12/11/2025
El Rey David: cuando el valor se volvió leyenda
Hoy, la memoria del toreo mexicano se detiene un instante para inclinarse ante una figura que fue más que un torero: fue un símbolo, una herida abierta, una elegancia doliente.
Un día como hoy, 12 de noviembre de 2003, partió de este mundo David Silveti Barry, “El Rey David”, heredero de una dinastía y dueño de un arte que rozó la tragedia y la gloria a partes iguales.
Hijo de Juan Silveti Reynoso, nieto de Juan Silveti Mañón “El Tigre de Guanajuato”, y hermano de Alejandro Silveti, David nació el 3 de octubre de 1955 en la Ciudad de México, marcado por la vocación y la sangre de los toros. Desde niño jugó al toreo, pero en su caso el juego tenía destino: a los 12 años ya toreaba becerros, y su figura estilizada, de gesto grave y mirada intensa, anunciaba al artista que vendría.
Tomó la alternativa en Irapuato el 20 de noviembre de 1977, de manos de Curro Rivera, con Manolo Arruza de testigo, y el toro “Cariñoso” de la ganadería de San Mateo. Dos años más tarde, confirmó en la Plaza México, apadrinado por Manolo Martínez y con Eloy Cavazos de testigo. En 1987, haría lo propio en la plaza de Las Ventas de Madrid, en un gesto de ambición y orgullo profesional que sólo los elegidos intentan.
La herida que lo volvió eterno
David Silveti fue un torero de una sensibilidad rara. Toreaba como si el tiempo se detuviera, con una lentitud espiritual que nacía de dentro, del alma. Pero el destino, siempre cruel con los elegidos, lo marcó pronto: una terrible lesión en la rodilla derecha, sufrida precisamente al confirmar en la Plaza México, cambió su vida y su cuerpo para siempre. A partir de entonces, vivió toreando sobre el dolor, con más de cuarenta operaciones a cuestas.
Cada vez que salía al ruedo, lo hacía sabiendo que podría ser la última. Y eso se sentía. En su toreo había gravedad, verdad, una especie de recogimiento místico que transformaba cada muletazo en plegaria. Su figura doliente, apoyada a veces en el valor más que en la fuerza, lo convirtió en un héroe trágico de la tauromaquia moderna.
Por eso, cuando el público gritaba “¡Olé, Rey David!”, no lo hacía sólo por su arte: lo hacía por su coraje. Porque lo que el hombre sufría, el torero lo sublimaba.
El arte de la entrega
Su toreo fue un himno a la estética de la verdad. Decían los cronistas que en sus faenas había alma, temple y pureza. Que cada pase era un poema de arena y sangre. En una época donde muchos toreros buscaban la seguridad, Silveti buscaba la emoción. Toreaba con el cuerpo roto y el espíritu entero, consciente de que la grandeza no se mide por los triunfos, sino por la entrega.
Su elegancia natural, su figura erguida y ese rostro que siempre parecía cargar un pensamiento más profundo, le valieron el título de “El Rey David”. Y lo fue, porque gobernó con arte, con dolor, con una dignidad que muy pocos hombres han sostenido frente a la muerte que embiste.
El ocaso y la leyenda
El 12 de noviembre de 2003, el silencio cayó sobre la finca familiar en Salamanca, Guanajuato. El cuerpo del torero no resistió más el peso del dolor que durante años llevó con entereza. Su partida dejó a México sin uno de sus más hondos intérpretes del arte taurino.
Sin embargo, los reyes verdaderos no mueren, sólo cambian de luz. Su legado sigue vivo en su hijo Diego Silveti, que honra la dinastía con el mismo fuego y apellido. Cada vez que un toro embiste con nobleza, que una muleta se templa al compás de la vida y la muerte, ahí está David. Invisible, pero presente.
Porque el Rey David no fue sólo un torero: fue una lección de humanidad, de arte y de dolor convertido en belleza.
“Hay toreros que triunfan por la técnica, otros por el valor. Pero los elegidos, como David Silveti, trascienden porque torean con el alma.”
Hoy lo recordamos desde el respeto y la emoción, con un olé que cruza el tiempo.
¡Viva el Rey David!