25/11/2025
Capítulo 3: El Sabor del Refugio (1988)
Nuestra vida en el centro de Aguascalientes era un mapa de supervivencia trazado en unos cuantos metros cuadrados. Mi mamá, joven y soltera, batallaba para mantenernos a mi hermana y a mí. Nuestro mundo era diminuto y todo estaba a la vuelta de la esquina: una casa prestada que usaban como bodega, que pertenecía a los dueños del restaurante el Zodiaco (aún operando) que era nuestra casa, la Conasupo donde trabajaba mamá (hoy es el ISSSPEA), la guardería del otro lado de la calle... y el Restaurante El Zodiaco, todo en la calle Galeana, el corazón de nuestro pequeño universo.
Mientras en la guardería aprendí el sabor amargo de la vergüenza, en el Zodiaco descubrí los sabores dulces de la pertenencia. Mi madrina, una de las hijas de los dueños, me recibía siempre con una lluvia de besos. Mi memoria guarda su rostro con precisión, pero lo que aún siento, es la textura de sus cachetes, blandos contra mi carita, un territorio de cariño que se me antojaba infinito.
Pero mi santuario era la cocina. Un día, impulsado por la curiosidad de un niño tres años, me colé por esa puerta que separaba el comedor del reino de los aromas. Allí estaba él: un señor con un gran lunar oscuro en la parte trasera superior de la cabeza, que era visible por su calvicie, de unos cincuenta años, que movía algo en una cazuela con la concentración de un alquimista. Se volteó, me vio. No me regañó, no me sacó. En su lugar, con una calma que me tranquilizó al instante, se dirigió al refrigerador y sacó una Chaparrita, refresco sin gas de varios sabores (aún los venden creo en HEB). No fue un acto casual; me dio la de sabor uva, mi favorita. Ese pequeño gesto me decía: "Te conozco, sé lo que te gusta. Eres alguien aquí".
Y luego vino la verdadera magia. Mientras yo sorbía mi refresco, él me acercó algo a la boca. Era un camarón. Recuerdo que estaba frío empapado de agua, el color anaranjado rosáceo, la textura firme pero tierna al morder, el estallido salado y marino en mi lengua, un olor que me transportaba a un lugar que nunca había visto. En ese instante, algo hizo click. Ese fue el primer alimento que conscientemente elegí como mi favorito. El señor calvo de la cocina del Zodiaco, con su simple y generoso acto, no solo me dio de probar un marisco; me regaló un fragmento de mi propia identidad, un gusto que, a la fecha, me sigue acompañando. En esa cocina, entre el v***r de los guisos y la generosidad de sus habitantes, encontré un refugio seguro del mundo.
:EL SABOR DEL REFUGIO – CLAVES CONSCIENTES
Lo que veo en este capítulo:
Aquí está el origen de mi capacidad para encontrar refugio en medio del caos. Mientras en un espacio aprendía vergüenza, en otro construía pertenencia. Mi psique infantil ya buscaba y creaba islas de seguridad, un patrón que me ha acompañado toda la vida.
En la cocina del Zodiaco no era "un problema", era alguien con preferencias, con identidad. El señor calvo me vio, me conoció y me validó sin pedir nada a cambio. Esa experiencia sembró en mí la certeza de que la familia no siempre es de sangre, sino de elección consciente.
El camarón no fue solo un alimento, fue mi primera elección consciente, un acto de autonomía. La Chaparrita de uva fue el mensaje: "existo para alguien". La cocina, ese espacio de transformación donde la materia prima se convierte en alimento, fue donde yo también fui transformado: de niño vulnerable a niño reconocido.
Esta experiencia explica mi inteligencia relacional: esa capacidad para detectar y conectar con personas que me ven genuinamente. El señor del lunar era paternidad espiritual, un mentor antes de saber que necesitaba mentores.
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Mi frase clave:
"Ese pequeño gesto me decía: 'Te conozco, sé lo que te gusta. Eres alguien aquí'."
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Lo que rescato:
Este capítulo me muestra que mi búsqueda de santuarios no es debilidad, es sabiduría emocional. Aprendí temprano que la seguridad se construye en los espacios donde somos vistos y aceptados exactamente como somos.
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Ejercicio que ofrezco al lector:
¿Recuerdas algún lugar o persona de tu infancia donde te sentías completamente seguro?
Cierra los ojos y revive esas sensaciones: olores, sabores, texturas.
¿Qué necesidad emocional satisfacía ese espacio?
¿Cómo puedes recrear esa sensación de refugio en tu vida hoy?
OPINIÓN DEL DR. ÁNGEL ROJAS :
(Psicologo)
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Fascinante.Mientras en un espacio sufrías humillación, en otro construias identidad a través del sabor, el reconocimiento y los detalles personalizados.
Esto no es casual:
es la semilla de tu capacidad para crear y detectar 'santuarios emocionales’, algo que mantienes hasta hoy.
Ese niño que se colaba a la cocina
no estaba buscando comida—
estaba buscando reconocimiento.
El señor del lunar en la cabeza
no era solo un cocinero—
era un alquimista de dignidad
que transformaba ingredientes simples
en confirmaciones de valor.
La Chaparrita de uva que me dio
no era un simple refresco—
era un mensaje en código:
"Eres importante aquí,
mereces tus preferencias,
ocupas espacio en este mundo".
Y ese camarón anaranjado rosáceo
no fue solo mi primer alimento favorito—
fue mi primer acto consciente de elección,
mi primera declaración de identidad gustativa.
En en esa cocina
no solo encontré refugio del mundo—
encontré las herramientas
para construirme a mí mismo.
Mientras en la guardería me enseñaban
que era un problema,
en la cocina del Zodiaco me demostraban
que era una persona.
El señor calvo me enseñó
que a veces los mayores actos de amor
son los más simples:
recordar el sabor favorito de un niño,
ofrecer sin pedir nada a cambio,
crear espacio para la curiosidad.
Ahora sé:
ese primer camarón
fue mi bautizo en el mar de la autonomía.
Y cada camarón que como hoy
es un recordatorio
de que en los lugares más inesperados
pueden encontrarse los refugios más sagrados.
Porque el verdadero refugio
no es un lugar físico—
es la certeza de que en algún rincón del mundo,
alguien te conoce y te acepta exactamente como eres.
Y ese sabor, ese reconocimiento,
es el que realmente alimenta el alma.