Tristán Dunkeld Crowe

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23/04/2024
Es que ttas son ttas...
16/04/2024

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Deoiridh Dunkeld Crowe, tómame una foto como si supiera cabalgar...
23/03/2024

Deoiridh Dunkeld Crowe, tómame una foto como si supiera cabalgar...

 Deoiridh Dunkeld Crowe Cianne Dunkeld Crowe
05/03/2024



Deoiridh Dunkeld Crowe
Cianne Dunkeld Crowe

PLOT (NOVEMBER, DECEMBER AND JANUARY IN A SHELL)DISCLAIMER: Lᴀ ᴘʀᴇsᴇɴᴛᴇ ɴᴀʀʀᴀᴛɪᴠᴀ ᴘᴜᴇᴅᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴᴇʀ ғɪɢᴜʀᴀs ʀᴇᴛᴏ́ʀɪᴄᴀs ᴅᴇ ᴄ...
16/01/2024

PLOT (NOVEMBER, DECEMBER AND JANUARY IN A SHELL)

DISCLAIMER: Lᴀ ᴘʀᴇsᴇɴᴛᴇ ɴᴀʀʀᴀᴛɪᴠᴀ ᴘᴜᴇᴅᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴᴇʀ ғɪɢᴜʀᴀs ʀᴇᴛᴏ́ʀɪᴄᴀs ᴅᴇ ᴄᴀʀᴀ́ᴄᴛᴇʀ sᴇxᴜᴀʟ, ᴠɪᴏʟᴇɴᴛᴏ, ɢʀᴀ́ғɪᴄᴏ, ʏ ᴅᴇsᴄʀɪᴘᴛɪᴠᴏ ɴᴏ ᴀᴘᴛᴀs ᴘᴀʀᴀ ᴛᴏᴅᴏ ᴘᴜ́ʙʟɪᴄᴏ. Sᴇ ʀᴇᴄᴏᴍɪᴇɴᴅᴀ ᴅɪsᴄʀᴇᴄɪᴏ́ɴ ᴅᴇʟ ʟᴇᴄᴛᴏʀ.

Los ingleses, a los que despreciaba cordialmente como todo buen hijo de las antiquísimas tribus célticas, tenían una frase para referirse a un todo en pocas palabras: “In a nutshell”, y los últimos meses de Tristán: Noviembre, Diciembre, y tres cuartos de Enero, in a nutshell, podían definirse con sólo dos palabras: “Sgoinneil iomlan”; o tres: “una absoluta mi**da”, si preferían un idioma menos bello (en la percepción del irlandés) pero más conocido… El Hades era una pesadilla para el pelirrojo; no sólo había sido obligado a trabajar como auxiliar jurídico, siguiendo aquella carrera que sus padres le habían obligado a seguir aunque, si le hubieran dado la opción, habría preferido prostituirse antes que ser abogado (aunque ¿había mucha diferencia entre un abogado y un p**o? ¿Acaso no cobraban ambos por hora, tenían clientes, y se vendían al mejor postor?), sino que, además, se había convertido en el juguetito de un grupo de sádicos solamente porque era hijo de la aristocracia, sobrino de la realeza, y todas aquellas cosas que el hombre, que había fantaseado con huir de su familia y dedicarse a ser sólo un actor más; cambiarse el apellido ¿quizá? Fingir que era huérfano, que no tenía a nadie más en la vida ¿tal vez? Aquella utopía que había intentado ya una vez y que había terminado con él atado a una cama de hotel, desnudo, y abandonado por la única chica de la que había estado realmente enamorado…

La chica que se había visto condenada a la muerte por el mero hecho de conocerlo, cierto, porque, por allá por noviembre, los sádicos que los tenían atrapados en aquel sitio lo habían arrastrado a una cloaca pomposamente llamada “Los Pozos de Mnemosine”, y lo habían forzado a elegir entre ella, y la condesa Americana con la que se había liado sexualmente en un par de ocasiones… Había fallado, pese a que ni siquiera había dudado al elegir a Odette Amouret, y había perdido a la bailarina que lo tenía comiendo de la palma de su mano; había estado penando su duelo por la chica perdida desde esa fecha, y ellos habían aprovechado la navidad, que él no celebraba, en general, porque había crecido como Pagano Celta y su Sabbath era el Yuletide, para revolver el dedo en la punzante e infecta yaga de aquella pérdida, enviándole las zapatillas de ballet que había llevado puestas Odette en demasiadas ocasiones, mientras le hacía el amor, porque tenía un marcado fetiche con aquella rubia y perfecta muñequita de bailarina de porcelana, empapadas en sangre, por supuesto, para que le quedara claro que no era más que un pobre pendejo incapaz de salvarle la vida a la mujer que amaba.

¿Y qué se suponía que hiciera entonces? Con el único que tenía una relación suficientemente cercana como para ir a desahogar toda aquella amargura que le estaba carcomiendo el alma, y el corazón, como un jodido ácido de caricaturas, era con Lewis, y su primo solía estar demasiado perdido como para ser de alguna ayuda… Algunos días, la depresión era tal que había considerado buscar a Cianne, pero se había detenido porque dudaba que su hermana mayor tuviera algún pequeño resquicio de simpatía para con él; con el paso del tiempo, su relación se había agriado tanto, se había fragmentado a tal grado, que Tristán casi creía que era más que probable que ella encontrara divertida su desgracia ¿Acaso no se merecía aquel jodido destino por su promiscuidad, su asquerosa personalidad, su tendencia a llevarle la contraria a cada persona que le tenía, o le había tenido algún cariño?.

¿Deoiridh? Bueno, sí, la pelirroja más pequeña de los Dunkeld Crowe fue una opción de Tristán contempló como una posibilidad muy viable durante varios días después de que diera por mu**ta a Odette. Sabía que su hermanita, la bebé de la familia, siempre había sido lo suficientemente empática y dulce como para dejar de lado la antipatía que se tenían (sobre todo la que le tenía él) y escucharlo. Y en las noches cuando estaba acostado en su cama en Helena, o como se llamara aquella p**a casona que era su cárcel, sin poder dormir porque le dolía, francamente, el corazón sólo de pensar en su rubia pudriéndose en el agua helada del fondo de aquella jaula, sólo añoraba que alguien le diera un abrazo… en instantes como aquel habría considerado ir corriendo a buscar a Deoiridh, suplicarle que le diera aquel abrazo que, quizá, habría evitado que se cayera en pedazos, pero era demasiado engreído como para optar por aquella posibilidad. ¿Acaso no había sido él quien siempre había terminado mandando a la mi**da cualquier intento de acercamiento que se hubiera dado entre la pelirroja más joven y él? ¿Acaso no le tenía suficiente rencor, por ser simplemente ella, por envidiarla: su libertad, su personalidad, su cosmovisión, como para haber terminando mandándola a la mi**da en cada ocasión que habían intentado acercarse? No, la verdad era que le daba miedo acercarse a Deoiridh con su dolor y sólo encontrarse con indiferencia, o, con burla; aunque en el fondo simplemente no podía derribar los muros que había construido con tanto cuidado para alejarse de su hermana, en el fondo sabía que ella lo habría consolado, o, por lo menos, lo había intentado pero ¿realmente quería que alguien se condoliera de él?

La respuesta cruda y dura era que no, quería que le devolvieran a su bailarina, y por eso fue deprimiéndose más y más, aislándose en su propia indolencia hasta el punto de que le importaban cuatrocientos kilómetros de v***a lo que sucedía alrededor suyo.

En ese estado de ánimo fue que se presentó (obligado como siempre, por supuesto) en el Laberinto del Dédalo; y fue ese estado de ánimo el que lo llevó a comprender, después de ser espectador de un par de grupos previos a él, que la mejor manera que tenía de irse él mismo a la mi**da era lanzarse de cabeza, metafóricamente, a la primera trampa que se encontrara; afortunadamente para él, con excepción de las veces que había audicionado para ganarse el protagónico en alguna obra, no era competitivo, así que me importaba un carajo el ser el primer perdedor.

Iba a dolerle como una mi**da, eso le quedaba claro, pero ¿no valía la pena irse a la jodida aunque fuera de esa forma? Por eso, cuando lo lanzaron al laberinto, con aquel trío de personas en las que sólo conocía a Harriet, y que le importaban muy poco, simplemente se dedicó a vagar el tiempo suficiente para encontrar una trampa, tenía que haber una muy cerca, ¿cierto? Una que no lo dejara lisiado de por vida, preferentemente…

Con eso en mente, Tristán se alejó de aquel grupito que seguramente competiría por ser el vencedor, y buscó, y buscó, hasta que se dio cuenta de que, en un recodo en el que el laberinto parecía moverse y cambiar de forma, cerrar un camino para abrir uno nuevo, habían un montón de bocas abiertas sobre las paredes, y en el suelo… fauces llenas de dientes aterradores y afilados que semejaban, más, trampas para depredadores, y que se abrían, y cerraban, aleatoria y rítmicamente… No podía arriesgarse a perder una pierna porque tenía la enloquecida esperanza de retomar su carrera en el Teatro si alguna vez lograban abandonar aquel sitio, así que las trampas del suelo estaban descartadas… ¿Un brazo? Francamente tampoco quería perderlo, pero ¿quizá podría sólo rompérselo, o rasgarse la carne lo suficiente como para quedar fuera de combate y que lo declararan perdedor? Por un lúgubre y amargo momento, mientras buscaba una rama o alguna cosa que le permitiera probar la fuerza de aquellas mandíbulas, Tristán, de hecho, consideró meter la cabeza en ellas y acabar con todo: ¿tendrían la fuerza suficiente para hacer mi**da su cráneo? Quizá sí. Y era una opción muy atractiva: Se terminaría la pena por haber perdido a Odette, el spleen de estar atrapado en aquel sitio, la depresión creciente y rampante que lo aprisionaba más y más. Uno, dos, tres segundos se preguntó si su muerte haría mucha diferencia: No era cercano a sus padres, a los que culpaba por las expectativas que colgaban de él pero que no le exigían a sus hermanas; no era cercano a sus hermanas tampoco; Lewis probablemente no notaría su ausencia la mayor parte del tiempo. Odette estaba mu**ta, también la encantadora condesa con la que había estado cogiendo tan felizmente antes de que todo aquel desmadre se desatara. ¿A quién podría hacerle falta? A nadie.

Aún así, se contentó con usar un largo pedazo de leña que había encontrado para probar la fuerza de las fauces que, había decidido, serían el final de su travesía en el Laberinto, y terminó por lanzarse, el hombro derecho primero, contra una de las que parecían tener menos agarre y colmillos más afilados que se enterraron, profundamente, en su carne, rasgando hasta el hueso, y dejándole la piel, hecha un montón de jirones sanguinolentos que dejaban ver el músculo que palpitaba por debajo, y algunos trozos de aquel hueso que no había alcanzado a romperse porque había calculado bien su riesgo… Le costaría curaciones, vendajes, cabestrillo y seguramente rehabilitación, pero estaba fuera del laberinto y francamente, más allá de saber que su primo Lewis, su futuro cuñado Lucian, y sus hermanas, estarían vivos y a salvo, le importaba un bledo lo que pasara en aquel sitio.

De la Rebelión que se gestó, se desató, y se perdió tan ominosamente, ni se enteró: Quizá porque nadie confiaba en él lo suficiente como para involucrarlo en aquel desastre a punto de desatarse, quizá porque era bastante inútil sin poder mover el brazo derecho para nada. El asunto fue que él estuvo encerrado en sus habitaciones, sin poder salir de ellas, mientras el resto de los Sangre Azules (o, por lo menos, los que habían sido tan idiotas como para creer que podían vencer a los sádicos “anfitriones” que los tenían ahí) se lanzaban a aquella misión sin posibilidades de vencer. Tampoco supo gran cosa de ella porque no le importaba lo suficiente como para averiguar sobre ella más allá del destino de Cianne y de Lewis. Sabía que Deoiridh era demasiado pacifista para involucrarse, y que Lucian, que por alguna razón parecía encaprichado, o enamorado, quizá, de su hermana, se quedarían al margen, así que ¿qué le importaba lo que había sucedido si obviamente habían perdido porque seguían encerrados en el Hades?

Que habían perdido fue más que evidente cuando los guardias se presentaron en sus habitaciones y lo llevaron, casi a rastras y después de obligarlo a ponerse un traje que le lastimaba el hombro desgarrado debajo de los vendajes, a una iglesia que ni siquiera había sabido que existía en aquel sitio porque no era cristiano, católico, o cualquiera que fuera el culto que llevaban a cabo en aquel sitio, para ver cómo se casaban el heredero español y como- fuera- que- se- llamara- su- prometida; una boda que lo tenía sin cuidado, claro; ¿en qué lo afectaba a él? Felipe iba a ser hermano político de Deoiridh, y su mujer su concuña, tarde o temprano, pero él evitaba a la pelirroja más pequeña de los irlandeses así que ¿alguna vez cruzaría, siquiera, una palabra con el futuro rey español? Era muy poco probable, especialmente considerando que, a diferencia de lo que contaban los rumores que corrían por cualquier rincón de los pubs, en los pasillos de la universidad, y en un par de lugares más, él no tenía ningún interés en ser el futuro Duque, así que el poder no iba a terminar en sus manos y no tendría que relacionarse con Felipe quizá más allá de por estar políticamente emparentado con su hermana.

¿Qué pasó en la boda? No tenía idea, se dedicó a divagar, a preguntarse por qué demonios habían triángulos y palomitas en algunos cuadros y en muchos retablos, a ver, con diversión, cómo todos se paraban, se sentaban, hacían señales de cruces en sus frentes, torsos y labios; repetían palabras y palabras, y canturreaban lo que el sacerdote cantaba con una horrible entonación. ¡Vaya que eran peculiares los cristianos! Al final, lo llevaron a rastras de vuelta a Helena… y fue ahí donde, en verdad, al abrir la puerta, se quedó completamente helado.

—Bonjour ma belle rousse —murmuró aquella aparición preciosa, y Tristán casi se convenció de que estaba mu**to. ¿Acaso había metido la cabeza en la trampa y todo lo que había creído vivir: La supuesta rebelión, la supuesta boda, no eran más que ideas febriles de su mente agónica? Tenía que ser eso, porque aquel precioso ángel rubio que lo esperaba, sentado sobre su cama con nada más que un tutú rosado, un sostén, también rosado, y un encantador liguero con unas medias de seda color champagne, no podía estar ahí, tenía que ser un querubín que lo recibiera en un cielo en el que no creía y al que no habría podido llegar, aunque hubiera creído en él. —Odette… —murmuró, casi sollozó, sin aliento, congelado en la puerta hasta que uno de los guardias lo empujó, sin ninguna delicadeza, dentro de su habitación, y cerró la puerta con llave. —Odette… —volvió a sollozar él quedamente, muy quedamente, casi como si lo aterrorizara asustar aquella sombra de dicha que se había levantado de su cama, y caminaba hacia él con una adorable sonrisa en los labios.

No se movió para nada, ni siquiera cuando ella se inclinó sobre él, presionando cada una de esas preciosas curvas suyas contra su cuerpo, y lo besó casi como si estuviera famélica y él fuera su alimento favorito… entonces perdió, por completo, la lucidez, la escasa cordura a la que había logrado aferrarse después de aquellos meses de miseria en aquel in****no, y solamente se dejó llevar por los instintos salvajes que ella encendía en su mente. ¿Estaba viva? No lo sabía, tampoco le importaba. Si ella no era más que una alucinación de su cerebro hecho mi**da, de su mente que agonizaba porque había decidido suicidarse en el Laberinto de Dédalo, quería morirse cogiendo con ella como si no hubiera mañana… porque probablemente no habría mañana para él si aquel era su final.

Atrapó sus muñecas con una de sus manos, mientras que la otra, la libre, se deslizaba entre sus rizos dorados y suaves, para presionarla contra él, para besarla profunda y salvajemente, como si quisiera devorarla, como si estuviera buscando tatuarse su sabor en la garganta mientras le recorría la boca entera con la lengua. ¡Dioses! ¿Podía alguien tener un mejor regusto que aquella mujer? Cuando estuviera pudriéndose, cuando los gusanos estuvieran haciendo un festín de su carne en la tumba anodina y anónima a la que lo lanzara La Hidra, o en la fosa común, más seguramente, porque al final él no era nadie importante, su cadáver podría seguir saboreando aquel dulce dejo que ella tenía en los labios… en ambos… por eso presionó su cuerpo contra el de ella y la obligó a caminar de espaldas hasta que tropezó con la cama y cayó de espaldas sobre ella, las rodillas dobladas, las piernas abiertas e invitantes, incitantes, mostrando su sonrosada y palpitante intimidad, medio velada por la seda vaporosa del tutú y por nada más porque ella no llevaba puestas bragas. ¿En verdad tendría tanta p**a suerte como para que ella hubiera estado esperando por él?

Tristán se hincó entre sus piernas y se inclino hasta que su pelirroja cabeza se perdió entre los pliegues del tutú. Sacando la lengua, la deslizó por toda la longitud de aquellos pétalos rosados, empapados, y trémulos, arrancando un gemido de la boca femenina que hizo eco en la de él porque su sabor lo inundó aún con más fuerza. Ella siempre había sido exquisita, Tristán había devorado cada centímetro de su cuerpo en más de una ocasión y, definitivamente, pensaba irse a la mi**da comiéndosela completamente de nuevo.

La penetró con la lengua un par de veces, aunque no era lo que buscaba. Quería beberse su orgasmo hasta la última gota, y la conocía suficientemente bien como para saber que lograría que se chorreara completamente si encontraba el ritmo y la presión adecuada sobre su clítoris que comenzó a succionar sintiendo que cada ch****ón hacía que su miembro, duro, crecido, listo, palpitara casi dolorosamente, aprisionado por la lujosa tela del pantalón del traje que había llevado a aquella boda que ni siquiera recordaba porque estaba demasiado inmerso en su bailarina que se estremecía, temblaba, se contorsionaba, y gemía… ¡Dulces dioses! ¡Cómo gemía! ¿Había música más hermosa en el universo que los sonidos de placer que salían de los labios de su rubia?

No tardó en correrse porque igual parecía haber estado más que lista para él en el momento en que la había encontrado, Tristán tuvo el vago pensamiento de que, quizá, se había masturbado pensando en él, era probable, considerando la forma en que su ropa sucia, la que se había quitado un rato antes, estaba desparramada sobre la cama, debajo de su cuerpo que se convulsionaba de placer un instante antes de correrse contra los labios del hombre que se bebió hasta la última gota de su orgasmo porque era de él, porque había trabajado duro para conseguir aquel delicioso elixir que sólo ella podía darle…

Levantándose, Tristán se abrió el pantalón y apenas y se molestó en apartarse los bóxer negros para liberar su erección dolorosa y rampante, entonces se deslizó entre sus pliegues lo más profundamente que pudo, hasta que ella ya no pudo recibirlo más y sus gemidos llegaron a ese excitante borde entre el placer más descarnado, y el dolor punzante de no poder contenerse más. Ella comenzó a montarlo pese a que seguía debajo de él, y él la penetró, una y otra vez, empalándola en sí mismo hasta que no pudo más y se corrió en su interior porque quería marcarla, reclamarla, dejar muy claro que ella le pertenecía y que siempre le había pertenecido. Si estaba mu**to, o si agonizaba, no podría preñarla… si no lo estaba ¿realmente sería un problema si llegaba a embarazarla? Él sólo quería regar su cuerpo con su simiente y que hasta sus más profundos rincones olieran a él.

Mordió con fuerza su cuello mientras eyaculaba, y succionó. Se sentía salvaje, posesivo, y aún el sonido de lloriqueante placer que ella dejó escapar sólo logró excitarlo más, hasta que terminó por derrumbarse sobre ella, ignorando el dolor de su hombro maltrecho, ignorando las palabras que ella le decía, los sonidos externos, ignorándolo todo.

¿Estaba mu**to? Quizá era probable. La luz le hería los ojos cerrados, así que se obligó a llevar la mano sana a su rostro para acallar aquel ma***to resplandor que seguía incomodándolo. Poco a poco, abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba en una habitación que no creyó volver a ver jamás… ¿Qué había pasado? No tenía idea, lo último que recordaba era haber tenido s**o casi salvaje con… ¡dioses! ¿Estaba viva Odette? ¿Había alucinado con ella?

Se obligó a levantarse y trastabilló por los pasillos de aquel Palacio donde había nacido, donde había crecido, ¿Qué p**as estaba pasando? ¿Podía ser posible que estuviera otra vez en Irlanda? Necesitaba respuestas, así que se dirigió al gabinete de su madre. Si estaba en Irlanda ella tenía que estar ahí, ¿cierto? Y aunque le quedaba bien claro que no podía hablar de nada de lo que había vivido hasta ese momento, bueno, seguramente Annabella encontraría la forma de darle alguna información que despejara aquella bruma brutal que le nublaba el pensamiento que sólo seguía volviendo a la deliciosa noche que había pasado con Odette antes de perderse por completo en la oscuridad. ¡Dioses! ¡Si hasta podía saborearla aún si se pasaba la lengua por los labios! ¿Acaso no habría pasado tiempo? No tenía idea de qué había sucedido.

No tocó la puerta pese a que escuchaba voces ahogadas por la puerta que dejaban claro que su madre estaba ocupada. Estaba demasiado desesperado como para esperar a que la duquesa estuviera libre… aunque terminó por desear haberse detenido porque ahí, tomando una taza de café, como si fuera lo más normal del mundo, ahí estaba Odette Amouret, sentada frente a su madre, viéndose impecable y perfecta.

—¡Vaya! ¡Despertaste! Comenzaba a pensar que te habías golpeado demasiado la cabeza en esa caída por las escaleras del pub del que te trajeron hace un par de días… —Así que de aquella manera habían justificado sus heridas ante Annabella… irónico… pero ¿qué hacía Odette ahí? —¿Conoces a la señorita Amouret? —Agregó la duquesa, y Tristán sólo pudo observar a su rubia, como un im***il, mientras ella lo veía como si nunca antes lo hubiera contemplado, como si no hubiera recorrido con su lengua cada centímetro de la porcelana de su piel en las suficientes ocasiones como para poder delinearla en sus pensamientos, aún dormido. —Se unirá a la compañía nacional de danza como prima ballerina… —Agregó Annabella y Tristán sólo pudo estremecerse, no acertaba a comprenderlo, pero había algo en aquella decisión que su madre le estaba informando que sonaba mal… aterrador casi… ¿Qué hacía realmente Odette y por qué había llegado a Irlanda al mismo tiempo que él había sido devuelto? Desvalido y mudo, Tristán sólo observó a la bailarina sintiendo que su rubia no era más suya… No podía saberlo, pero los filamentos de control de Rex Coronam podían ser más escurridizos de lo que alguna vez en su vida, aún y cuando le hablaran de ellos, podría llegar a comprender. Mientras tanto sólo acertaba a darse cuenta de que Odette no estaba ahí por casualidades de la vida… y no podía evitar sentirse vigilado, controlado… atrapado…

3620 palabras
85 coronas
+
Plot: “La Orquesta del Diablo”

¿En serio estaban esperando que eligiera entre la mujer a la que se había estado cogiendo durante un tiempo, y la mujer ...
13/01/2024

¿En serio estaban esperando que eligiera entre la mujer a la que se había estado cogiendo durante un tiempo, y la mujer que estaba bastante seguro de amar, pese a que ya no quisiera saber nada de él? Tristán estaba completamente cabreado, aunque ¿acaso no parecía ser el status quo del segundo hijo de Irlanda el estar siempre emp**ado? Quizá sí, pero cuando una media hora antes, mientras estaba simplemente perdiendo el tiempo que le quedaba libre, después de su turno en “La Corte de los tres jueces”, en los jardines de Helena, el lugar que era su prisión personal, alguien lo había maniatado desde la espalda, le había vendado los ojos, y lo había llevado, a empujones, a aquel sitio helado en el que el eco era una locura, así que su habitual enojo había alcanzado un nivel completamente nuevo.



Cuando le dieron aquel discursito pomposo, le entregaron las bolsitas con las llaves, y le quitaron la venda de los ojos, el pelirrojo sólo pudo curvar una ceja mientras trataba de dilucidar, entre las sombras que inundaban las dos jaulas, a las dos mujeres que le habían dicho que estaban ahí: Odette a su izquierda, irónicamente, del lado de su corazón; la Condesa de Panamá a la derecha. Tenía que elegir, evidentemente no iba a tener tiempo de tratar de salvarlas a las dos, porque ellos podían decir que eran cuarenta llaves, pero ¿Acaso no sería realmente como si fueran trescientas veinticuatro llaves en realidad? Quizá las matemáticas no eran su fuerte, pero su cabeza, de inmediato, hizo la asociación de que en el candado uno probaría cuarenta llaves, en el dos, treinta y nueve, porque habría encontrado ya la del primero; en el tres, treinta y ocho… y así sucesivamente hasta que llegara al último candado, y aún en aquel, el noveno de ellos, el pelirrojo sabía que tendría que probar treinta y dos llaves si es que había logrado dar con las ocho anteriores…



P**a madre…

¿En verdad creía que tenía alguna oportunidad de salvar a una de las dos mujeres? Tenía que creerlo, Tristán sabía que no podía darse por vencido antes siquiera de intentarlo, ¿cierto? Aunque no estaba seguro de poder decidirse, siquiera, acerca de a cuál de las mujeres salvaría; su primer impulso había sido lanzarse directamente a la jaula en la que estaba Odette, tenía que salvarle la vida a su bailarina porque aún soñaba con ella noche a noche. ¿Qué era el s**o casual, sin sentimientos, sin compromiso, en comparación con la exquisita conexión que había forjado con la francesa cuando la había conocido? Había sido ese el momento en que la odiada, y odiosa voz de su padre había comenzado a resonar en su mente. Lorcan le recordaba que se debía al ma***to título con el que había nacido, a la maldita sangre que corría por sus venas, y que dejar que una miembro de la aristocracia, una prima de los españoles, nada más, y nada menos (del prometido de su hermana, para acabarla de joder) muriera por salvar a una plebeya podría volverse un incidente internacional que era su deber evitar… además, ¿acaso no estaba la de Panamá en aquel jodido aprieto porque él no sabía mantener lo pantalones arriba y el miembro guardado?



—Tic tac, tic tac, Waterford… —Agregó aquella voz miserablemente agradable y burlona, a la que Tristán ni se había molestado en volverse a ver. —Recuerda que el tiempo se les acaba, pueden morir de hipotermia… ¿a quién salvarás? —



— Gus an sgrìobadh! —Masculló Tristán, tirando uno de los saquitos, que había estado sopesando en sus manos, a su lado. Había tomado una decisión, y se había decidido por él mismo. No sería la primera vez que participaba en una guerra, y si la de Panamá se moría, y los Españoles se lanzaban contra su Irlanda, él estaría dispuesto a ofrendar su vida por defenderla, pero, en ese momento, había elegido a Odette: El amor sobre la lujuria.

Tristán se abalanzó a la puerta de la jaula, trabándose el saquito en el cinturón que llevaba a la cintura para que no le estorbara, aún no había decidido cómo demonios se las arreglaría para no confundir las llaves que ya había probado, con la que le faltaba de hacerlo… fue entonces cuando se le ocurrió una idea desesperada: volvió sobre sus pasos, recuperó el saquito que contenía las llaves de la jaula de la condesa de Panamá, lo vació, sellando así el destino de la mujer, y se colgó el saquito vacío del lado opuesto al que estaba lleno, aquel sería el receptáculo de las llaves que probara y fueran inservibles… entonces, pateando un par de llaves que estaban en su camino en el proceso, trotó de vuelta a la puerta de la jaula de Odette Amouret.



Las manos le temblaban, señal de que estaba nervioso y bastante desesperado, mientras comenzaba a sacar las llaves de su primer saquito; el candado número uno se resistió a las primeras quince llaves que intentó, y que, religiosamente, fue metiendo en la bolsa vacía. —Dieciséis… —Contó en voz alta en un intento sumamente estúpido de mantener su jodida cordura que parecía querer escurrirse entre sus dedos, y casi cometió el imperdonable error de celebrar cuando el candado que maniobraba entre sus dedos se abrió con un “click” que hizo un siniestro eco en aquel lugar que, había comprendido por el chapoteo mórbido que reverberaba de pronto, debía estar inundado en lo más profundo de aquellos horribles pozos de la memoria.



Un candado menos… y aunque le quedaban, aún, ocho por abrir, casi creyó que podría lograrlo… ¿Cuánto tiempo había dicho aquel ma***to hombre que aguantaría Odette antes de morir? No estaba seguro, su mente estaba sumida en un montón de pensamientos completamente caóticos mientras él miserable hablaba y seguía hablando; ma***to fuera él también, debió haber prestado atención a aquellos balbuceos que había ignorado instintivamente. Aunque, ¿realmente hacía mucha diferencia? Realmente no tenía idea de cuánto tiempo había pasado desde que había comenzado a luchar con las llaves y los candados, podrían haber sido un par de minutos… podrían ser horas, días, inclusive… ¡Los dioses sabían que se sentía suficientemente exhausto como para que fueran días los que llevara luchando con aquellas cerraduras!

Los candados dos, tres, cuatro, cinco, y seis, se abrieron después de varios intentos, el problema fue cuando llegó al séptimo candado y ninguna de las llaves pareció funcionar en aquella maldita cosa. ¿Podía ser posible? ¿Acaso podían ser tan tramposos como para haber puesto un candado que no abría con ninguna llave? Aunque… ¡Espera! ¿Cuántas llaves había intentado? Para el candado siete debía tener… ¿Cuántas? Tristán hizo la cuenta y llegó a la conclusión de que, ya que había usado seis llaves, para ese momento debía contar con treinta y cuatro llaves para tratar de abrir esa cerradura, ¿por qué tenía la impresión de que le faltaban llaves en el montón que colgaba sobre su cadera izquierda?



Respirando muy profundamente para tratar de tranquilizarse, el pelirrojo volvió a la carga, contando, con mucho cuidado y muy detalladamente, en esta ocasión: —Una… —La llave no servía, jamás habría tenido tanta suerte como para que esa fuera la correcta. —Dos… tres…—y así, una tras otra fallidas, hasta que llegó a la última que le quedaba: —Veintinueve… —Y se quedó completamente helado. ¿Dónde estaban las cinco llaves faltantes? ¿Acaso le habían mentido al decirle que eran cuarenta, desde el primer momento? ¿Se le había caído alguna en la arena sobre la que estaba en pie, que era tan fina que, estaba seguro, no alcanzaría a escuchar el pequeño golpe del artefacto? Al borde de la histeria, se hincó y comenzó a buscar a su alrededor, revolviendo la arena todo el camino desde donde se había puesto en pie, hasta donde había tirado las otras cuarenta llaves… y entonces comprendió que, en su desesperación, probablemente había condenado él mismo a Odette: si sus captores habían dejado caer las llaves que le hacían falta, él las había mezclado con las de la otra jaula al vaciarlas sin fijarse primero… — Damnadh… —Murmuró, al borde de las lágrimas aunque dispuesto a buscarlas todas y probarlas también.



—Se te acabó el tiempo, Conde de Waterford, lo siento, tu bailarina seguramente está ya mu**ta... —Le dijo la voz, pero Tristán intentó ignorarla, recogiendo, frenéticamente, las llaves tiradas hasta que un golpe sordo en su nuca hizo que todo a su alrededor se volviera completamente negro. Había fallado, ¿acaso no fallaba siempre?





1415 palabras

30 coronas

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“Tic tac”

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