31/05/2026
Mi hermosa mujer:
A veces me pregunto cómo era mi vida antes de conocerte, y la respuesta siempre es la misma: le faltaba algo que ni siquiera sabía que estaba buscando.
Llegaste como llegan las cosas más hermosas de la vida: sin avisar, sin hacer ruido, pero cambiándolo todo. Desde entonces, mis días tienen otro color, mis noches otro significado y mis sueños un nombre que se parece mucho al tuyo.
Me gusta pensar que el destino escribió tu historia junto a la mía mucho antes de que nuestros caminos se encontraran. Porque hay personas que se conocen y hay personas que parecen reconocerse, como si sus almas ya hubieran coincidido en algún rincón del tiempo. Tú eres eso para mí.
No eres solamente la mujer que amo. Eres la calma que encuentro cuando el mundo pesa demasiado. Eres la sonrisa que aparece cuando mis pensamientos se llenan de ti. Eres ese refugio donde mi corazón descansa después de cada batalla.
Y si alguna vez dudas de lo que significas para mí, quiero que recuerdes esto: hay recuerdos que se guardan en la memoria, pero tú te quedaste viviendo en mi alma.
Me enamora tu forma de mirar la vida, tu manera de sonreír incluso cuando las cosas no son fáciles, la dulzura que escondes en cada gesto y esa luz tan tuya que ilumina incluso los días más grises.
Te admiro por quien eres, por todo lo que has superado, por la fuerza que llevas dentro y por la ternura que entregas sin darte cuenta. Porque una mujer como tú no solo se ama; también se respeta, se valora y se agradece.
Si pudiera regalarte algo, no sería una joya ni una promesa imposible. Te regalaría la certeza de que existe alguien que piensa en ti cuando amanece, que sonríe cuando escucha tu nombre y que agradece cada día el milagro de saber que existes.
Y aunque las palabras nunca serán suficientes para describir lo que siento, quiero que sepas una cosa:
Si volviera a empezar mi vida mil veces, volvería a buscarte en cada una de ellas.
Porque entre todas las historias que pudo escribir el destino, mi favorita siempre será aquella donde apareces tú.
Y mientras exista un latido en mi pecho, seguiré admirándote, cuidándote y amándote con la misma verdad con la que el cielo abraza cada amanecer.
Porque tú no eres solo una parte de mi felicidad.
Tú eres la razón por la que muchas veces sonrío sin darme cuenta.
© Pablo Fernández — Un poeta solitario. Todos los derechos reservados.