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¡Mañana, en Colima, hay poesía de poetas mujeres!
24/03/2026

¡Mañana, en Colima, hay poesía de poetas mujeres!

Desde la digitalidad, se presenta el libro de éste que camina y anda... Mil gracias a Canek Fen F**k, a Nandi Xan  y a l...
24/02/2026

Desde la digitalidad, se presenta el libro de éste que camina y anda... Mil gracias a Canek Fen F**k, a Nandi Xan y a la banda del Centro del país!

16/02/2026

Solo vine a hablar por teléfono (fragmento 1)

Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014)

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y solo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un ci******lo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un ci******lo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

-Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.

-¿Dónde estamos? -le preguntó María.

-Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a p***s por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.

-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.

-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro ci******lo, y ella le dio el resto del paquete mojado. “En el camino se secan”, le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó “Buena suerte”. El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: “¡Alto he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:

-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

-Es que yo solo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

-Es que yo solo vine a hablar por teléfono -dijo María.

-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre mu**ta que solo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían mu**to estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un ci******lo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

-Confía en mi -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

Solo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona solo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y hay amores largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”. Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. “¿Y ahora hasta cuando?”, le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: “El amor es eterno mientras dura”. Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y ap***s si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

Poeta del mes, poeta de Colima: Efrén RodríguezNo conozco escritor, poeta o narrador colimense que no haya conocido a Ef...
14/02/2026

Poeta del mes, poeta de Colima: Efrén Rodríguez

No conozco escritor, poeta o narrador colimense que no haya conocido a Efrén Rodríguez. Nació en 1957, al sur de Jalisco. Hijo pródigo del gran Juan José Arreola, una buena parte de nuestro escritor se vio influenciado por la lumbrera jalisciense. Otro de sus grandes aciertos es mantener, desde mediados de los ochenta, el taller literario Tablero, y ser uno de los responsables de cuidar, acompañar y motivar a varias generaciones de escritores colimotes y no tan colimotes.
Posiblemente poca gente sepa que estudió en la UNAM, y que conoció a gigantes como Rubén Bonifaz Nuño y Huberto Batis. En 1983, publica su primer compendio de narraciones, editado por Ediciones Méster, de quien fuera responsable el mismo Arreola, La casa de infinitas puertas. También es conocido que publicó el poemario El ángel caído, por los noventa, donde reúne buenos poemas y varias narraciones cortas. Otra de las facetas de Rodríguez ha sido ser responsable de la editorial Nérfe Ediciones, la cual editó más de una decena de autores colimenses. En 2016 se le homenajeó, merecidamente, en el Séptimo Festival Transvolcánico de Poesía, celebrado en Colima, en agosto.
La poesía de Efrén Rodríguez se constituye de imágenes, sensaciones y estímulos que viajan memoria adentro. Su decir es un decir reposado, milimétrico, eléctrico. Efrén disfruta los desvaríos de la luz, la inminente presencia de la naturaleza; en Rodríguez, las palabras florecen, ventean, aletean luceros, impulsos, son el mundo cruzando la hoja. Aquí sus palabras:

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Poeta del mes, poeta de Colima: Guillermina CuevasPoco se puede decir de Guille Cuevas que no sepamos o no hayamos disfr...
10/02/2026

Poeta del mes, poeta de Colima: Guillermina Cuevas

Poco se puede decir de Guille Cuevas que no sepamos o no hayamos disfrutado. Nació en la fresca población de Quesería, justo a la mitad del siglo pasado; heredera de una de las tradiciones literarias más ricas y contundentes de las letras colimenses, Guille Cuevas se desplaza con dominio sobre la poesía, narrativa, ensayo y hasta crónica.
Es bien conocida su profunda amistad con Víctor Manuel Cárdenas, su gusto por Colima, su simpatía de siempre. Prácticamente ha publicado en todas las revistas y suplementos literarios en Colima desde mediados de los ochenta a la fecha. Fue merecedora del Premio Estatal de Cuento Gregorio Torres Quintero en 2002 y recibió la Presea Griselda Álvarez Ponce de León en 2007. Ha publicado más de una decena de poemarios, libros de cuentos y novelas, de las que destacan: Piel de la memoria (1995), Del fuego y sus fervores (1996), Pilar o las espirales del tiempo (2002), Apocryphal blues (2003) y Dulce y prehistórico animal (2012), entre muchos otros.
Aunque la narrativa es una firma personal en Guille, la sutileza de su poesía desarma hasta al más experimentado lector. Guille Cuevas recrea todos los fervores humanos, transformados por su pluma en versos reposados, en imágenes tan poderosas como la cristalina aura del humor de esta autora. Aquí una muestra:

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09/02/2026

Texto 1: Guillermo Méndez (1952-2021)
El corazón de María

Eugenio había entrado al bar Taurino como entra un niño a una juguetería. Tres días después de estrenarse como gerente en el banco local y tres horas antes de su muerte. Saludó como se suele saludar a un cantinero por primera vez, cuando se aspira a ser tratado con generosidad y prontitud. Frente a él se sentó sonriente: –Tres dedos del vodka de importación, otro tres de agua quina, dos cubos de hielo, una raja de limón y dos hojitas de hierbabuena –le había dicho, con el esmero de quien instruye a la nueva esposa. Tomó el largucho vaso con ademanes de ritual sagrado y murmuró, antes de dar el primer trago: –Por el corazón de María.
Había conocido a María desde el primer día de su nuevo cargo y, unas horas más después, la había tenido en su edredón, con toda esa blancura y suavidad de piel tan propias de una reina mimada. La recordó, ya relajado y dejando perder su vista sobre los carteles taurinos de la pared de enfrente. La visualizó en su mente, adorable y jugosa, como bocado de cardenales sobre el color vainilla de las sábanas. Paladeó su tónic y dio un suspiro que no pudo pasar desapercibido por el cantinero, por dos parroquianos en la barra y por los tres hombres de la mesa más cercana que habían apreciado la evidente fascinación del recién llegado. Volvió a pensar en la angelical mujer que había aparecido frente a su escritorio como la Guadalupana ante Juan Diego. La recreó sobre ese par de pantorrillas poema, capaces de pararle el corazón al más entero. Tras otros cinco tragos con igual número de suspiros, el vaso quedó vacío.
–Éste se lo invita Don Anselmo –dijo el barman, poniendo otro vaso lleno y señalando la mesa cercana. Acostumbrado, por sus funciones de ejecutivo, a esas cordialidades, giró sobre su asiento con su bebida en vilo en señal de agradecimiento. Una silla le fue dispuesta con la invitación amable a compartir la mesa de los tres hombres.
Llegaban los acordes de un trío con Perfume de gardenias en sus gargantas y Eugenio volvió a pensar en María.
–Lo hemos estado observando –dijo Don Anselmo, una vez integrado el invitado al grupo–. No es muy común ver a un hombre feliz en estos tiempos –agregó, riendo–. ¡Salud por eso!
–Se nota mucho su presencia en el bar –dijo otro de los hombres.
–Es por esa sonrisa que se carga, mi estimado –aclaró el viejo. Hizo una pausa y siguió diciendo–: Me dicen que es usted el nuevo gerente del banco donde tengo una cuenta.
Eugenio repasó discretamente las finas ropas del hombre de bigote cuidadosamente recortado y de pulcras manos, sin padrastros y sin máculas. Dicen que las manos hablan sobre las costumbres de sus dueños y éstas denunciaban su contacto cotidiano con los placeres conocidos. Quien habla con esa sencillez de una cuenta más en cierto banco es porque tiene el poder, pensó, mientras respondía afirmando.
–Lo hemos visto brindar solo, con unos suspiros que envidiaría cualquiera.
–La vida me ha tratado bien en estos días, señor.
–¿Mujeres?
El ejecutivo inclinó la cabeza con falso bochorno y volvió a chocar su vaso con los otros.
–Dichoso usted que lo tiene todo –dijo el viejo, y abundó–: juventud, buen trabajo, buen aspecto, buen futuro. Ya hizo usted alguna buena conexión aquí, supongo –agregó con mueca de malicia– nuestras mujeres son de las mejores: bellas, ardientes, complacientes y con esos jugos que sólo estos climas pueden dar.
Eugenio simuló un estremecimiento en señal de que aquella descripción era la acertada y todos rieron divertidos. Al vaciar el fuereño su sexto vaso, la charla ya había cambiado sus tonos. Don Anselmo habló de aquellos elíxires que suelen emerger de la entrepierna de semidiosas.
–Ahora ya cualquier buey se baja a ese abrevadero del Olimpo –sentenció jocoso– antes, sólo los audaces. Esos jugos eran sólo para quien los sabía beber –dijo entrecerrando los ojos, como evocando íntimos momentos.
–Ahora muchos los degustan, pero como comer el caviar en un bolillo… –ilustró el invitado.
Se habló, entre brindis, de los montes que poco tienen que ver con la geografía y de las curvas que quitan la vida dulce y lentamente.
–Hay pies femeninos –dijo el viejo– que jamás deberían de tocar el suelo y que hacen comprender los textos del francés que un día dijo: “El hombre no se enamora de las virtudes de su mujer, sino de sus bellos pies”. Los pies de María, entonces, ya estaban en la mente de Eugenio, dispuestos como ese día, invitando al devoto beso. Dobló hacia atrás su cuello, como quien quiere recibir, en plena cara, las primeras gotas de lluvia nueva, luego de larga sequía, dejando asomar un poco de lengua que algo decía de sabores divinos.
Don Anselmo habló de ombligos como hablar de manantiales en la lisa quietud de los desiertos. Con sus manicuradas manos, parecía esculpir las formas que sólo una mujer puede tener. Eugenio analizó de nuevo las manos sibaritas del hombre; vio cómo las yemas de esos dedos se frotaban juntos, prestas al tacto de arena fina, mientras su dueño intentaba describir la mágica superficie de alguna espalda fémina.
–Ante una espalda de ésas… –dijo meneándose frente a un vals en una orquesta– yo entrego mis armas, entrego mi nombre, mi libertad y hasta mi vida.
Eugenio, entonces, no quiso contenerse, alzó su vaso en espiral, meneando también su torso, empujando la frase desde muy dentro en un volumen que llenó el recinto: –¡Por el lindo corazón de María!
–¡Qué devoto nos ha salido usted, señor gerente! –dijo el viejo, riendo.
–Hablo de una María distinta a ésa, Don Anselmo –informó, con la lengua ya torpe– la mujer que recién he conocido –explicó–, tiene un lindo lunar en forma de corazón, justo ahí, entre ese manantial y la fuente del elíxir maravilloso –dijo entrecerrando los ojos y mordisqueándose lo labios.
Antes de que el ejecutivo terminara la última frase, Don Anselmo había perdido, repentinamente, su color rojizo, casi se esfumaron las arrugas de su cara; tensó su cuerpo y ensartó su mirada como dos arpones en el centro de los ojos de su invitado, justo cuando todo el bar se había hundido en un silencio profundo.
Una bala entró entre los blancos dientes del nuevo gerente, sin lograr quitarle del todo su embeleso. El plomo rompiendo el mismo paladar por donde habían pasado los zumos de ciruela fresca, emergidos de los profundos y muy mágicos rincones de la joven esposa del acaudalado y muy respetable Don Anselmo. Porque muchas se han de llamar María, pero ¿quién más podría tener un lindo corazón junto al ombligo?

A veces a uno lo entrevistan. Y uno se pone a hablar y hablar por casi media hora ininterrumpidamente, tanto, que está m...
03/02/2026

A veces a uno lo entrevistan. Y uno se pone a hablar y hablar por casi media hora ininterrumpidamente, tanto, que está medio editada la entrevista, pero aquí está...
Lo que uno se anda encontrando por Youtube... En lugar de planear sin IA 😬😬😬

Colima y sus ArtistasDisciplina: Literatura

Poeta del mes, poeta de Colima: Ángel GaonaÁngel nació en Tlaxcala, pero ya es tan colimote como la tuba con cacahuates....
31/01/2026

Poeta del mes, poeta de Colima: Ángel Gaona

Ángel nació en Tlaxcala, pero ya es tan colimote como la tuba con cacahuates. Dentista, gestor cultural y, sobre todo, poeta. En septiembre pasado (2025) celebramos “Poesía en el andador” con poemas de su autoría y la guitarra de Jorge Hernández. Me consta que Ángel Gaona ama a la poesía como si de un tesoro se tratara.
Casi todos en Colima, en el mundo de la cultura, sabemos quién es Ángel Gaona; desde la instauración del mítico Café Dalí, hasta el 2008, momento en que tuve el placer de conocerlo y año en el que se integró al taller de poesía de Víctor Manuel Cárdenas, Gaona siempre está donde late la palabra literaria. Publicó Mesa para uno en 2017 y Resurgencia en el 2020.
En la poesía de Ángel Gaona, lo cotidiano se vuelve respiración, aliento. Su poesía transita desde el misterio urbano y el asombro por la naturaleza, hasta la meditación solitaria a la que nos inducimos como habitantes del trópico. También atraviesa el urgente ardor que ciertas mujeres de anchas caderas efectúan en los transeúntes. Aquí uno de sus poemas:

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Emocionados y muy honrados de tener a una poeta querida y de mucho oficio. El próximo sábado, se levantará la voz poétic...
18/09/2025

Emocionados y muy honrados de tener a una poeta querida y de mucho oficio. El próximo sábado, se levantará la voz poética en el centro de Colima... Verónica Zamora Barrios y su suave palabra nos deleitará, además hará el debut en flautas Oscar Robles... Ahí nos vemos el 20 de septiembre de este año...

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