11/03/2026
𝐋𝐚 𝐓𝐢𝐞𝐫𝐫𝐚 𝐲 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐧𝐳𝐚𝐧𝐚
Esta historia siempre la cuento mal. Y es que, mire usted, tiene demasiados ingredientes: empieza con Isaac Newton en una huerta, colocando a contraluz sus prismas para descomponer la luz, cuando de repente una manzana le cayó en plena cabeza.
Newton dejó los prismas a un lado y se dijo: “O la Tierra atrae la manzana, o la manzana atrae la Tierra, o ambas cosas a la vez”, reflexión que terminaría llevándole a formular (aquí simplifico algo la trama) la ley de la gravitación universal, o sea:
“Todos los cuerpos se atraen mutuamente con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa” (𝑃ℎ𝑖𝑙𝑜𝑠𝑜𝑝ℎ𝑖æ 𝑁𝑎𝑡𝑢𝑟𝑎𝑙𝑖𝑠 𝑃𝑟𝑖𝑛𝑐𝑖𝑝𝑖𝑎 𝑀𝑎𝑡ℎ𝑒𝑚𝑎𝑡𝑖𝑐𝑎, 1686-1687)
La historia habría terminado tan ricamente ahí, pero la terca manzana se empeñó en volver, pues Newton pasó a considerar el movimiento de rotación de la Tierra y dedujo que la fuerza centrífuga debía engordar el ecuador y achatar los polos, más o menos como una manzana.
No le gustó esa metáfora del inglés a Jean-Dominique Cassini, director del Observatorio de París, que, nada convencido de la gravitación universal, prefería una Tierra oblonga, estirada por los polos como un melón. Y así, manzana contra melón, ambos se enzarzaron en una discusión sin fin y media Europa en cada bando, hasta que Louis XV, rey de Francia, decidió cortar por lo sano y mandar dos expediciones –una hacia el Polo Norte, a Laponia, y otra a Ecuador– para hacer las mediciones correspondientes a un meridiano y ver en cuál de las partes el grado de latitud correspondía a una mayor distancia real.
Ahí es donde entran en escena dos jóvenes oficiales de la marina española: Jorge Juan y Antonio de Ulloa, cuyo concurso Felipe V decide aportar al proyecto de su primo el rey francés. Una ayuda que se revelará preciosa en el terreno científico y, antes que nada, para luchar contra las infinitas reticencias que los territorios americanos de la corona española albergaban contra los avances de la ciencia.
¿El resultado, me pregunta usted? La Tierra es una manzana neta, Newton tenía razón.
De regalo, nos quedan los impresionantes escritos de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, empezando por estas 𝑂𝑏𝑠𝑒𝑟𝑣𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑎𝑠𝑡𝑟𝑜𝑛𝑜́𝑚𝑖𝑐𝑎𝑠 𝑦 𝑓𝑖́𝑠𝑖𝑐𝑎𝑠 (1748), cuya portada reproduzco, y la 𝑅𝑒𝑙𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 ℎ𝑖𝑠𝑡𝑜́𝑟𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑣𝑖𝑎𝑗𝑒 (también de 1748), que se lee realmente como una novela de aventuras:
https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k1520126h
Y para hacerse usted una idea de los brazos que tuvieron que torcer en su peregrinaje, mire la salvedad que incluyeron en el prólogo de la segunda edición de las 𝑂𝑏𝑠𝑒𝑟𝑣𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 (1773): “Entre las experiencias y demostraciones geométricas que se exponen en esta obra, hay varias que respiran a favor del sistema conocido generalmente por el nombre de copernicano, y que por suponerse opuesto a las sagradas letras, fue declarado en Roma, por la Congregación de Cardenales Inquisidores, sospechoso de herejía...”. Con la iglesia habían topado todavía a esas alturas.