Memorias de una corista

Memorias de una corista "MEMORIAS DE UNA CORISTA"
Autora
amazon.es/dp/B09HG18FTY Autora del libro" MEMORIAS DE UNA CORISTA"
Luces y sombras de las varietés. Ilusiones y decepciones.

Libro de tapa blanda en AMAZON
https://tinyurl.com/uw7ycwjm

Este libro está basado en mis vivencias, como corista, bailarina de Revista musical española y Music hall de los años 80 y 90. Mi historia relata situaciones personales. Las renuncias y entregas por el amor a esta profesión. Ensayos y estrenos de obras en teatros; cabarets; nightclubs; televisión, restaurantes-espectác**o y filmación de

películas. Un mundo de rumores y prejuicios para el público ajeno. Romanticismo y desamor. Giras en autocar, pensiones e incertidumbres. La parte de atrás del escenario: el machismo establecido, inconveniencias silenciadas y venganzas, acompañadas de plumas y brillos. Actos de nobleza. Momentos divertidos y no tanto, hasta llegar a ser coreógrafa, compartiendo el camino con humoristas y cómicos; vedettes, bailarines y coristas; coreógrafos y empresarios. Luces y sombras de las Varietés. Lo nunca contado. Si te interesa este tema, te invito a seguir mi blog con algunos adelantos y fragmentos. Fotografías. Personas, personajes, curiosidades y datos.

Buen fin de semana.Gracias por seguir esta página.
15/08/2026

Buen fin de semana.
Gracias por seguir esta página.

ESTABA AHÍ

He recuperado los archivos de mis dos blogs de Blogger: CAROLINA... DIXIT y LA GUERRILLA BALLERINA.

Los dos reúnen 478 entradas, escritas entre 2007 y 2017: 400 en Carolina... DIXIT y 78 en La Guerrilla Ballerina.
Los archivos conservan las fechas y permiten volver a recorrer aquella escritura año por año.
He empezado a leerlas.
Algunas no recordaba haberlas escrito.
Otras sí, pero basta con leer unas líneas para reconocerme.
Es curioso esto de escribir: una puede olvidar el momento, el motivo o incluso a quién iba dirigido aquello que escribió, pero no necesariamente olvida su manera de mirar. Una sintaxis, una ironía, una forma de entrar en una cuestión y darle la vuelta.
Reconozco mi forma de expresarme donde quiera que la encuentre.

Y en estos archivos hay mucho más de lo que recordaba.
Hay danza, coreografía, artistas, teatro, revista, cabaret, televisión, profesión, derechos de autor, formación y muchas historias de aquel mundo en el que he trabajado durante décadas.
Y hay observación social. Mucha.
Turismo, instituciones, administración, trabajo, educación, mujeres, convivencia, animales, política, ciudadanía y esas pequeñas cosas de la vida cotidiana que, cuando una las mira con atención, dejan de ser tan pequeñas.

Algunas de aquellas entradas fueron además cartas del lector publicadas en el Diari de Tarragona, La Vila de Salou y El Periódico de Catalunya. En los propios archivos aparecen textos que conservan la referencia a su publicación en prensa.

Y ahora, al volver a leerlas, aparece algo que quizá sea lo que más me interesa.
Los temas recurrentes no los he inventado ahora. Estaban ahí.
La preocupación por la danza y por la profesión artística. También la crítica a determinadas formas de entender la cultura, el espectác**o o el trabajo.
La observación de la sociedad también: el civismo cotidiano, las relaciones entre ciudadanos e instituciones, la educación, el trabajo, las pequeñas y grandes contradicciones de la vida común.
No estoy reconstruyendo ahora una línea de pensamiento para hacerla encajar con quien soy hoy.
Está escrita.
Y eso resulta bastante más interesante.
Porque también están ahí mis enfados, mis entusiasmos, mis obsesiones y alguna que otra batalla que probablemente hoy habría elegido de otra manera.
O no.

Y aquí viene el descubrimiento que más gracia me ha hecho.
Yo creía que estaba diciendo cosas.
Primero fue Carolina... DIXIT.
Después llegó La Guerrilla Ballerina.
Camuflada entre unas cosas y otras, iba diciendo lo que pensaba. A veces observaba. A veces protestaba. A veces me enfadaba. Y algunas veces, directamente, apuntaba.
Yo no sabía que estaba construyendo nada.
Escribía.
Y mientras escribía, aprendía a disparar.
La francotiradora a las once, nació antes y llevaba años haciendo prácticas de tiro en Blogger.
Ahora resulta que hasta tiene antecedentes.

Y todo esto sin contar otras criaturas en Blogger que fui dejando por el camino.
- Des-animación turística.
- Demanda por daños patrimoniales.
- Y otro dedicado al noble arte del Scrapbook by Carol.

Porque una no puede estar todo el día disparando.
También hay que recortar, pegar y decorar.
JAJAJAJAJAJA.
La francotiradora tenía hobbies.

También están las notas de mi primer Facebook, que eliminé por profilaxis mental.
Aunque recaí.
En 2020 volví a abrir la cuenta.
Una tampoco cambia tanto.

He recuperado los archivos de los blogs.
Estoy leyendo.
Y descubriendo que muchas cosas que creía nuevas ya las había pensado, discutido, escrito y publicado hace años.
No sabía que había dejado tanto rastro.
Ni que, al volver a encontrarlo, iba a reconocerme tanto.
Quizá la pregunta no sea quién era aquella mujer.
Quizá sea quién soy ahora.
Porque han pasado años, han cambiado muchas cosas y yo también.
Pero leo aquello y hay algo que permanece.
No paso ni una.

Algunas cosas las diría de otra manera.
Algunas las discutiría conmigo misma.
Algunas, probablemente, las escribiría igual.
Y eso, después de tantos años, tampoco está mal.

Estaba ahí.
Ya estaba entonces.
Y ahora estoy aquí.

**os

Si os interesa conocer mi mirada sobre la sociedad, aquí tenéis el enlace a mi página de Facebook, Francotiradora a las ...
14/08/2026

Si os interesa conocer mi mirada sobre la sociedad, aquí tenéis el enlace a mi página de Facebook, Francotiradora a las once
'Disparo palabras, no personas'.

CULTURA, NO DEPORTECada vez encuentro más profesores de danza en redes sociales que hablan de entrenamientos. Creo que e...
14/08/2026

CULTURA, NO DEPORTE

Cada vez encuentro más profesores de danza en redes sociales que hablan de entrenamientos. Creo que el ensayo pertenece al proceso artístico; el entrenamiento pertenece al deporte.

El auge de las competiciones de danza me provoca reservas y objeciones. Cuando hoy tantas coreografías acaban pareciéndose entre sí, la creación sigue siendo el verdadero sello del profesor. La coreografía demuestra su talento y su personalidad artística. El alumno tiene el mérito de exponerse, interpretarla y defenderla.

Al final, el alumno se lleva un diploma sin validez educativa y el centro se queda el trofeo. Ambos premios se financian con las propias inscripciones. ¿Qué menos que llevárselos?
Con los años, las vitrinas se llenan de copas y medallas que tampoco indican, rigurosamente, que se sea mejor. El alumno cambia; el trofeo permanece.

Aplaudo los conocimientos de muchos docentes totalmente entregados. Han dedicado su vida a las aulas, a los cursos y a las clases especializadas.

Estas competiciones generan desplazamientos, hoteles, inscripciones, vestuario específico, cuotas... gastos y más gastos para alimentar la idea de que competir es progresar. Pero la danza es cultura, no deporte.
Y, sin embargo, es mucho más dura e ingrata para quien decide convertirla en su profesión, especialmente lejos de las corrientes de moda.

El modelo procede de Estados Unidos, donde estos circuitos cumplen una función concreta: elevar la visibilidad del centro educativo y detectar talento individual, abriendo puertas hacia universidades, compañías o programas profesionales, igual que sucede en los ámbitos deportivos.
Aquí se ha adoptado esa fórmula, pero no la estructura que le da sentido ni las oportunidades que justifican ese recorrido.

Este tipo de eventos puede ser un aliciente para mostrarse, para viajar, pero también responde a una estrategia comercial tomada del deporte: crear comunidad e identidad.
Todo comienza con una equipación, una marca y un sentimiento de pertenencia. Después llegan las fotografías y los premios.

Nunca sentí la necesidad de llevar a mis alumnos a competir y, por eso, jamás lo hice. Tampoco organicé festivales de fin de curso. Cuando presenté espectác**os fue siempre en beneficio de causas sociales o de las fiestas locales, al servicio de la ciudadanía.
Como ejemplo, además de los actos benéficos y las fiestas populares, creé el festival DANSA-LOU durante varias ediciones para reunir a escuelas de distintos lugares en un escenario feliz, sin presión. Sin clasificaciones.
Fue una iniciativa solidaria por la que nunca cobré y en la que la Concejalía de Cultura asumió el coste del desplazamiento de los grupos participantes. Acudieron escuelas de Asturias, Valencia, Barcelona, Reus, Tarragona, Andorra y otros lugares.
Era mi forma de entender la comunidad artística: compartir en lugar de enfrentarnos.

Finalmente, la mayoría de los adolescentes que estudian danza, aunque sea como hobby, acaba diciendo: «Debo seguir mis estudios» o «Tengo que ponerme a trabajar». Entonces empieza la vida real.
Los diplomas acabarán olvidados en un cajón. Las copas seguirán en la vitrina del centro, esperando a la siguiente generación.

Eso es lo que me apena.
Porque la vida ya nos enfrenta a suficientes exámenes y puntuaciones desde que nacemos hasta que morimos. No creo que la danza, que es cultura y arte, deba convertirse en uno más.

MI DESPEDIDA A ÁNGEL ALONSOEl mundo del teatro llora el fallecimiento de Ángel Alonso, un director fundamental de las ar...
09/08/2026

MI DESPEDIDA A ÁNGEL ALONSO

El mundo del teatro llora el fallecimiento de Ángel Alonso, un director fundamental de las artes escénicas en Cataluña. Con más de cincuenta años de trayectoria, ha dejado un legado importantísimo.

En este gremio, muchas personas pueden explicar vivencias relacionadas con el director teatral Ángel Alonso.
Lo mío queda en anécdota.

Nos conocimos en el café del desaparecido Teatre Arnau y le invité a presenciar una obra en la que yo trabajaba.
Aunque el género no le interesaba, fue muy cortés y se quedó. Creo que no le hacía falta mi invitación: tenía pase libre por todo el Paral·lel.
Esperó a que terminara y, vaya, aquella frase que ya me había dicho ocho años antes Alfonso Nadal, en el Oasis de Zaragoza, me resultó reveladora:
—¿Qué haces aquí?
En un principio no supe qué responder, excepto:
—Es un trabajo que no permite muchas selecciones, señor Alonso. Pero he vuelto. Me han traído al Paral·lel como coreógrafa, diez años después de haberlo abandonado como corista. Son artistas que aprecio y respeto. Ya sabe: hoy aquí y mañana allí. Provengo del music-hall.
—Podrías estar en otro lugar, tienes más posibilidades —respondió.
Ya no dije nada. Le di las gracias.
Antes de irse, me dijo algo que no he olvidado:
—Ese Libertango… esa presentación de Applause… No te pareces a nadie que conozco. No pierdas tu sello.

Yo tenía treinta y cinco años, un nuevo proyecto de vida en Salou, lejos de la pandilla habitual, sin tiempo para amoldar el colchón laboral a negociaciones dignas de diplomáticos y, ¿por qué no decirlo?, también de proxenetas.

Además, nunca había tenido relaciones con el teatro establecido, el «serio», el de los grandes titulares y los aforos de prestigio.

—Señor Alonso, yo soy aquella niña de cinco años que se fugó de casa porque pensó que, si se había portado mal, ya no la querrían. Y fue su madre, vecina de la casa de enfrente, quien me acogió y avisó a mi madre y a mi abuela.

Aquella fuga, debida al temprano miedo a no ser querida, podría haber acabado mal en otras circunstancias. A la señora, disculpen que no recuerde el nombre, le di instrucciones: me faltaba el pijama, me tendría que llevar al colegio y había que quitarme la escayola del bracito roto.
El caso es que, cuando quiero a alguien o encuentro sintonía, siempre digo:
—¡Fuguémonos!
Me paso la vida fugándome de sitios, de personas y de emociones que, tarde o temprano, me atrapan por otras vías.

Aquel amor, por quien había abandonado Barcelona, había estado conmigo en la función la noche anterior. Solo tuvo un comentario al salir:
—Estoy incómodo... No sé si me gusta verte en el escenario o quizá ya debas dejarlo.
Así que...

Y desde entonces, aquel año 1995, ya viviendo en Salou y dirigiendo una escuela de danza, sí que apliqué más elecciones profesionales. Seguí en ello, pero desde luego pagué las consecuencias de cambiar un amor que creía seguro y no lo fue por la realización que encontré en una profesión que forma parte de mi identidad.

El fallecimiento del señor Alonso me ha recordado todo aquello: esa tremenda incertidumbre para algunas cosas y esa determinación feroz para otras.

La escuela y yo, tres años después, seguíamos sin aquel amor. Pude soportarlo hasta que entendí por mí misma la misma pregunta:
—¿Qué haces aquí?
Y puse todo mi empeño en seguir de cero.
Que parece ser mi constante vital.
Lo mío no ha sido bohemia trasnochada. Ha sido trabajar y trabajar, creyendo que cada día contaba.
Y sí. Contaba.
Porque es mi vida.
Soy una hacker de mi destino. Por lo menos, si creyera que estaba escrito, tendría que admitir que he roto todos los códigos demasiadas veces.

Y creo que el señor Alonso, acostumbrado a grandes figuras, lo entendió. Su honestidad, siendo prácticamente desconocidos, me puso un espejo delante, en aquella etapa tan complicada en la que avanzas sin saber si te estás pasando de parada o de frenada.
Pero he entendido, con tanto ir y venir, que el amor va contigo.

La profesión me lo ha dado también, a través de las satisfacciones y de muchísimas personas que han formado parte de mi vida.
Y claro, con los años, ha ganado la identidad. Y también ese amor único, en una vida, que está cómodo conmigo porque acepta quién soy.
El señor Alonso fue eso.
Un señor.
Una sola vez.
Descanse en paz.

LOS GATOS ABANDONAN BROADWAYEsta noche me ha despertado el maullido furioso de unos gatos bajo mi ventana. Durante unos ...
30/07/2026

LOS GATOS ABANDONAN BROADWAY

Esta noche me ha despertado el maullido furioso de unos gatos bajo mi ventana. Durante unos segundos me he quedado escuchándolos. Mi mente ha viajado a Londres. A los Jellicle Cats. A Macavity. A Memory. A esas canciones que, de vez en cuando, todavía me sorprendo tarareando desde principios de los años ochenta.

Y precisamente por eso escribo estas líneas.

La noticia ha sacudido el mundo del teatro musical. El cierre anticipado de Cats: The Jellicle Ball, apenas cinco meses después de su estreno en Broadway, ha abierto un debate que va mucho más allá del destino de un espectác**o.

La voz que ha encendido todas las alarmas no ha sido la de un crítico ni la de un economista, sino la del propio Andrew Lloyd Webber. Y conviene escucharla. El creador de Cats, El fantasma de la Ópera, Evita o Jesucristo Superstar afirma que Broadway es «una idea cultural en grave peligro» y que, en las condiciones actuales, «prácticamente no tiene ningún sentido financiero estrenar un nuevo musical».

Sus razones son tan sencillas como inquietantes: los costes de producción no dejan de aumentar, mantener un espectác**o en cartel resulta cada vez más caro y recuperar la inversión se ha convertido en una excepción. Incluso los propios creadores, denuncia Webber, aceptan unos derechos de autor cada vez más reducidos para que sus obras puedan llegar a los escenarios.

La paradoja es evidente. Esta nueva versión de Cats recibió críticas excelentes, ganó tres premios Tony y alcanzó una recaudación semanal cercana al millón de dólares. Aun así, ni siquiera eso basta para hacer rentable una producción valorada en 18 millones de dólares.

Volvemos a lo de siempre: el éxito no siempre significa beneficios, ni los beneficios garantizan el éxito.

Cuando el riesgo económico condiciona la creación, las decisiones dejan de responder únicamente a criterios artísticos. Las franquicias, las adaptaciones y los títulos ya conocidos ofrecen más garantías que una obra original. Y ahí reside el verdadero peligro: no que cierre un musical, sino que cada vez resulte más difícil estrenar aquellos que todavía están por escribirse.

Quienes amamos el teatro sabemos que el éxito nunca está garantizado. Lo confieso: por mucho que me apasione el teatro musical, jamás invertiría mi propio dinero en una producción. No por falta de fe en un proyecto, sino por la enorme volatilidad del público. Esa incertidumbre forma parte del oficio. El problema llega cuando el riesgo económico es tan elevado que acaba impidiendo cualquier aventura artística.

Lo preocupante no es que unos gatos abandonen Broadway, sino lo que esa despedida anticipa.

Sin negocio no hay espectác**o. Ni energía. Ni alimentos.

Al final, todos anteponemos lo más esencial: comer. Llenar el depósito. La seguridad.

Después, si todavía queda algo, ir al teatro.

Los artistas, también.

INTRUSISMO DE CALIDAD***Los espectác**os en la "desanimación turística".Esta es una causa que ya doy por perdida. La com...
25/07/2026

INTRUSISMO DE CALIDAD
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Los espectác**os en la "desanimación turística".

Esta es una causa que ya doy por perdida. La comencé llena de orgullo y de pasión en mi antiguo blog, La guerrillaballerina, hace más de diez años. Debe de ser que de aquella intención me ha quedado el poso de artíc**os imperfectos pero propios; alguien me describió una vez como articulista francotiradora, y lo confirmo.
Desde principios de los noventa hasta hoy he observado, trabajado y renegado del sistema de animación turística nocturna en el Mediterráneo, especialmente en España y, por extensión, en Canarias. Es el sistema que más puestos de trabajo de espectác**o profesional ha destruido, al exigir a un animador que sea coreógrafo, bailarín y fotocopiadora multiusos de espectác**os profesionales creados para el cine y el teatro.

Los establecimientos turísticos presumen constantemente de mejoras y de la calidad que ofrecen. Pero si la oferta nocturna se sostiene con presupuestos ridíc**os y empleados no cualificados que usurpan el lugar de coreógrafos, bailarines, cantantes y artistas, eso no es calidad: es la consolidación del intrusismo.
Bajo la premisa de "esto es lo que tengo y con esto salvas el verano", se ven espectác**os vergonzosos, con música e incluso playback de voz de bandas sonoras originales de cine, orientados preferentemente al family show.

Esta costa ha ejercido —lo sé por experiencia propia, aunque a mí no llegó a perjudicarme— un racismo con los artistas locales: nosotros dábamos las mejores cajas y obteníamos las mejores puntuaciones en los cuestionarios de los clientes y, aun así, regalaban las mejores noches y los mejores sueldos a espectác**os importados, incluso de fuera de la Unión Europea, sin que eso significara que fueran mejores ni que hubieran invertido en este territorio más que nosotros. O a agencias cuya única misión consiste en cobrar, no en cuidar del artista cuando surgen problemas. Y surgen, señores.
Esto no es revanchismo histórico, es memoria selectiva: elijo recordar aquello que explica por qué el entorno laboral de hoy es consecuencia de aquello. Antes de ir a trabajar a un hotel, conviene preguntarse si no es más seguro y digno trabajar en un supermercado.

Basado en hechos reales: a principios de los dos mil, un artista de flamenco denunció estas condiciones laborales en un foro de danza, señalando a una de estas agencias de trileros, y no volvió a trabajar nunca más. El director y músico de esa misma agencia me dijo una vez a la cara, sin el menor remordimiento, que los espectác**os profesionales de music hall podían ser replicados por los desanimadores. Como si toda una vida pagando por formarme en arte escénico no hubiera servido para nada. Y por aquí siguen todavía sus agentes, campando sobre tierra quemada.

Hay un nombre para que te digan que si faltas un día por un bolo cuatro veces mejor pagado, te cierran las puertas de toda la costa. Hay un nombre para que te descuenten el IVA en lugar de entregártelo, mientras eliges entre aceptar la irregularidad o mantener a diez personas durante la temporada. Hay un nombre para los escenarios que se abren bajo tus pies y los cuatro focos miserables que iluminan a artistas profesionales e incluso a los "desanimadores" de turno, que con sus disfraces baratos de carnaval intentan salvar el pellejo a costa de liquidar nuestra categoría profesional. Hay un nombre para aquello de "vale, os contrato, pero a mí me lo hacéis por treinta euros menos", o "venid a probar gratis en la verbena de San Juan".

Si las valoraciones de TripAdvisor dependieran de los artistas que callan para seguir trabajando, se les caería la cara de vergüenza: maleteros, bares y toldos improvisados bajo los extractores de cocina como camerinos, a la vista de camareros y empleados. Suelos que resbalan y provocan lesiones. Cancelaciones in situ, perdiendo un día de sueldo por un partido de fútbol o por no molestar a la televisión. Clientes borrachos que intentan manosearte. Un láser apuntando a tus pechos y, si detienes el show para pedir respeto, la problemática eres tú.
Nada de esto son leyendas: mis compañeros y yo lo hemos vivido, y no como una anécdota, ni como una necesidad, sino como aportación profesional, hasta decir basta.

Porque un espectác**o, señores empresarios, no lo m***a un animador: lo dirige alguien formado, que sabe de escena, iluminación, vestuario y coreografía. No con cuatro pasitos copiados de un tutorial de YouTube.

Permítanme decirles que, además de la mala fama que nos ha dejado trabajar en espectác**os de turismo a quienes sí sabemos m***ar un show desde cero, la calidad de la que presumen funcionará en Fitur, pero desde luego no es la que el visitante contempla noche tras noche, para deslucimiento de un PIB que, sin embargo, vive de ello. Ustedes son aniquiladores de empleo de proximidad... aunque la culpa no sea de esos artistas. Los clones mexicanos, chinos y de los países del Este, las tribute bands que en su país no trabajaban como artistas y que aquí ya son residentes, huyeron de la misma explotación en tal parque temático. El intrusismo no lo firman ellos: lo firma quien decide pagar menos a quien sea con tal de llenar el cartel.

A mí ya no me hace falta que nadie me contrate: me fui a tiempo. Pero ustedes, federaciones turísticas y asociaciones hoteleras, ¿hasta cuándo van a seguir mirando hacia otro lado? Hay convenios, hay categorías, y sus propios espectác**os internos y las condiciones para los profesionales de la escena no se corresponden en absoluto con las estrellitas de sus establecimientos.

**o

Todos pasamos castings. Algunos son artísticos; la mayoría, vitales. Al fin y al cabo, no se trata tanto de lo que has h...
25/07/2026

Todos pasamos castings. Algunos son artísticos; la mayoría, vitales. Al fin y al cabo, no se trata tanto de lo que has hecho como de lo que aún puedes llegar a ser.

Hace unos años, al volver de Turquía, escribí a un director de teatro de Madrid. Solo le pedí que me respondiera, porque no consideraba que, con cuarenta y tantos años, tuviera que estar pendiente de otro casting.

Por la boca muere el pez.

Como era previsible, nunca respondió, y no fue por soberbia; era un sentimiento de brevedad futura. Pero creo que no lo entendió.

Aquella prisa —que no impaciencia— ahora es mayor y, como la vida es tan extraordinaria, yo, que presumía —y con razón— de haber pasado muy pocos castings en toda mi vida artística. Muy distintos entre sí y sin ponerme los tacones de guerra.

Estoy pasando un casting inesperado. Y otro, ganado día a día. Dos castings colosales que me mantienen entre la expectativa y el puro realismo.

Puede culminar mi trayectoria como creadora o puede no ser nada; solo un suspiro más forjado en la constancia.

No lo sé.

Somos de una generación que se acaba en todos los sentidos: por lo que tenemos delante y porque tenemos toda una vida detrás.

Hubo quien se rió de mi expresión «tengo toda una vida detrás». Qué fácil es hacer proyecciones vitales cuando aún se tiene todo un camino por explorar y recorrer. Y qué difícil es continuar cuando quieres demostrar que lo mejor todavía tiene que llegar. Esto también lo dice mi amigo Xavier Carbó, conocido como Alan Cook, tarraconense de pro y artista veterano, sabio en estas cuestiones del “rock and roll and all that jazz” —todo ese barro que tanto nos gusta—, su manera de dar sentido, a través de la experiencia, a aquello que a otros nos pesa.

Pero aquí estamos.

Como dice Cookie, «en el mercado».

Y si sí, que diría José Mota, mi filósofo de cabecera, porque «ser, soy» obstinada y no pasa nada. O si no, y me llevo una buena patada a la medida de un ego rebajado. O una euforia que dé sentido a esta lucha contra el reloj.

En cualquier caso, si quisiera dar una pista, sería, para ser identificable, aquella de Sweet Charity cantando «If They Could See Me Now». En realidad sería: «Si lo supierais, no os lo creeríais».

Gracias a quienes no dieron ni un duro por mí. Sin proponérselo, forjaron una tenacidad a prueba de decepciones y alimentada por cada logro.

No es un ajuste de cuentas, es pura matemática emocional.

Y gracias a las personas que sí cuentan y entienden de qué hablo.

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¿Hablamos de talento, de evolución o de envoltorio?***A estas alturas procuro no perder la perspectiva, ni por la edad n...
24/07/2026

¿Hablamos de talento, de evolución o de envoltorio?
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A estas alturas procuro no perder la perspectiva, ni por la edad ni por las convicciones. Estos días me rondan algunas reflexiones sobre mujeres que toman decisiones propias en ese territorio siempre complejo donde se cruzan la libertad personal y la aceptación del paso del tiempo.

Milán, 2026: Madonna recrea su propio look de Like a Virgin —el mismo corsé, el mismo velo— cuarenta años después. Volver a un vestuario como guiño puede funcionar. La cuestión es no preguntarse qué comunica ese mismo diseño sobre un cuerpo que ya no es el de 1984. El vestuario nunca es neutro: dialoga con quien lo lleva y, si ese diálogo no se actualiza, el traje deja de cubrir o adornar y empieza a evidenciar.

"Si tuvieras este cuerpo, tú también irías desnuda", respondió Jennifer López a sus críticos durante su residencia en Las Vegas. La frase suena a defensa del físico, pero el objetivo real es otro: no exhibirse, sino no desaparecer. En este momento de su carrera, el vestuario extremo funciona como ancla de vigencia, una manera de seguir ocupando el centro del escenario cuando ya no hay disco nuevo que lo justifique. El problema no es el cuerpo que enseña. Es que confunde visibilidad con legado, como si la única manera de cerrar una carrera fuera seguir reclamando presencia en lugar de construir un final al nivel de lo que ya ha hecho.

Hay una diferencia entre aceptarse una misma o aceptar a las demás, y construir un personaje que vende discos y llena conciertos. Lo primero es libertad. Lo segundo es mercado. Los maillots escotados de Jennifer son un exceso de diseño mal aplicado a un cuerpo poderoso. No la acompañan: la delatan. El mismo problema que Madonna en Milán.
Con todo el respeto hacia las dos, y por mucho que queramos aplaudir su valentía: Madonna y Jennifer López se están quedando desfasadas. Y de lo que desconfío es de quien siempre les dice que están divinas, sobre todo cuando pueden caer en el ridíc**o.

Lizzo construyó buena parte de su marca —incluida su propia línea de ropa interior, Yitty, con tallas de la XS a la 6X— como símbolo de la positividad corporal. Desde 2023 documenta en redes lo que ella misma llama su "weight release journey" y, en enero de 2025, anunció haber alcanzado su primer objetivo. La misma industria que la convirtió en icono de la aceptación del cuerpo real celebra ahora, con idéntico entusiasmo, cada kilo que pierde.
El twerking como único lenguaje coreográfico no es arte, es fórmula. Se puede defender como celebración del cuerpo y como reapropiación del placer —hay quien lo vive así—. Pero desde la dirección escénica, veo otra cosa: un movimiento repetido hasta vaciarlo de todo excepto una parte del cuerpo. Una mujer es más que un c**o. Y una coreografía que solo habla de eso, por muy viral que sea, no empodera: reduce.

Yo también he bailado en tanga. Pero no para refregar el c**o en una pantalla 4K, y en toples, con distancia prudente muy parisina o al estilo de Las Vegas: la artista es deseable, no obvia. Solo forma parte de la fantasía de la puesta en escena, y por tanto inalcanzable.

En 1992 dirigía un ballet moderno de mujeres no estrictamente delgadas, incluida yo misma. Mánagers y artistas titulares ya me decían entonces que iba adelantada a mi tiempo. Mirando ahora aquellas fotos, no veo grasa: veo las mismas formas que hoy las marcas de moda llevan como bandera, y que las mujeres que superan la talla 38 ya exigen como normales.
¿Hablamos de talento, de evolución o de envoltorio?

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🇪🇸 OFFICIAL "MA QUALE IDEA" – Jamie Lewis Remix (2016)Han pasado ya diez años desde esta colaboración con Purple Music T...
20/07/2026

🇪🇸
OFFICIAL "MA QUALE IDEA" – Jamie Lewis Remix (2016)

Han pasado ya diez años desde esta colaboración con Purple Music TV, Crisler Music Publishing SRL, Francesco Cofano, DJ Jamie Lewis y mi amigo Pino d'Angiò.

Me encargué de toda la producción del videoclip — concepto, puesta en escena, coreografía, desarrollo visual y ejecución general —, un trabajo que recuerdo con auténtica gratitud.

https://www.youtube.com/watch?v=vJ1-_U-uAt8

🇮🇹
OFFICIAL "MA QUALE IDEA" – Jamie Lewis Remix (2016)

Sono già trascorsi dieci anni da questa collaborazione con Purple Music TV, Crisler Music Publishing SRL, Francesco Cofano, DJ Jamie Lewis e il mio amico Pino d'Angiò.

Ho curato l'intera realizzazione del videoclip — concept, messa in scena, coreografia, sviluppo visivo ed esecuzione generale —, un lavoro che ricordo con sincera gratitudine.

🇬🇧
OFFICIAL "MA QUALE IDEA" – Jamie Lewis Remix (2016)

It's been ten years since this collaboration with Purple Music TV, Crisler Music Publishing SRL, Francesco Cofano, DJ Jamie Lewis and my friend Pino d'Angiò.

I was responsible for the entire production of the music video — concept, staging, choreography, visual development and overall ex*****on — a project I remember with genuine gratitude.


**o **o en
Grazie Gianni Emme & Eva Mango

Pino D'Angio - Ma Quale Idea (Official Video)Jamie Lewis S*x On Th...

LAS TRIBUSLo aprendí a los catorce años.El día que dije que quería ser bailarina, mis propias compañeras de barra se rie...
16/07/2026

LAS TRIBUS

Lo aprendí a los catorce años.

El día que dije que quería ser bailarina, mis propias compañeras de barra se rieron de mí. La profesora de ballet también.
En el colegio Montseny, de Barcelona, algunos niños fueron más directos.
«Puta.»

La misma lección.
¿Eran centros educativos… o fábricas de renuncias?

Aún no lo sabía, pero acababa de entender el verdadero poder de la tribu: quiere que no seas diferente.

Y, por cierto, estaban las puntas.
Aquel oscuro objeto de deseo de tantas niñas.
Unas zapatillas de raso capaces de abrir llagas y teñir de sangre las gasas.
Se lucían con sufrimiento.
Nos elevaban por encima del suelo para parecer etéreas mientras los pies aprendían el verdadero significado del esfuerzo.
El público veía un cisne.
La bailarina conocía la sangre.
Y, aun así, sonreía.
Tenían un peaje.
Y lo asumíamos encantadas.
Porque cada herida nos acercaba un poco más al sueño.
También decían que aquello no servía para nada.
Años después cambié aquellas puntas por unos tacones de nueve centímetros.
Y vaya si sirvió.
Me enseñaron a pisar con determinación.
A ganarme un lugar sin el permiso de nadie.
Primero sobre un escenario.
Después en la vida.
Me enseñaron tenacidad.
Convicción.
Y la certeza de que ningún sueño importante se alcanza sin aceptar el peaje que exige.
Era un plan, no una idealización romántica.

Desde entonces lo he vivido en primera persona y lo vi repetirse una y otra vez como profesora de danza. Cambiaban los nombres, las generaciones y las modas. El mecanismo era exactamente el mismo.

Es un hecho: ser gregario tiene un coste. La necesidad de pertenecer ejerce una presión inmensa. Todo empieza muy pronto, cuando nacen las vocaciones y los futuros se estrellan contra la aprobación de los demás.

Una niña quiere ser artista.
«Sí, pero…»
Ese «sí, pero» es un botón rojo nuclear.
Basta pulsarlo para que empiecen a estallar las dudas, los miedos y los abandonos.

«Hazlo como una afición», dicen algunos padres.
Una actividad que compartirá con otros niños que, a su vez, bloquearán cualquier forma de destacar, de aspirar a ser algo más que una pieza uniforme y gris del grupo.
Por muchos selfis de éxito compartido.

Un niño quiere bailar ballet.
Entonces el botón cambia de sitio y aparece el juicio del género.
«Maricón»
Una palabra demasiado habitual no hace tantos años.
Mucho antes de que Ángel Corella o Nacho Duato demostraran que la excelencia artística exige una convicción capaz de soportar el desprecio, la incomprensión e incluso el exilio.

«Haz música. Mejor canta en un coro. Eso está bien visto.»
Da igual que cincuenta menores acaben convertidos en clones de un profesor cuyo único objetivo sea terminar el curso sin bajas y haciendo exactamente lo mismo que todos.
No sea que su propia tribu lo desacredite por salirse del carril.

La necesidad de validación llega a extremos curiosos.
En muchas escuelas ya casi no se ensaya: ahora se entrena.
Porque «entrenar» suena más deportivo, más competitivo y, por tanto, socialmente más prestigioso.

La tribu siempre aparece.
El líder que decide qué merece un aplauso y qué merece una burla.
Y, por ese miedo ancestral a la expulsión del grupo, muchos jóvenes esconden aquello que realmente desean hacer.
La tribu rechaza la diferencia.

Los artistas solitarios, los diferentes, los incomprendidos acaban marchitándose en el jarrón putrefacto de la mediocridad.

Como profesora vi muchas veces el brillo en los ojos de quienes querían más.
También vi cómo aquella luz se iba apagando.

«Que estudie inglés. Esto del arte no sirve para nada.»

Hasta que un día ese mismo joven trabaja como animador turístico, monitor infantil o, simplemente, constata que aquello que «no servía para nada» era, precisamente, una de las habilidades que ahora le permite desenvolverse con naturalidad.
Entonces comprende que bailar nunca fue solo bailar.
También era aprender a ocupar un espacio propio.
A mirar de frente.
Y a no ser quien se queda arrinconado en una boda mientras los demás disfrutan de la música.

Pero hubo un día que nunca olvidaré.
A finales de los noventa, una alumna de danza recibió un mensaje en su Nokia.
Una sola palabra:
«Gorda.»

La semana siguiente perdí catorce alumnas.
Las tres más populares se quedaron.
Una de ellas, líder en la Escuela Elisabeth de Salou, la emisora del mensaje.
Las otras abandonaron el curso por solidaridad con quien había sido señalada.
¿A quién castigó realmente la tribu?
No solo a aquella niña.
También castigó a quien defendía que cualquier menor tenía derecho a ser respetado sin importar su físico.
Me castigó a mí.
A pagar mi alquiler.
Y a mi compromiso moral.
Aquello no me hizo cambiar de idea.
Muy al contrario.
Me confirmó algo que ya intuía desde los catorce años:
la tribu con demasiada frecuencia vigila.
Juzga.
Premia la uniformidad.
Y castiga la singularidad.

Las tribus cambian de nombre con los años:

Instituto.
Universidad.
Trabajo.
Profesión.
Redes sociales.

Pero el miedo a pensar diferente sigue siendo el mismo.

Si usted es padre o madre y su hijo le dice que quiere ser artista, científico, bailarín, carpintero, músico o cualquier otra profesión que le haga brillar los ojos, escúchelo antes de responder con un «sí, pero…».
Porque quizá entre sus amigos ya haya alguien dispuesto a pulsar ese botón rojo nuclear.
Alguien dispuesto a desactivar un futuro brillante simplemente porque nunca encontró comprensión para el suyo.

No haga usted lo mismo.
Apoye a su hijo.
Quizá por eso, cuando encuentro a alguien diferente, lo entiendo.
Porque sé que, muchas veces, solo necesita un pequeño empujón.
Le toco suavemente la espalda, justo donde nacen esas alas que hoy se compran por cuatro duros en la actual Ruta de la Seda digital.
Es ahí donde empieza a construirse su verdadera fortaleza.
La espalda y el centro, el motor de una combustión de fe.
La estructura emocional desde la que aprenderá a sostenerse por sí mismo y a afrontar con determinación el eterno dilema de la heroica y anónima batalla cotidiana.
Entonces siempre aparece la misma pregunta.

—¡Vuela!

—¿Y si me caigo?

Y yo siempre digo:

—¿Y si lo consigues?

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