21/08/2026
Los vikingos y la literatura, del libro “La noche en que Frankenstein leyó el Quijote”, del escritor Posteguillo.
Era el año 841 después de Cristo, aunque aquellos hombres rubios, altos y
feroces nada sabían de Cristo. Sus más de sesenta barcos vikingos ascendían a
buen ritmo por el río Liffey. Llegaron a la laguna negra, un remanso del río
donde podrían atracar sus temidos drakkars. Aún no habían desembarcado y ya se oían los gritos de los pobladores de aquella tierra huyendo en busca de refugio en las torres que habían construido para resguardarse de aquellos ataques o para esconderse en el viejo monasterio. Nadie sabe a ciencia cierta el nombre del
guerrero que comandaba aquella nueva expedición vikinga. Unos dicen que se
llamaba Turgesius, otros que Gudfred y hay quien lo ha identificado como
Thorgils, el hijo del rey noruego Haraldr Harfagri, es decir, Haraldr el del pelo
rubio. Pero nadie sabe exactamente quién era el que comandaba a aquellos
vikingos que descendían ya de sus barcos y que, para sorpresa de todos los que
corrían en busca de refugio, no iban tras ellos. Eso les pareció extraño, pues les
daba la oportunidad de esconderse. Lo que no sabían era que aquellos vikingos
venidos de la remota Escandinavia no tenían prisa esta vez y por eso no los
perseguían como en otras ocasiones. No, aquellos vikingos no habían venido a
saquear y a secuestrar hombres, mujeres y niños. No. Aquella mañana habían
venido para quedarse en la bahía y fundar una auténtica ciudad vikinga que el
mundo luego conocería como Dubh Linn, es decir, « laguna negra» en gaélico,
el Dublín del siglo XXI.
Cuando uno piensa en la relación entre los vikingos y la literatura, lo primero
que le viene a la mente son esas largas e intensas sagas nórdicas que, en el caso
de la literatura inglesa, a través del poema Beowulf (el equivalente al Mio Cid en
español), marcan el arranque de la literatura anglosajona. Luego Tolkien
recurriría a estas sagas como base para recrear su magnífico mundo de la Tierra
Media. Todo esto es cierto, pero los vikingos, aun sin saberlo, y sin pretenderlo,
contribuy eron a la historia de la literatura no ya sólo inglesa sino universal con
una acción que nadie pensó que podría ser tan importante: la conquista de Dublín.
Y es que, con la llegada de los vikingos, la ciudad creció y se consolidó como un
importante eje de comunicaciones marítimas y comerciales en el norte de
Europa. Fue un renacer construido sobre mucha sangre inocente, sangre celta
que, no obstante, se mezclaría finalmente con sangre vikinga y luego normanda.
No sé si será esta mezcla de la imaginación celta con la pasión por las largas
sagas de los vikingos lo que produjo el milagro, o si fue el clima eternamente
lluvioso y melancólico, pero Dublín, aunque no se sepa demasiado, es una de las
ciudades que más han aportado a la literatura. De hecho es Ciudad de la
Literatura por la Unesco. ¿Y eso por qué? Porque pocas ciudades han dado a la
literatura tantos maestros. Y si no, juzguen por ustedes mismos:
Congreve o Sheridan, importantísimos dramaturgos del XVIII y el XIX eran
de Dublín, como lo era también el autor, mucho más conocido, de Los viajes de
Gulliver, Jonathan Swift, un ejemplo de sátira social demoledora. Y también
nació en Dublín el eterno e inigualable Oscar Wilde, cuyos rompedores
epigramas, como « Puedo resistirlo todo menos la tentación» o « En los
exámenes los estúpidos preguntan cosas que los sabios no pueden responder» ,
nos resumen bien la filosofía del pueblo irlandés. Como se imaginarán, este
segundo epigrama es muy popular entre los estudiantes universitarios, incluidos
los míos.
Pero hay mucho más en Dublín: ¿recuerdan el musical My Fair Lady, con
Audrey Hepburn y Rex Harrison? Está basado en la obra Pigmalión de Bernard
Shaw, otro dublinés que obtuvo el Premio Nobel en 1925, y el Oscar por el mejor
guión adaptado en 1938 (cuando reescribió Pigmalión para una primera versión
cinematográfica británica, preludio del musical My Fair Lady). Yo creo que con
Swift, Wilde y Shaw, además de los mencionados anteriormente, cualquier
ciudad merecería ya un lugar privilegiado en la historia de la literatura, pero a
estos autores podemos añadir un siempre controvertido Samuel Beckett, que con
su apuesta por el teatro del absurdo, con obras como Esperando a Godot, fue
merecedor del Premio Nobel en 1969. Esto hace ya dos dublineses con el
Premio Nobel de Literatura. Pero además, si uno pasea por la ciudad, no sólo
puede ver dónde nació o vivió Wilde o visitar el más que interesante Writers’
Museum [Museo de los Escritores], sino que puede descubrir placas y estatuas
repartidas por las calles que hacen referencia a la épica novela de James Joyce:
Ulises. ¿Que dónde nació Joyce? En Dublín, por supuesto, donde se educó como
escritor y hasta donde dio clases como profesor de lengua. Con Joyce tenemos
otro autor internacional que añadir a la gran lista de la ciudad y que, aunque
luego viviría fuera de Dublín, quedó literariamente atrapado en la capital
irlandesa que le vio nacer, y siempre escribía sobre sus calles, sus esquinas, sus
pubs, sus gentes. Y si no me creen relean otra de sus obras, Dublineses, cuyo
título no deja lugar a dudas. John Huston hizo una magnífica adaptación al cine
del último de los relatos de este libro, « Los muertos» . Película memorable.
Es cierto que Joyce es un autor difícil de leer y que es mucho mejor
adentrarse en la literatura de escritores dublineses con las obras de Swift o Shaw
o, por qué no, ya que hay tanta moda con las sagas vampíricas, releyendo el
libro que lo inició todo: Drácula, de Bram Stoker. Un clásico que recreando
ley endas centroeuropeas estableció, sin saberlo, todo un género con tantos hijos e
hijas necesitados de sangre. Ya se imaginarán dónde nació Bram Stoker: sí, en
efecto, en Dublín. De hecho, una novia de Wilde fue luego novia de Bram Stoker.
Pero por si el listado aún no les parece suficientemente sorprendente tenemos
otro premio Nobel, William Butler Yeats, el gran poeta de las leyendas
irlandesas, quien, nacido también en Dublín, recibiría el máximo galardón de la
Academia Sueca en 1923. Muy recientemente, en 2012, el grupo The Waterboy s
ha sacado un disco poniendo música a varios de sus poemas más populares.
Personalmente me encanta el final de « La balada de Aengus, el errante» ,
personaje de la mitología gaélica que busca sin descanso a su amada:
Y aunque he envejecido caminando
por profundos valles y tierras montañosas
encontraré donde ha ido ella
y besaré sus labios y tocaré sus manos
y caminaré por la hierba moteada
y cogeré, hasta que el tiempo y los tiempos terminen,
las plateadas manzanas de la luna,
las doradas manzanas del sol.
Pero la lista de escritores dublineses populares no es algo del pasado: Maeve
Binchy, autora de bestsellers emotivos sobre el día a día de la gente corriente,
lleva más de cuarenta millones de ejemplares vendidos. Y es que los libros
forman parte integral de la vida irlandesa, ya sea porque el clima invita a
recogerse temprano en casa y, al lado de un amigable fuego o un buen sistema
de calefacción, pasar horas infinitas leyendo, o porque el interés por las buenas
historias va en los genes descendientes de aquellos vikingos que gustaban de sagas
interminables. En Dublín puedes encontrar librerías modernas, librerías antiguas,
mercadillos de libros usados o bibliotecas absolutamente espectaculares. De
hecho, cuando Hollywood buscaba en qué inspirarse para recrear la impactante
biblioteca del mítico castillo de Hogwarts de la serie Harry Potter, encontraron la
iluminación en la fastuosa biblioteca del Trinity College de Dublín. Nada más
entrar en ella, el visitante tiene la sensación de estar en la catedral de las
bibliotecas y de que en cualquier momento el adolescente Harry o el malvado
Voldemort pueden sorprenderle emergiendo de cualquier pasillo. Visiten Dublín si
pueden y, si no, viajen literariamente a ella por cualquiera de sus muchos
caminos. Disfrutarán.
Como no podía ser de otra forma, otra escritora dublinesa, Anne Enright, nos
explica muy bien este matrimonio indisoluble (estamos en Irlanda) entre
literatura y Dublín: « En otras ciudades, la gente inteligente sale y hace dinero.
En Dublín, la gente inteligente se queda en casa y escribe libros.»