08/07/2026
Lo que empezó con un "vamos a grabar un video a la sierra" terminó siendo una caminata de más de 10 km, sin suficiente agua ni ropa adecuada, y mucho menos condición física... sumado a eso, estábamos en medio de un bosque, donde se escucha todo tipo de fauna… y que sabíamos perfectamente que eso podía incluir a felinos, osos y serpientes…��Esto fue lo que pasó:
El fin de semana pasado visitamos dos lugares icónicos de la sierra de Ciudad Victoria: el Cerro Agujerado, que está a unos metros bajando de la carretera vieja a Tula, y el Balcón de Montezuma, que es una zona arqueológica descubierta a unos kilómetros del mirador de Altas Cumbres.
Antes de contarte cómo nos fue, una mención honorífica para mi esposa que me acompaña a todas estas aventuras, la mayoría de las veces en pleno sol del mediodía y sin preguntar bien bien en qué nos estamos metiendo. Además no solo graba: escribe gran parte de los guiones (y algunas cosas como estas, largas y poéticas), produce los videos y siempre aporta las mejores ideas para mejorar el proyecto. Sin ella, esto no sería lo mismo. Gracias por tanto.
Ahora sí, resulta que fuimos primero al Cerro Agujerado y todo bien. Bajamos, grabamos, nos tomamos fotos y admiramos el paisaje. En total, hicimos alrededor de 1 hora. Después de terminar el primer video, decidimos ir por el Balcón de Moctezuma.
Llegamos al mirador y no sabíamos pa’donde darle, así que como buenos mexicanos, preguntamos a unas señoras que se veían sabias… “Es pura caminata. Se tiene que estacionar allá y caminar unos 4 kilómetros”.
Sabíamos que es una ruta que no tiene acceso para carros, pero teníamos la esperanza de que podíamos avanzar un poquito. Lo pensamos un par de minutos y tomamos la decisión: iríamos a pie. Vimos el mapa y eran casi 5 km de ida... y 5 km de regreso. Dimos vuelta en donde nos indicaron, estacionamos el auto, metimos el tripié, un electrolito y los micrófonos en una mochilita, nos pusimos repelente y comenzamos a caminar. Ahí fue donde empezó lo bueno.
El camino no está bien señalado, así que, a la buena de Dios y siguiendo nuestro instinto de aventureros, íbamos avanzando. Por suerte tuvimos señal en el teléfono todo el trayecto, así que si algo salía mal podíamos pedir ayuda. Lo que no teníamos era compañía (ni datos, pero esa es otra historia jeje)… no nos cruzamos con una sola alma en todo el recorrido. Solo nosotros, el bosque serrano tamaulipeco, el sonido de las aves y el de nuestros propios pasos… y el de unas vacas que nos encontramos por ahí.
Cada 20 minutos parábamos para admirar cada cosa que había a nuestro alrededor, y es que uno se olvida fácilmente que Tamaulipas es una de las pocas zonas del país donde conviven todos los tipos de felinos silvestres de México. Si tienes suerte (o mala suerte) puedes toparte hasta con osos, sin contar serpientes, jabalíes, aves de todo tipo e insectos (inofensivos y peligrosos). Nosotros íbamos viendo insectos interesantes, platicando de la flora que encontrábamos, admirando el paisaje y buscando aves diferentes.
Olvidé describirles nuestra vestimenta: yo iba con mi camisa negra de siempre, pantalón de mezclilla y tenis de tela (no para hacer senderismo, más bien para caminatas cortas), que debo decir que no iba incómodo pero entre el calor, la distancia a recorrer y los matorrales, no era la mejor opción de atuendo. Ahora… mi esposa tuvo la gran idea de ponerse botas, pensando en que estaríamos cruzando la naturaleza (con cadillos, yerbas venenosas, garrapatas, mosquitos, alacranes y más), así que ella consideraba que estaría segura por ese lado. Sin embargo, después del kilómetro 3, sus pies estaban ampollados y pidiendo a gritos que los liberaran. Aún así, nada nos detuvo… Ni siquiera ver que apenas estábamos en el kilómetro 4 y el sol empezaba a irse.
Eran las 5:30 de la tarde y nosotros apenas estábamos llegando al cartel de entrada del Balcón de Montezuma. Aún faltaban unos 20 minutos para llegar, así que apuramos el paso. Esa última parte es caminar en una vereda de 1 metro de ancho, donde un lado es pared de árboles y el otro acantilado… Eso sí, se veía la carretera desde ahí y era una vista preciosa.
Llegamos y ‘ámonos a grabar rápido porque ya nos preocupaba que nos alcanzara la noche y nosotros siguiéramos ahí metidos en medio del bosque. Grabamos, recorrimos el lugar y nos fuimos de regreso. Caminando casi trotando. Si de ida hicimos 2 horas, de regreso hicimos una y media de lo apurados que íbamos.
Ya ni siquiera hablábamos entre nosotros. Estábamos enfocados en una sola cosa: llegar al carro. Y de repente, ahí estaba. La mejor vista del día… nuestro carro estacionado, esperando con paciencia.
¿Fue arriesgado? Sí. ¿Lo volveríamos a hacer? También sí.
Porque ahí, entre el cansancio y la falta de agua, entendimos algo que no se aprende leyendo: llegar no es la meta. Es el camino, las vistas, el silencio de la sierra lo que realmente vale la pena, la conexión entre personas, platicar de lo que uno no habla en el día a día. Olvidarse del celular, desconectarse del “mundo” para conectar al mundo real.
Aprendimos a caminar lento y detenernos, pero también a enfocar esfuerzos para obtener una sola cosa. Un mismo fin.
En lo personal, pienso que solo así conecto de verdad con Tamaulipas… sí, al ver la ciudad desde lo alto de las montañas, pero también cuando confío en las direcciones de las personas desconocidas, o cuando me detengo a pensar en toda la fauna que nos rodea, cuando observo la flora que hay en la sierra y también cuando, literalmente, visito la historia de nuestros orígenes.
Así que, sin más, te invito a esperar el video que tanto nos costó grabar en lo alto de la sierra, documentando un poco sobre la vida de los Tamaulipecos originales que vivieron en estas tierras hace más de 1000 años.