más de dos minutos y sus ondas sísmicas alcanzaron rápidamente el centro del país.

Aunque el epicentro se encontraba a cientos de kilómetros de la Ciudad de México, la capital sufrió una devastación particularmente grave. Esto se debió, entre otros factores, a las características del antiguo terreno lacustre sobre el que se encuentra buena parte de la ciudad, capaz de amplificar considerablemente el movimiento sísmico. En algunas zonas, la amplificación llegó a multiplicar varias veces la intensidad de las ondas.

El terremoto afectó principalmente a regiones del centro, sur y occidente del país. En la Ciudad de México colapsaron o sufrieron daños graves numerosos edificios, entre ellos el Hospital General de México, el Hotel Regis, los edificios del Multifamiliar Juárez, el conjunto Pino Suárez, el edificio Nuevo León de Tlatelolco y diversas instalaciones industriales y de comunicación.

Una de las características que más llamó la atención fue que algunos edificios relativamente recientes resultaron gravemente dañados o colapsaron, mientras que numerosas construcciones antiguas resistieron el movimiento. Las condiciones del suelo y las deficiencias en algunas prácticas y normas de construcción contribuyeron a la magnitud de los daños.

La destrucción también provocó graves interrupciones en los servicios básicos. Se dañaron calles, redes de agua, sistemas de comunicación y otras instalaciones de infraestructura, mientras miles de personas quedaron sin vivienda.

La cantidad exacta de víctimas continúa siendo motivo de debate. La cifra oficial fue de 3,192 fallecidos, aunque diversas investigaciones y estimaciones posteriores han planteado números considerablemente mayores, que van desde alrededor de 10 mil hasta más de 20 mil personas al considerar también las consecuencias del sismo del día siguiente. Por ello, no existe una cifra única aceptada por todas las fuentes.

Uno de los episodios más dramáticos de aquellos días fue el rescate de personas atrapadas entre los escombros. Miles de sobrevivientes fueron localizados y rescatados durante las labores que se prolongaron por varios días después de la tragedia.

EL SEGUNDO GRAN SISMO

La tragedia no había terminado. El 20 de septiembre a las 19:37 horas, aproximadamente 36 horas después del terremoto principal, ocurrió otro sismo de magnitud 7.6, con epicentro frente a las costas de Guerrero. El nuevo movimiento provocó el colapso de estructuras que ya habían quedado debilitadas y agravó la situación en las zonas afectadas.

El terremoto del 19 de septiembre también generó un tsunami en las costas de Michoacán y Guerrero. En las inmediaciones de Lázaro Cárdenas se registraron olas de aproximadamente dos metros, aunque no provocaron daños importantes.

Meses después, el 30 de abril de 1986, otro terremoto de magnitud 7.0 ocurrió en Michoacán. Aunque por su ubicación y características forma parte de la actividad sísmica de la región, no debe considerarse una réplica directa del terremoto de septiembre.

UN PARTEAGUAS PARA MÉXICO 🇲🇽

El terremoto de 1985 transformó profundamente la manera en que México entendía el riesgo sísmico. La tragedia impulsó cambios en las normas de construcción, en los sistemas de protección civil y en la preparación de la población.

También surgieron organizaciones de rescate que se convertirían en símbolos de aquella tragedia, entre ellas la Brigada de Rescate Topos Tlatelolco, cuyos integrantes posteriormente participarían en labores de auxilio dentro y fuera de México.

A cuatro décadas, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 continúa siendo uno de los acontecimientos que más han marcado la memoria colectiva del país. No fue solamente un terremoto que derrumbó edificios. Cambió para siempre la manera en que México enfrenta sus propios terremotos.


MICKEY MAUSE, EL EPISODIO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR             "LA SONRISA QUE SE ROMPIÓ" Nadie sabe exactamente cuándo e...
15/09/2026

MICKEY MAUSE, EL EPISODIO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR
"LA SONRISA QUE SE ROMPIÓ"

Nadie sabe exactamente cuándo entró esa cinta al archivo. Estaba metida entre materiales de los años 30, envuelta en un papel manchado de humedad, sin título ni fecha. Solo tenía un número escrito a lápiz, tan borrado que apenas se leía.

Era tarde, pasaban de las tres de la madrugada cuando el chico encargado de digitalizarla la metió en el reproductor. Al principio pensó que era una copia dañada: no había música alegre, ni silbidos, ni risas. Solo se escuchaba la lluvia, golpeando fuerte, como si estuviera cayendo sobre la propia habitación.

En pantalla aparecía Mickey, caminando despacio. No saltaba, no cantaba. Miraba al suelo, con las manos caídas a los costados. Su sombra se alargaba demasiado, deforme, como si perteneciera a otra cosa.

El chico se acercó un poco más. Notó que la sonrisa de Mickey… no se movía. Ni cuando daba un paso, ni cuando levantaba la cabeza. Era una línea dibujada, rígida, que no encajaba con el resto de su cara. Y entonces, la imagen empezó a cambiar.

Los ojos se alargaron hacia abajo, como si algo los estirara desde adentro. La boca se abrió poco a poco, más de lo que debía, hasta dejar ver un vacío negro, sin dientes, sin fondo. Los sonidos de la lluvia desaparecieron y en su lugar llegaron unos sollozos, ahogados, entrecortados… la voz de un hombre, no de un dibujo.

Mickey se detuvo justo frente a la cámara. Su sonrisa ya no era sonrisa. Era una herida abierta. Y se quedó así, mirando, mirando fijamente, durante minutos que parecieron horas. Al final aparecieron unas letras, temblorosas, que decían: "¿Tú también te irás y me dejarás solo?"

La pantalla se quedó en negro. Cuando el chico logró reaccionar, corrió a apagar todo… pero la cinta ya no estaba. No se la encontró en ningún lado. A la mañana siguiente no fue a trabajar. Nadie lo volvió a ver. Dicen que en su casa solo quedó una nota, escrita con la mano temblorosa: "Sigue caminando. No mires atrás".

Y lo peor… es que de vez en cuando, en foros olvidados, en enlaces que nadie sabe de dónde salieron, alguien dice haberla visto. Y quien la comparte, nunca vuelve a escribir.


**to

La carta que lo dijo todo Todos sentían lástima por Don Julián. Así de simple. Cuando Elisa se murió, la gente decía: "p...
13/09/2026

La carta que lo dijo todo

Todos sentían lástima por Don Julián. Así de simple. Cuando Elisa se murió, la gente decía: "pobre hombre, se quedó solo con la niña". Y Adriana era todo lo que le quedaba. Se veía desde fuera: un padre viudo, dedicado, que hablaba de su mujer como si no se hubiera ido.

Pero dentro de esa casa… nada era normal.

Empezó despacio, tan despacio que al principio ni siquiera se dio cuenta. Un día su padre le sacó un vestido que no era suyo. De tela suave, de otro tiempo.

—Era de tu madre —le dijo—. A ti te queda mejor que a nadie.

Después vinieron las canciones. No las que cantan en la radio, sino unas viejas, lentas, que él le hacía repetir hasta que la entonación era exacta. La forma de peinarse, de sentarse derecha en la silla, de hablar bajito, de doblar la ropa… todo igual a ella.

Si ella decía "papá, yo quiero…", él la miraba y le decía, suave pero firme:

—Tu madre nunca habría hecho eso.

Y con el tiempo, Adriana dejó de saber qué quería ella. Solo sabía qué habría querido Elisa.

Pasaron los años. Se fue borrando. Su risa cambió. Su forma de caminar. Hasta su letra, cuando escribía, se parecía cada vez más a la de una mujer que murió antes de que ella pudiera recordarla.

Hasta que volvió la tía Teresa. La hermana de su madre. Entró, la miró y se quedó helada.

—Julián —le dijo después, aparte—, la estás borrando. No la estás haciendo recordar a Elisa. La estás convirtiendo en ella.

Él se enojó. Dijo que no entendía nada. Que solo cuidaba el recuerdo. Pero Adriana escuchó. Y por primera vez, sintió algo que no había sentido en años: rabia. Y miedo.

Esa noche, encontró una llave pequeña, escondida en el fondo de un cajón donde su padre guardaba las cosas de su madre. Había una puerta en el pasillo que siempre estaba cerrada. Nadie entraba. Nadie hablaba de ella.

La abrió.

El aire salió pesado, como si no hubiera circulado en años. Adentro todo estaba igual: el olor de su madre, sus vestidos colgados, sus libros, sus fotos mirándola desde todas partes. Y en una mesa, un montón de cartas. Todas escritas por la mano de Elisa.

Una estaba aparte. El sobre decía, con letra temblorosa, apenas dos palabras:

Para Adriana.

Las manos le temblaban tanto que casi la deja caer. La abrió. Leyó.

Su madre le hablaba de ser ella misma. De que no tenía que parecerse a nadie. De que su mayor deseo era verla crecer libre, con su propia risa, sus propios sueños, su propia vida.

Todo lo que su padre le había dicho durante años… era mentira.

Y entonces llegó a la última línea. Las palabras que le helaron la sangre hasta los huesos:

"Y si tu padre intenta convertirte en mi recuerdo, recuérdale lo que una vez me prometió… que jamás haría contigo lo que hizo conmigo."

Adriana levantó la vista. En el marco de la puerta estaba él. De pie. Mirándola. Ya no había ternura en sus ojos. Ni tristeza. Solo hambre.

—¿Qué leíste? —le preguntó. Y su voz ya no sonaba como la de su padre.

Adriana levantó la vista. En el marco estaba él. De pie. Mirándola. Ya no había ternura en sus ojos. Ni tristeza. Solo hambre.

—¿Qué leíste? —repitió. Su voz sonaba seca, rasposa, como si llevara años sin decir la verdad.

Ella no se movió. No escondió la carta. La sostuvo con firmeza entre los dedos.

—Me prometiste —dijo ella, y su voz ya no temblaba— que jamás harías conmigo lo que hiciste con ella.

Don Julián dio un paso hacia adentro. La cara se le endureció.
—Ella no entendía nada. Tú tampoco entiendes. Lo hice por amor. Para que no se perdiera. Para que ella no se perdiera.

—La mataste —dijo Adriana, muy bajito—. La apagaste poco a poco, igual que intentabas apagarme. La convertiste en tu sombra hasta que no quedó nada de ella. Y te creíste que nadie se daría cuenta.

—Eres igual que ella —escupió él, avanzando—. Eres ella. Yo te hice ella.

—No —dijo ella, y sonrió. Una sonrisa que él no le había enseñado—. Tú hiciste un molde. Y ahora lo voy a romper.

Cerró la puerta. Le puso el cerrojo por dentro. Él la empujó desde afuera, gritando, golpeando la madera con los puños. Pero ella no se asustó. Se quedó parada, escuchando cómo su padre se desesperaba del otro lado. Sintió algo extraño en el pecho: no miedo. No tristeza. Algo cálido y afilado. Algo que crecía.

—Adriana, abre esto ahora mismo —bramó él.

—¿Por qué? —respondió ella, acercando la boca a la madera—. ¿Acaso tienes miedo de quedarte solo con tu recuerdo?

Los golpes se volvieron frenéticos. Voces que antes eran suaves ahora rugían. Promesas que se rompían. Insultos que nunca se atrevió a decir en vida.

Ella se sentó en el suelo, justo frente a la puerta, y esperó.

Escuchó cuando se le acabaron las fuerzas. Cuando los golpes se hicieron más débiles. Cuando los gritos se convirtieron en súplicas. Cuando, al final, solo quedó el silencio… interrumpido por su respiración entrecortada, cada vez más lenta.

Pasaron las horas. Nadie vino. Nadie llamó.

Al amanecer, abrió la puerta.

Él estaba ahí, en el suelo, pálido, con la mano extendida como si aún intentara alcanzarla. El corazón se le había detenido en la madrugada. Solo. Tras la puerta que él mismo mandó poner para encerrar un recuerdo.

Adriana lo miró. No lloró. No se arrodilló. Sintió alivio. Y algo más: una satisfacción lenta, dulce, que le recorrió todo el cuerpo.

Se agachó, recogió la carta de su madre y la besó suavemente. Después miró el cuerpo de él.

—Ahora sí vas a recordar —le susurró—. Vas a quedarte aquí, solo con tus sombras. Y yo… yo por fin voy a ser yo.

Se dio la vuelta y salió de la habitación. Cerró la puerta. La dejó tal como él la había mantenido todos esos años.

Mientras bajaba las escaleras, notó algo extraño en el espejo del pasillo. Se detuvo. Se miró bien.

Su rostro ya no era el de la niña asustada que él moldeó. Ni era el de Elisa. Era algo nuevo. Algo que él no había planeado. Algo que, por primera vez, le pertenecía solo a ella.

Sonrió. Y esta sonrisa… esta sí era suya.

Que él descansara donde merecía: entre las cosas que no supo soltar. Ella ya tenía un mundo entero para vivir. Y no sentía ni un gramo de remordimiento. Solo alegría. Pura, fría, perfecta alegría.



**to

La sonrisa del payaso Hoy fui al circo. La verdad hace muchísimo que no iba.. entre el trabajo de la fábrica y todo eso,...
13/09/2026

La sonrisa del payaso

Hoy fui al circo. La verdad hace muchísimo que no iba.. entre el trabajo de la fábrica y todo eso, ya ni me acordaba de cuándo fue la última vez. Los turnos me tienen agotado: madrugada tras madrugada, de pie, con el ruido de las máquinas metido en la cabeza todo el día. Pero hoy vi los letreros en la calle y dije ¿sabes qué? voy a ir. Me va a hacer bien desconectar un rato.

Entré y todo parecía normal. Luces de colores, música, gente gritando, olores de palomitas y algodón de azúcar. Hasta me dio gusto, la neta. Pero hubo un momento.. algo que no se me va a quitar nunca de la cabeza.

Me aparté un segundo para beber agua, y de repente se apagaron las luces del escenario. No fue nada largo, nomás unos segundos de penumbra. Y ahí, en un pasillo de lado, donde no había nadie.. lo vi.

Estaba parado. Quieto. Como si me hubiera estado esperando todo el tiempo.

Era un payaso. Tenía el traje sucio, arrugado, como si nadie se lo hubiera lavado en meses. El maquillaje se le caía en partes. Y tenía esa sonrisa.. pintada, enorme, roja oscura, que parecía clavada en su cara. Pero lo que me heló la sangre fueron sus ojos. Hundidos. Cansados. Demacrados. Se notaba que no dormía. Que no descansaba. Y aun así.. la sonrisa no se movió. Ni un milímetro.

Lo miré. Él me miró. No parpadeó.

Encendieron las luces y desapareció. Le pregunté a un señor que pasaba si había visto a alguien ahí. Me dijo que no, que en esa zona no debía haber nadie, que todos estaban en el escenario.

Me fui a casa, pero no me fui solo. Me traje esa sonrisa conmigo.

La primera noche me desperté a las tres de la mañana, sin saber por qué. Y la vi. Flotando en la oscuridad, al borde de mi cama. Esa línea roja, perfecta, quieta. Encendí la luz de un jalón. No había nadie. Pero el aire olía a polvo viejo y a pintura seca.

Al otro día en la fábrica no podía concentrarme. Cada vez que levantaba la vista, entre las máquinas, entre el humo… veía un destello rojo. Me decía a mí mismo que era el cansancio, que estaba imaginando cosas. Pero cuando me miré al espejo del baño.. la vi detrás de mí. Esa sonrisa. Esos ojos tristes que no parpadeaban. Me giré rápido. Nada. Pared vacía.

Las noches se volvieron una tortura. Ya no solo la veía. La escuchaba. Un susurro bajito, sin palabras, que venía de todos lados a la vez. De debajo de la cama. Del armario. De la rendija de la puerta. Si cerraba los ojos, la veía más grande, más cerca, como si se me acercara para pegarse a mi cara.

Dejé de dormir. Dos noches. Tres. Me quedaba sentado con todas las luces prendidas, mirando la puerta, esperando ver esa línea roja aparecer por abajo. Pero la luz no servía de nada. La empecé a ver en todas partes. En la curva de un cuadro. En el borde de un plato. En la boca de la gente que pasaba en la calle. Todos sonreían igual. Todos tenían esa sonrisa que no llega a los ojos.

Grité en la tienda cuando la cajera me sonrió. La gente me miró raro. No sabían. No entendían que detrás de cada cara se estaba formando esa misma línea roja.

Anoche fue lo peor. Se fue la luz de repente. Y ahí estaba. Tan cerca que sentí su aliento: frío, seco, como el de alguien que lleva encerrado cien años. No tenía traje. No tenía cuerpo. Solo la sonrisa y esos ojos.

—No se puede borrar —me dijo, muy bajito—. Ya es tuya.

Corrí a tientas hasta el interruptor. Encendí todo. Golpeé las paredes. Grité que se fuera. Pero cuando me quedé quieto, sin aire, me miré al espejo.

Ahí estaba yo. Pálido, con los ojos hinchados, temblando. Y vi mi boca.

No era mi boca.

Una sonrisa enorme, rígida, dibujada sola. La toqué con los dedos. No se borró. Me lavé la cara. No se quitó. Grité y lloré y me restregué la piel hasta dolerme… y la sonrisa seguía ahí. Fija. Igual que la de él.

Ahora lo entiendo todo. No me estaba mirando. No me estaba esperando.

Me estaba buscando. Para quedarse.

Y ya lo consiguió.

A veces me miro al espejo y no reconozco mis ojos. Pero la sonrisa… la sonrisa siempre está ahí. Esperando.


**to

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