Entre Balas y Besos

Entre Balas y Besos Explora la dualidad del amor y la mafia en nuestra página de Facebook. Autora de historias que mezclan pasión, peligro y verdades a media noche.

Poemas y novelas cautivadoras que fusionan la pasión con la oscura intriga criminal. ¡Únete a nosotros para sumergirte en un mundo donde el corazón late al ritmo de emociones Amante del misterio, las balas que rozan el alma y los besos que dejan cicatrices.
🖤 Escritora nocturna. Soñadora a sangre fría.

Capítulo 6: Lo que ya no podían fingirNathalie no se fue.Y eso, por sí solo, ya cambiaba las reglas.Adrián la observó en...
31/03/2026

Capítulo 6: Lo que ya no podían fingir

Nathalie no se fue.

Y eso, por sí solo, ya cambiaba las reglas.

Adrián la observó en silencio.

Como si quisiera entender qué demonios estaba haciendo todavía ahí.

—Pensé que esta vez también ibas a desaparecer —dijo él.

Nathalie sostuvo su mirada.

—Pensé que esta vez no ibas a preguntarlo.

Una media sonrisa apareció en sus labios.

Pequeña.

Peligrosa.

—No respondes nada fácil.

—Y tú no sueltas nada gratis.

Silencio.

El tipo de silencio que ya empezaba a sentirse demasiado personal.

Demasiado íntimo.

Demasiado cerca.

Adrián dio un paso hacia ella.

Solo uno.

Pero bastó para que el aire entre ambos cambiara.

—Entonces dime algo que sí sea verdad —murmuró.

Nathalie no retrocedió.

Ni un centímetro.

—¿Sobre qué?

Él la miró fijo.

A los ojos.

Luego a los labios.

Y de nuevo a los ojos.

—Sobre por qué sigues viniendo.

Esa vez…

Ella no respondió de inmediato.

Y eso fue peor que cualquier mentira.

Porque Adrián lo vio.

Vio la duda.

La grieta.

La parte de ella que ya no estaba tan segura de nada.

—Ahí está otra vez —dijo él en voz baja.

—¿Qué cosa?

—Esa pausa.

Nathalie apretó la mandíbula.

—Te gusta demasiado creerte que me lees.

—No —dijo él, acercándose un poco más—. Lo que me gusta… es cuando te quedas sin respuestas.

Eso la tocó.

Más de lo que quería mostrar.

—No me conoces tanto como crees.

—No. Pero cada vez menos me importa lo que intentas ocultar.

Ella soltó una risa breve.

Sin humor.

—Eso suena a mala idea.

—Lo es.

Silencio.

Otra vez.

Y esta vez ninguno de los dos parecía querer romperlo.

El ruido del club se volvió lejano.

La música, un eco.

Las luces, apenas sombras.

Todo se había reducido a ese rincón.

A esa distancia ridícula entre ellos.

A esa tensión que ya no se podía disimular.

Adrián bajó la voz.

—Dime que no has vuelto por mí.

Nathalie lo miró.

Y por primera vez…

No tuvo una respuesta rápida.

No tuvo ironía.

No tuvo máscara.

Solo respiró.

Lento.

Como si esa simple frase la hubiera desarmado más de la cuenta.

—No deberías hacerme ese tipo de preguntas —murmuró al fin.

—¿Por qué?

Ella levantó apenas la barbilla.

—Porque puede que no te guste la respuesta.

Adrián no sonrió.

Pero sus ojos se oscurecieron.

—Últimamente… nada de ti me deja indiferente.

Y ahí.

Ahí fue donde todo se tensó de verdad.

Porque Nathalie sintió el golpe de esas palabras como si él le hubiera rozado la piel.

No era juego.

Ya no.

No del todo.

Y eso era exactamente lo que empezaba a dar miedo.

—No compliques esto más —dijo ella, en voz más baja.

—Tú entraste aquí a complicarlo.

—No vine para esto.

Adrián la observó unos segundos.

Serio.

Demasiado serio.

—Lo sé.

Esa respuesta la descolocó.

—¿Lo sabes?

—Sí.

Silencio.

—Y aun así… —continuó él— aquí estás.

Nathalie tragó saliva.

Pequeño gesto.

Mínimo.

Pero él lo vio.

Como lo veía todo en ella.

—No me mires así —dijo ella.

—¿Así cómo?

La respuesta tardó demasiado.

—Como si ya supieras demasiado.

Adrián se inclinó apenas hacia ella.

Su voz, ahora, era casi un susurro.

—Lo único que sé… es que si sigues viniendo, en algún momento vas a dejar de mentirme.

Nathalie sostuvo su mirada.

Y por un segundo…

Solo por uno…

Sus labios quedaron demasiado cerca.

Demasiado.

Tanto que el aire entre ellos dejó de existir.

Ninguno se movió.

Ninguno retrocedió.

Ninguno habló.

Pero entonces…

—Jefe.

La voz llegó desde atrás.

Seca.

Molesta.

Cortando el momento como una cuchilla.

Adrián no apartó la mirada de Nathalie al principio.

Pero terminó girando.

Marco.

Otra vez.

Mirándolos con una expresión que ya no ocultaba nada.

Desconfianza.

Y algo más.

Advertencia.

—Tenemos que hablar —dijo.

Adrián tardó un segundo en responder.

—Ahora no.

Marco miró directamente a Nathalie.

—Creo que sí.

El ambiente cambió al instante.

La tensión ya no era solo entre dos.

Ahora había algo más.

Algo peor.

Algo que empezaba a romper el equilibrio.

Nathalie dio un paso atrás.

Muy leve.

Pero suficiente para sentirlo.

Marco no le quitó los ojos de encima.

—No sé quién eres —dijo finalmente—, pero no me gustas en este lugar.

Ella sonrió despacio.

Con frialdad.

—No vine para gustarte.

Marco no devolvió la sonrisa.

—Eso ya lo imaginaba.

Adrián se tensó apenas.

—Basta.

Pero ya era tarde.

Porque Marco seguía mirando a Nathalie como si ya hubiera decidido algo.

Y Nathalie lo estaba mirando igual.

Como si entendiera que el verdadero problema…

No era Adrián.

Todavía no.

nathalie tome

Capítulo 5: Donde empieza el errorLa puerta del club se cerró a su espalda.Nathalie no miró atrás.No podía.Porque si lo ...
23/03/2026

Capítulo 5: Donde empieza el error

La puerta del club se cerró a su espalda.
Nathalie no miró atrás.
No podía.
Porque si lo hacía… sabía que volvería.
Caminó unos pasos, manteniendo la calma, como siempre.
Como si nada hubiera cambiado.
Pero había cambiado.
Y eso era lo que más le molestaba.
—Mierda… —susurró para sí misma.
Se detuvo un segundo.
Respiró hondo.
Y siguió.
Dentro del Rosso…
Adrián no se movió.
Seguía mirando el punto exacto donde ella había desaparecido.
—Esa chica va a ser un problema.
La voz de Marco rompió el momento.
Adrián ni se giró.
—Ya lo es.
Marco bajó las escaleras lentamente.
—No me gusta.
—No tiene que gustarte.
—No —respondió él—, pero sí tengo que decirte cuando algo huele mal.
Ahora sí, Adrián lo miró.
—Habla.
Marco cruzó los brazos.
—No es una cualquiera. —No viene a divertirse. —Y no te mira como el resto.
Silencio.
—Eso ya lo sé.
—Entonces haz lo que siempre haces.
Adrián arqueó una ceja.
—¿Y qué es eso?
Marco no dudó.
—Córtalo antes de que crezca.
Pausa.
Adrián volvió a mirar hacia la puerta.
—No.
Esa respuesta no le gustó.
Se notó.
—Estás dudando.
—Estoy pensando.
—No —corrigió Marco—. Estás sintiendo.
Eso dejó el aire más frío.
—Ten cuidado, Adrián… —añadió— porque ese tipo de errores no se arreglan.
Adrián no respondió.
Pero tampoco apartó la mirada.
Esa noche…
Nathalie no volvió.
Ni al día siguiente.
Ni al otro.
Y eso…
Eso sí que no le gustó a Adrián.
—No ha aparecido —dijo uno de sus hombres.
—Ya lo sé.
—¿Quieres que la busquemos?
Silencio.
Largo.
Medido.
Adrián negó lentamente.
—No.
—¿Seguro?
—Si la busco… pierde gracia.
Pero en su mirada no había nada de juego.
Había interés.
Del peligroso.
Tres noches después…
La puerta del Rosso volvió a abrirse.
Y ella entró.
Como si nunca se hubiera ido.
Mismo paso.
Misma calma.
Pero no era la misma.
Había algo distinto.
Más frío.
Más marcado.
Adrián lo notó al instante.
—Has tardado —dijo, sin acercarse aún.
Nathalie se detuvo frente a él.
—No sabía que me estabas esperando.
—No lo hacía.
Ella sonrió levemente.
—Claro.
Silencio.
Otra vez.
Pero ya no era igual.
Ahora había distancia.
—Hoy estás diferente —dijo Adrián.
—Tú también.
—No.
Ella lo miró fijo.
—Sí… ahora estás prestando atención de verdad.
Eso lo dejó quieto.
—¿Y antes no?
—Antes jugabas.
Pausa.
—¿Y ahora?
Nathalie sostuvo su mirada.
—Ahora ya no sabes si puedes hacerlo.
Eso fue directo.
Sin rodeos.
Sin suavizar.
Adrián dio un paso hacia ella.
—Sigues hablando como si me conocieras.
—Y tú sigues escuchando como si quisiera gustarte.
Se quedaron a centímetros.
Otra vez.
Como siempre.
Pero peor.
Porque ahora ambos sabían que algo ya se había cruzado.
—Dime algo claro, Nathalie —dijo él en voz baja—. Solo una cosa.
Ella no respondió.
Esperó.
—¿Vas a seguir viniendo?
Silencio.
Largo.
Pesado.
Nathalie sonrió apenas.
—Eso depende.
—¿De qué?
Ella se inclinó un poco hacia él.
—De si puedes dejar de intentar controlarlo todo.
Adrián no sonrió.
Pero sus ojos… se oscurecieron.
—No.
Respuesta directa.
Sin dudar.
Nathalie asintió lentamente.
Como si ya esperara eso.
—Entonces sí…
Se separó apenas.
Lo justo.
—Voy a seguir viniendo.
Y esta vez…
No se fue.

Nathalie Tome 🔥

Capítulo 4: Lo que no dijoLa frase quedó flotando entre los dos.“Vengo por ti… pero no como crees.”Adrián no apartó la m...
21/03/2026

Capítulo 4: Lo que no dijo

La frase quedó flotando entre los dos.
“Vengo por ti… pero no como crees.”
Adrián no apartó la mirada.
—Hablas demasiado en misterio.
Nathalie sonrió apenas.
—Y tú demasiado como si fueras el dueño de todo.
—De este lugar, sí.
Ella inclinó un poco la cabeza.
—Eso ya lo noté.
Silencio.
De esos que no incomodan.
De esos que tensan más.
Adrián seguía frente a ella, lo bastante cerca como para notar su perfume, lo bastante lejos como para no tocarla.
—No me gusta perder el tiempo —dijo él al fin—. Si has venido por mí, será mejor que empieces a hablar claro.
Nathalie cruzó los brazos despacio.
—No puedo.
—No quieres.
—Llámalo como te dé la gana.
Eso le arrancó una sonrisa breve.
No amable.
Peligrosa.
—No estás en posición de poner condiciones.
Ella dio un paso hacia él.
Uno solo.
Pero bastó.
—Entonces deja de escucharme como jefe… y escúchame como hombre.
Adrián entrecerró los ojos.
Nadie le hablaba así.
Nadie.
Y, sin embargo, ella lo hacía como si no le temiera.
Como si supiera algo que él no.
—Eso puede ser un error —murmuró él.
—Puede —respondió Nathalie—. Pero tú todavía no me has dicho que me vaya.
Otra vez ese silencio.
Más pesado.
Más íntimo.
Más peligroso.
Desde la barra, varios hombres fingían no mirar. Pero miraban.
En el Rosso todo se veía.
Todo se comentaba.
Y aquella mujer ya estaba ocupando demasiado espacio sin haber levantado la voz.
—No te he dicho que te vayas —dijo Adrián— porque aún no sé qué eres.
Nathalie soltó una risa baja.
—Eso suena peor de lo que debería.
—Lo es.
Ella sostuvo su mirada.
—No soy una amenaza para ti.
Adrián se acercó un poco más.
Ahora casi podía rozarla al hablar.
—Eso todavía no lo decides tú.
Nathalie no retrocedió.
Pero por primera vez tardó un segundo en responder.
Y Adrián lo notó.
Notó la pausa.
La grieta.
La pequeña duda en una mujer que hasta entonces parecía intocable.
—Ahí está —dijo él en voz baja.
—¿Qué?
—La verdad.
Ella frunció levemente el ceño.
—No sabes nada de mí.
—Sé que entraste aquí sabiendo quién era. —Sé que me provocaste desde el primer segundo. —Y sé que no has vuelto por curiosidad.
Nathalie lo miró fijo.
—Quizá volví porque me aburría.
Adrián negó despacio.
—No. Has vuelto porque necesitabas estar cerca.
Aquello la tocó.
Se notó en su respiración.
En la forma en que apretó la mandíbula.
—Te equivocas.
—Entonces mírame y dímelo otra vez.
Ella lo hizo.
Lo miró directo.
Con firmeza.
Con orgullo.
Con algo más.
—Te equivocas.
Adrián sostuvo su mirada unos segundos. Luego bajó los ojos a sus labios y volvió a subir.
—No lo suficiente.
Nathalie sintió el golpe de esa frase más de lo que quería admitir.
Porque había ido allí con una intención.
Clara.
Fría.
Perfectamente medida.
Y ahora él estaba demasiado cerca.
Demasiado presente.
Demasiado hombre.
—No me conoces, Adrián —dijo ella, más seria que antes.
—Entonces deja que te conozca.
Esa vez la sorpresa sí se le vio en la cara.
Pequeña.
Rápida.
Pero real.
Adrián sonrió apenas, como si hubiera ganado algo sin tocarla siquiera.
—Ahí estás mejor —murmuró—. Más sincera.
—No estoy siendo sincera.
—No. Pero ya no estás actuando tan bien.
Nathalie desvió la vista un instante hacia la salida.
Fue un gesto mínimo.
Pero Adrián lo interpretó como lo que era: una necesidad de recuperar el control.
—¿Tienes prisa? —preguntó él.
Ella volvió a mirarlo.
—No me gusta quedarme demasiado en el mismo sitio.
—Mentira.
—¿Ahora lees mentes?
—No. Leo personas.
El ambiente del club seguía girando alrededor de ellos, pero cada vez parecía más lejano. La música era un murmullo. Las luces, sombras. El humo, una cortina suave entre lo que se decía y lo que realmente estaba pasando.
—Esto no te conviene —dijo Nathalie de pronto.
Adrián arqueó una ceja.
—¿Tú me estás advirtiendo?
—Tómalo como quieras.
—Lo tomaré como una excusa.
Ella se quedó quieta.
—¿Para qué?
Él respondió sin apartar los ojos de los suyos.
—Para seguir viniendo.
Eso la dejó muda por primera vez.
Solo un segundo.
Solo lo bastante para que él lo viera.
Y cuando Nathalie entendió que había mostrado demasiado, dio un paso atrás.
—Buenas noches, Adrián.
Se giró.
Esta vez sí con intención de irse.
Pero antes de dar el segundo paso, la voz de él la detuvo.
—La próxima vez que vengas…
Ella no se dio la vuelta enseguida.
—¿Sí?
—No me mientas.
Nathalie cerró los ojos apenas un instante.
Luego sonrió de lado.
Una sonrisa pequeña. Casi triste.
—Entonces no hagas preguntas que no quieres entender.
Y salió del rincón sin mirar atrás.
Adrián se quedó quieto.
Observando cómo se alejaba entre las luces bajas del Rosso.
Sin seguirla.
Sin detenerla.
Pero sabiendo una cosa con absoluta certeza:
esa mujer no había entrado en su vida por casualidad.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que él ya no quería sacarla.

Nathalie Tome

Capítulo 3: No era casualidadAdrián no dormía.No cuando algo no cuadraba.Y Nathalie… no cuadraba.—Encuéntrala —ordenó.Pe...
20/03/2026

Capítulo 3: No era casualidad

Adrián no dormía.

No cuando algo no cuadraba.

Y Nathalie… no cuadraba.

—Encuéntrala —ordenó.

Pero no hizo falta.

Ella volvió sola.

Como si supiera que él la estaba buscando.

Entró al club… directa… segura.

—Sabía que volverías —dijo él.

—Sabía que no podrías olvidarme.

Se quedaron frente a frente.

Sin máscaras.

—No eres quien dices ser —añadió Adrián.

Nathalie inclinó la cabeza.

—Y tú no eres tan frío como aparentas.

Él la agarró del brazo y la llevó a un rincón apartado.

—Juegas con fuego.

Ella se acercó a su oído.

—Trabajo con fuego.

Silencio.

Luego… la verdad.

—Vengo por ti —susurró ella.

Adrián no se movió.

—¿En serio?

—Sí… pero no como crees.

Sus miradas se clavaron.

Deseo… peligro… y algo más oscuro.

—Esto no termina bien —dijo él.

Nathalie sonrió, despacio.

—Eso es lo divertido.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Adrián no sabía si estaba cazando…

O siendo cazado.

Nathalie Tome

Capítulo 2: Demasiado cercaLa noche avanzaba… pero la tensión no bajaba.Adrián no dejaba de observarla.Y eso era raro.Él...
20/03/2026

Capítulo 2: Demasiado cerca

La noche avanzaba… pero la tensión no bajaba.

Adrián no dejaba de observarla.

Y eso era raro.

Él no observaba… tomaba.

Pero con ella… algo era distinto.

—¿Siempre miras así a las desconocidas? —preguntó Nathalie, sin apartar la vista.

—Solo a las que no deberían gustarme.

Ella soltó una risa baja.

—¿Y te gusto?

Adrián se acercó más.

Demasiado.

—Eso es lo peligroso.

Le rozó la mano.

Un gesto mínimo… pero cargado.

Nathalie no se apartó.

Al contrario.

Se inclinó hacia él.

—Entonces aléjate.

Pero su voz no sonaba a rechazo.

Sonaba a reto.

Adrián le sujetó la cintura con firmeza.

—No sueles dar órdenes aquí.

Ella lo miró a los labios… y luego a los ojos.

—Tú tampoco sabes cuándo parar.

Un segundo.

Solo uno.

Y el aire cambió.

—Dime quién eres —exigió él.

—Alguien que no vas a olvidar.

Y antes de que pudiera reaccionar…

Ella se soltó.

Y se fue.

Dejándolo ahí… con algo que no le pasaba nunca.

Ganas de seguirla.

Nathalie Tome

Ella no era la Victima Capítulo 1: La chica que no debía estar ahíEl club “Rosso” no era un sitio para cualquiera.Luces ...
20/03/2026

Ella no era la Victima

Capítulo 1: La chica que no debía estar ahí

El club “Rosso” no era un sitio para cualquiera.

Luces bajas. Música lenta. Hombres peligrosos. Secretos en cada esquina.

Y sin embargo… ahí estaba ella.

Nathalie.

Caminando como si nada le afectara, como si no supiera que cada mirada encima de ella pesaba más de la cuenta.

—Esa chica no sabe dónde se ha metido —murmuró uno.

Pero él sí la vio diferente.

Desde el fondo. En silencio.

Adrián Russo.

El dueño de todo… y de todos.

—Déjenla —ordenó sin alzar la voz.

Nathalie se sentó en la barra, cruzó las piernas y pidió un trago.

—Whisky. Solo.

El barman dudó un segundo… luego obedeció.

—No pareces de aquí —dijo una voz detrás de ella.

Grave. Calmado. Peligroso.

Ella giró.

Y ahí estaba él.

Traje oscuro. Mirada fría. Presencia que imponía sin esfuerzo.

—Y tú pareces el típico que cree que todos le pertenecen —respondió sin miedo.

Una sonrisa leve apareció en sus labios.

—No todos… solo los que entran en mi territorio.

Nathalie bebió despacio.

—Entonces deberías haber cerrado la puerta.

Silencio.

De esos que se sienten en el pecho.

Adrián se acercó un poco más.

—Te vas a meter en problemas.

Ella lo miró fijamente.

—A veces… eso es justo lo que busco.

Y en ese momento… ya nada iba a ser simple.

Nathalie Tome

CAPÍTULO 3: EL SECRETO DETRÁS DEL DISPAROEsa noche llovía con rabia. El viento azotaba las ventanas del bar como si el c...
29/04/2025

CAPÍTULO 3: EL SECRETO DETRÁS DEL DISPARO

Esa noche llovía con rabia. El viento azotaba las ventanas del bar como si el cielo mismo estuviera desatado. Isabela estaba a punto de cerrar cuando escuchó tres golpes fuertes en la puerta trasera.

Corrió, pensando que sería el jefe o algún proveedor olvidado. Pero cuando abrió, lo vio a él. Mikhail. Empapado, tambaleante... y herido. La sangre le manchaba la camisa negra.

—Ayúdame —dijo, con la voz apenas audible.

Ella no lo pensó. Lo agarró por el brazo y lo metió al almacén del bar, cerrando todo con llave. Él se dejó caer contra la pared. Respiraba con dificultad. La herida estaba en el costado, muy cerca de donde late el corazón.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella, temblando mientras traía el botiquín.

—No preguntes —murmuró él, con los ojos cerrados.

Pero era tarde para eso. Ella ya tenía las manos manchadas de su sangre. Le cortó la camisa con cuidado, le limpió la herida, y empezó a coser mientras Mikhail apretaba los dientes para no gritar.

—¿Quién eres realmente? —se atrevió a preguntar Isabela.

Él abrió los ojos. Esa mirada que siempre la congelaba ahora parecía más... cansada. Más humana.

—Alguien que cometió demasiados errores. Y que está intentando no arrastrarte con ellos.

Isabela dejó de coser un segundo. Su corazón se apretó. No sabía por qué, pero quería protegerlo. Quería entenderlo. Quería... salvarlo.

—Ya estás dentro de mi vida, Mikhail. Te guste o no —susurró.

Él la miró. Por primera vez, sin máscara.

—Y tú estás dentro de la mía —respondió.

Fue solo un segundo. Una confesión muda en medio del caos. Luego volvió a cerrar los ojos.

Esa noche, Isabela no durmió. Vigiló su respiración, curó su herida y, sin querer, se enamoró un poco más de ese hombre imposible.

CAPÍTULO 2: LA PROPINA QUE CAMBIÓ TODOLos días siguientes, Mikhail volvió. Siempre a la misma hora. Siempre al mismo rin...
28/04/2025

CAPÍTULO 2: LA PROPINA QUE CAMBIÓ TODO

Los días siguientes, Mikhail volvió. Siempre a la misma hora. Siempre al mismo rincón. Nunca acompañado.

Isabela intentaba ignorar esa sensación de alerta que crecía cada vez que lo veía entrar. Algo en él la atrapaba y la repelía al mismo tiempo. Era como acercarse a una hoguera helada.

Una noche, mientras atendía la barra, un cliente borracho se puso pesado. Se acercó demasiado. Intentó agarrarle la muñeca.

—Vamos, guapa. Sonríe un poco —dijo con aliento a cerveza.

Isabela intentó zafarse con educación, pero el tipo insistió. Nadie más en el bar parecía dispuesto a intervenir.

Hasta que Mikhail se levantó.

No dijo una palabra. Solo caminó hasta ellos, agarró la muñeca del borracho y la apretó. Fuerte. El tipo gritó de dolor y cayó de rodillas.

—Pide disculpas —ordenó Mikhail, con voz de trueno contenido.

El borracho balbuceó una disculpa antes de salir tambaleándose del bar.

Mikhail volvió a su asiento como si nada. Como si no hubiera roto casi una muñeca en menos de diez segundos.

Isabela se acercó, aún temblando.

—Gracias —susurró.

Él asintió levemente. Luego dejó un billete doblado sobre la barra.

Isabela lo cogió más tarde, cuando él ya se había ido. Dentro, junto al dinero, había un pequeño papel arrugado.

"No confíes en nadie. Ni siquiera en mí."

Leyó esas palabras una y otra vez, con el corazón acelerado.

Y supo que ya estaba atrapada en algo mucho más grande que ella.

CAPÍTULO 1: UN DESCONOCIDO EN LA BARRAEl reloj marcaba casi la medianoche y el bar estaba muriendo poco a poco entre vas...
27/04/2025

CAPÍTULO 1: UN DESCONOCIDO EN LA BARRA

El reloj marcaba casi la medianoche y el bar estaba muriendo poco a poco entre vasos vacíos y conversaciones susurradas. Isabela limpiaba la barra con movimientos distraídos, soñando con su cama caliente y unas pocas horas de descanso. Otro jueves cualquiera. Otra noche igual que todas. Hasta que la puerta sonó.

Entró un hombre solo.

La chaqueta negra abierta, camiseta oscura debajo, jeans gastados, botas sucias. Alto. Peligroso. No por lo que hacía, sino por lo que era. Se sentó al final de la barra, en el rincón más alejado de la luz.

Isabela, sin pensarlo, caminó hacia él.

—¿Qué te sirvo? —preguntó, intentando sonar normal.

El hombre levantó la vista. Ojos fríos como el acero. Una cicatriz le atravesaba la ceja izquierda. No sonrió. No dijo "buenas noches". Solo murmuró:

—Whisky. Solo.

Su voz era rasposa, cargada de algo roto que no sabías si querías curar o temer.

Isabela asintió y sirvió la copa con manos firmes, aunque sentía un leve temblor en el estómago. Algo en él la ponía nerviosa. No era solo su apariencia. Era esa energía oscura que parecía arrastrar detrás de sí, como una sombra viva.

Él tomó el vaso, dio un sorbo largo, y volvió a sumirse en su propio silencio. No miraba a nadie. No hablaba. No se movía más de lo necesario.

Isabela volvió a su rincón, pero no pudo evitar mirarlo de reojo. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué sentía que había cruzado la puerta del bar como si huyera de algo... o de alguien?

Minutos después, otros clientes empezaron a irse. Solo quedaron un par de borrachos cabeceando y ese desconocido de mirada mortal.

—¿Quieres algo más? —preguntó ella cuando vio su copa vacía.

Esta vez, levantó los ojos hacia ella. La miró como si viera a través de su piel, sus huesos, hasta su alma misma.

—Otra. Y deja la botella —dijo.

Isabela dejó el whisky sobre la barra sin decir nada. Algo dentro de ella sabía que aquella noche no era una noche cualquiera. Que aquel hombre no era un cliente más.

Antes de alejarse, él murmuró algo. Tan bajo que apenas pudo oírlo:

—Gracias, Isabela.

Ella parpadeó. No recordaba haberle dicho su nombre.

Y mientras volvía lentamente a limpiar las mesas, entendió que a veces el destino no grita. Susurra. Y esa noche, el destino acababa de susurrarle su nombre... a través de un hombre llamado Mikhail Orlov.

Capítulo 12 – Donde termina la historiaLa boda fue sencilla.Demasiado para lo que sentían.Pero perfecta para quienes ya ...
24/04/2025

Capítulo 12 – Donde termina la historia
La boda fue sencilla.
Demasiado para lo que sentían.
Pero perfecta para quienes ya habían visto suficiente lujo… y demasiado dolor.

Lucía le peinó el pelo. Le puso flores blancas detrás de la oreja.
Arianna no usó tacones. Ni joyas.
Solo un vestido liso, sin espalda, que parecía dibujado sobre su piel.

Adriano la esperaba al fondo de aquella pequeña capilla entre árboles.
Con el traje más oscuro que tenía.
Y el corazón… temblando.

—No voy a prometerte una vida larga —le dijo, justo antes del “sí”.

—Ni yo voy a prometerte calma —susurró ella.

—Pero sí te prometo que, si vuelvo a nacer,
te buscaré de nuevo.

Y ella lloró en silencio.

Se besaron.
Sin aplausos.
Sin música.

Pero fue el beso más sincero de sus vidas.

La noche en que todo terminó
La lluvia golpeaba los cristales con rabia.
Adriano estaba en una reunión. Otra más. Una de esas donde los trajes hablan con sonrisas afiladas y nadie dice lo que realmente quiere decir.
Pero algo dentro de él estaba inquieto.
Un escalofrío.
Una sensación rara.
Como si el alma se le hubiera encogido sin aviso.

Miró el móvil.
Dos llamadas perdidas de Lucía.
Un mensaje:
"¡Adriano! ¿Dónde estás? ¡Han entrado en la casa!"

El mundo se le deshizo.

Salió corriendo. No escuchó a nadie. No dijo adiós.
El coche casi se estrella de camino.
Y cuando por fin entró a su calle…
la vio.

La puerta de su casa abierta.
Luz parpadeante.
Silencio.

—¡ARIANNA! —gritó al entrar, con la voz rota.

Y entonces… la vio.

Tirada en el suelo del salón.
Piel blanca.
La camisa empapada de rojo.
Los ojos entreabiertos, intentando enfocar.

—No, no, no, no, joder… —cayó de rodillas, resbalando en su sangre—. ¡No me hagas esto! ¡ARI!

Ella intentó hablar, pero solo salía un hilo de aire.

Tenía una herida profunda en el abdomen.
Y otra bala perdida le había rozado el costado.
Sangraba demasiado.

—Shhh… tranquila, ya está. Estoy aquí, ¿vale? Mírame. No cierres los ojos.

—Luca… —susurró.

—¿Qué?

—Se llama Luca… si es niño.
—No hables, Ari, por favor… te vas a poner bien, ¿me oyes? Vamos al hospital. ¡Ya vienen! ¡Lucía llamó!

Ella le rozó la cara con la punta de los dedos, apenas.
Los suyos temblaban.
Él tenía las manos cubiertas de sangre, y aún así la acariciaba como si fuera de cristal.

—Perdón… por no haberte dicho antes lo feliz que me hiciste.

—Cállate. No te vas a morir. No vas a hacerme esto —dijo él, con la voz desgarrada.

—Sabía que este mundo me mataría… pero al menos… lo viví contigo.

Él sollozó.
La sostuvo fuerte. La pegó a su pecho.
Gritaba sin gritar.
Lloraba sin lágrimas.
Era otro.

—Mírame, Ari. Mírame. Quédate conmigo, por favor… ¡te lo ruego!

Ella ya no podía enfocar.
El techo se volvió borroso.
Todo le pesaba.

El coche iba a toda velocidad.
Adriano sujetaba su cuerpo como si pudiera evitar que se le escapara.
El suelo del coche estaba rojo.
Su camisa, roja.
Sus manos, su alma… todo era sangre.

—Aguanta, Ari… por favor, aguanta…

Ella apenas podía hablar.

—El bebé… no lo dejes…

—No lo voy a dejar. Pero tú tampoco vas a hacerlo. ¡Mírame! ¡No cierres los ojos!

Los médicos corrieron a recibirla. Emergencias. Gritos.
Ella fue separada de él.

—¡Es mi mujer! ¡¡No la toquen sin mí!! ¡Está embarazada!

—¡Señor, por favor, salga! ¡Vamos a intervenir ya!

Adriano golpeó la pared. Se arrancó el cuello de la camisa.
Se sentó en el suelo del hospital.
Hundido.
Llorando como nunca había llorado.

Lucía llegó minutos después. Lo abrazó sin hablar.
Solo lloró con él.

Dentro del quirófano…

Arianna apenas veía.

—Por favor… que nazca bien… —murmuró—. Prométemelo…

Una enfermera le cogió la mano.
—Tu bebé está fuerte. Vamos a sacarlo ya.

Y entonces, el sonido.
Ese llanto.
Ese grito nuevo, frágil, poderoso.

Su bebé había nacido.

Arianna sonrió.
Lloró.
Y en ese último momento, antes de cerrar los ojos…

susurró:

—Luca…

Afuera, un médico apareció.

—El bebé está bien. Es un niño. Está en incubadora, pero estable.

Adriano se levantó.

—¿Y ella?

Silencio.

—Hicimos todo lo posible… perdió demasiada sangre.
Murió minutos después del nacimiento.

Adriano no dijo nada.
Solo bajó la cabeza.
Y se rompió.

Horas después, lo dejaron entrar.

El bebé dormía, conectado a cables, pequeño… pero fuerte.

Adriano lo sostuvo en brazos.
Tenía los ojos cerrados, el puño apretado.
Y aún así… parecía reconocerlo.

—Tu madre… era luz —le susurró—.
Y tú… tú eres la parte de ella que me salvó.

Te llamas Luca.

Y ese nombre...
quedará para siempre.

🥀 FIN.

Capítulo 11 – Promesas en voz bajaArianna no sabía cuánto tiempo podía seguir ocultándolo.El secreto le crecía por dentr...
24/04/2025

Capítulo 11 – Promesas en voz baja
Arianna no sabía cuánto tiempo podía seguir ocultándolo.

El secreto le crecía por dentro, no solo en forma de latidos nuevos…
sino en forma de preguntas, miedos, ilusiones que la asustaban más que todo lo demás.

Adriano seguía siendo él.
Distante. Atento en silencio.
Protector a su manera.
Pero había algo en su mirada últimamente… como si la observara más de cerca.
Como si sospechara.

Una tarde, la encontró sentada en la cocina.
Sola. Sin comer. Mirando la nada.

—¿Otra vez sin apetito?

Ella se encogió de hombros.

—Estoy rara, supongo.

—No. Estás distinta.

Se le acercó. Le tomó la cara con ambas manos.
Y sin rodeos, le preguntó:

—¿Estás enferma?

Arianna parpadeó. Sintió que algo se rompía dentro.
Y entonces, lo soltó:

—No.
—¿Entonces qué pasa?

Silencio.

—Estoy embarazada.

Él no reaccionó.
Durante varios segundos… solo respiró.
La miró con esos ojos que siempre parecen calcular, analizar, contener.

Ella quiso huir.
Pero no se movió.

—No te estoy pidiendo nada —dijo ella, bajando la mirada—. Solo que lo sepas.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Él se arrodilló.

No como los héroes de cuento.
No con una sonrisa ni con una caja en la mano.

Se arrodilló con los ojos nublados.
Como si acabara de ver un futuro que nunca se permitió imaginar.

—No soy bueno, Arianna.
—Lo sé.

—No sé si voy a saber cuidar de ti.
—Tú ya lo haces, aunque no te des cuenta.

—Pero si tú… si tú me aceptas así, roto, con cicatrices…
—Te acepto —susurró ella antes de que terminara.

Adriano tragó saliva.

—Entonces cásate conmigo.
—¿Estás seguro?

—No tengo nada limpio en esta vida.
Nada puro.
Nada que no haya destruido.

—¿Y yo?

Él la miró con los ojos llenos de amor contenido.

—Tú eres lo único que me hace creer que tal vez… no todo está perdido.

Ella se agachó con él.
Frente a frente.
Sin anillos. Sin flores.

Solo dos personas rotas…
tratando de reconstruirse en medio del caos.

Y se abrazaron.
Largos minutos.

Donde no hubo besos.
Solo verdad.

Capítulo 10 – Una vida que no esperabaNunca pensó que terminaría allí.En ese ático de cristales oscuros, con vistas a un...
24/04/2025

Capítulo 10 – Una vida que no esperaba
Nunca pensó que terminaría allí.
En ese ático de cristales oscuros, con vistas a una ciudad que ya no le parecía la misma.
El suelo de mármol. Las cortinas gruesas. El olor a cuero y madera.
Y él.
Adriano.
Caminando por ese lugar como un fantasma con traje.

—No hace falta que te quedes si no quieres —le dijo la primera noche.

—No estaría aquí si no lo quisiera —contestó ella, aunque no estaba del todo segura.

Había algo extraño en vivir con él.
No era amor romántico de película.
Era más bien… vivir con un animal herido que a veces se dejaba tocar.

Las primeras semanas fueron raras.
Él no hablaba mucho. Se iba y venía a horas raras.
Ella no preguntaba. Pero escuchaba cosas. Nombres. Ruidos. Susurros detrás de puertas cerradas.

Por las noches, cuando él volvía y se metía en la cama con ella, no hacían el amor todos los días.
A veces, solo se quedaban en silencio.
Él abrazándola por la cintura.
Ella temblando sin razón.

Y sin embargo… nunca había dormido tan bien.

Un día, lo vio salir del baño sin camiseta. Tenía una cicatriz en el pecho.
Larga. Fea.
Ella la tocó sin pensar.

—¿De qué es? —susurró.

Él la miró. No dijo nada.
Solo le besó la frente y se fue.

Fue en ese momento cuando Arianna supo que había caído.

No por sus ojos.
Ni por su pasado.
Sino por lo que él no decía.

Pasaron las semanas.
Y entonces vinieron los mareos.
El cansancio.
El retraso.

Arianna no necesitó una prueba para saberlo.
Su cuerpo ya lo sabía.

Estaba embarazada.

Se quedó sentada en el baño durante una hora.
Sin llorar.
Sin moverse.
Solo con la mano sobre el vientre.

Y cuando por fin lo miró a él, esa noche, mientras cenaban en silencio, pensó:

¿Cómo le digo que va a ser padre… si ni siquiera sabe cómo ser él mismo?

Pero no dijo nada.
Aún no.
Aún no era el momento.

Él la miró. Como si supiera que algo le pasaba.

—¿Estás bien?

Ella asintió.

Y él, por primera vez, le agarró la mano sobre la mesa.
No como alguien que ama con palabras…
Sino como alguien que ha perdido demasiado, y no quiere perder otra vez.

—Si te estás arrepintiendo… dímelo. No te retengo aquí —murmuró.

Arianna lo miró.

Y respondió:

—No me estoy quedando por ti.

—¿Entonces por qué?

—Porque por primera vez… siento que soy parte de algo. Aunque sea algo roto.

Él apretó su mano.

Y no dijeron nada más.

Pero esa noche, mientras dormía junto a él, con una mano sobre el vientre…

Supo que su vida ya no le pertenecía solo a ella.

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