14/08/2026
EL CARNAVAL DE LA FAMILIA PÉREZ CUEVA -EL SECRETO DE LA FELICIDAD FAMILIAR UN MENSAJE PARA LA SOCIEDAD.
ORGANIZADO POR CARMEN AMELIA CUEVA CASTRO Y LUIS FERNANDO PEREZ LL.
EL SECRETO DE MANTENER UNIDA UNA FAMILIA .
LA FIESTA QUE MÁS LE GUSTO A MI MAMÍ
AUTOR: Dr. Víctor U Pérez C MSc. UYECUADOR
HISTORIA: UYUMBICHO-ECUADOR
RECUERDOS POR SIEMPRE
"Querida mami: Dicen que el tiempo todo lo cura, pero la verdad es que tu ausencia se siente todos los días. Sin embargo, recordar tu sonrisa, tus consejos y tu amor incondicional es la prueba de que sigues aquí. El recordar es saber que vives en nuestros corazones y mente querida mami. Tu legado de unión y fortaleza nos acompaña en cada paso. Te amamos y te extrañamos siempre."
Dr. Víctor U Pérez C MSc.
Capítulo 1: Los preparativos de la madrugada y el secreto del horno
El Carnaval en el hogar de la familia Pérez Cueva no empezaba con el juego, sino con el aroma a leña, finas especies y el eco de los pasos apurados en la madrugada. Carmen Amelia Cueva Castro y Luis Fernando Pérez Ll fueron un equipo de alta calidad, dos directores de una orquesta de hospitalidad que ponían en marcha una tradición colosal. La jornada del propio día de Carnaval iniciaba a las dos de la mañana; mientras el resto del vecindario dormía, en esta casa se limpiaba cada rincón desde la madrugada para recibir a los invitados en un ambiente de absoluta pulcritud.
Carmen Amelia se adueñaba de la cocina ritual. Dos días antes, con una paciencia mística, ya había adobado el hornado con finas especies, permitiendo que la carne absorbiera los secretos de su sazón. Apenas daban las dos, se encendían los fogones para cocinar las papas y preparar la chicha, esa bebida ancestral que fermentaba la alegría. El cerdo ingresaba al horno para un monitoreo estricto de ocho horas, vigilando que la corteza alcanzara el punto crujiente perfecto. Al mismo tiempo, en una olla grande, se colocaban las gallinas de campo enteras, rodeadas de aliños y especias secretas que solo las manos de la madre conocían. El banquete se completaba con tortillas, motes dorados, ají casero y la compra anticipada del talco, el único elemento permitido para el juego limpio.
Capítulo 2: La misa del Niñito y el banquete de la abundancia
La fe y el agradecimiento eran el pilar que sostenía la fiesta. Antes de probar bocado, la tradición familiar exigía vestir las mejores galas e ir a misa acompañando a la imagen del Niñito Jesús. El templo se llenaba de cantos y devoción, bendiciendo la unión del hogar. Al regresar de la iglesia, con el alma dispuesta, se abría oficialmente el servicio de comida.
El objetivo principal de mis padres era ser los mejores anfitriones para los compadres que normalmente venían de la ciudad de Quito a pasar el Carnaval. Se recibían familias completas de más de 10 personas, sumadas a unos 20 invitados de la población y los 10 miembros de la casa; una reunión espectacular de más de 40 personas que solo se veía en la alta sociedad, reflejo de la impecable formación que nos dieron. Mientras los invitados ingresaban a la casa, lloviendo la cerveza en vasos llenos y espumosos para los caballeros y vino para las mujeres, el ambiente se encendía de inmediato. Cuando las visitas ya estaban "picadas", venía el ron en copa o el whisky en copa. El ritual del brindis era firme: tú cogías el whisky, servías y les hacías tomar; el que servía tenía que ser alguien de carácter bien fuerte para brindar y mantener los honores de la casa. Entre copa y copa, se servía el caldo de gallina de campo concentrado y caliente, seguido del imponente plato de hornado completo en el servicio. El Carnaval se jugaba con respeto, usando talco de niños solo en la cara, mientras los jóvenes se bañaban con agua fría desafiando el clima.
Capítulo 3: El refugio de la chimenea y las historias de la noche
Cuando el sol se ocultaba y el cansancio del baile empezaba a pasar factura, el ritmo de la fiesta se transformaba pero no moría. En la noche, la casa adoptaba una atmósfera íntima y acogedora. Los mayores, agotados por la intensa jornada y los fuertes brindis de la tarde, se trasladaban paulatinamente a dormir, dejando el escenario a la nueva generación.
Los jóvenes se congregaban alrededor de la chimenea, el rincón más cálido de la casa. Allí, el juego consistía en contar cachos, anécdotas, chistes y jugar baraja, desatando carcajadas ruidosas en medio del silencio nocturno. Entre risa y risa, se devoraba el hornado que quedaba del servicio del día, acompañado de un cafecito caliente que mantenía los ojos abiertos. Esa tertulia al calor del fuego se extendía de forma mágica hasta las 5 de la mañana, hora en la que finalmente los últimos jóvenes iban a dormir, con la panza llena y el corazón contento por haber estirado el tiempo al máximo bajo el amparo del hogar.
Capítulo 4: El Carnaval del adiós y la fiesta como terapia del alma
El destino quiso que el ciclo de la vida se cerrara en la misma época en que Carmen Amelia solía desplegar su magia. El día que ella nos abandonó fue precisamente en Carnaval. Su partida transformó la fecha, pero su despedida se vistió con la misma belleza que ella cultivaba: una iglesia llena de flores, hermosa, perfumada y radiante, reflejo exacto del alma de la matrona que tantas veces oró en ese mismo altar.
A través de la ausencia, se comprende el verdadero valor de su legado. Las fiestas que Carmen Amelia y Luis Fernando organizaban como un equipo perfecto no eran simple diversión; eran, en realidad, una terapia de vida indispensable para la sociedad. Las fiestas curan la tristeza y sanan el alma de las personas; generan alegría y otorgan esa inmensa felicidad que solo se consigue al compartir, conversar, dialogar y continuar la vida a pesar de los dolores. La misa devota, los vasos espumosos, los ricos licores, los alimentos preparados con amor, el bailar, contar cachos, jugar baraja y comer un plato de hornado completo en el servicio familiar son los tesoros más grandes de la existencia. Después de haber vivido con esa calidez y distinción, ¿qué más puedes pedir a la vida? Su ejemplo y su categoría viven para siempre en nosotros. Recordando a mi Mamí CARMEN AMELIA CUEVA CASTRO y Papí.LUIS FERNANDO PEREZ LL. .
El verdadero progreso de una sociedad nace cuando transformamos la rutina en celebración, entendiendo que la felicidad no es una meta lejana sino el arte de compartir una buena mesa, una buena charla, liberar el alma en cada baile y regalar una sonrisa franca al caminante; porque cuando unimos nuestras mesas y abrimos las puertas de los hogares para encontrarnos en una gran familia, descubrimos que la mayor riqueza colectiva se construye sumando pequeñas alegrías diarias, empatía mutua y la firme convicción de que juntos siempre vivimos mejor.
En los días de carnaval, cuando el mundo celebraba, el cielo reclamó la luz de mi madre. Hoy, con el alma vestida de gratitud, quiero abrazar a cada corazón que nos acompañó en su último viaje.
Gracias a la noble población de Uyumbicho, que la acunó en sus calles y en sus rezos. Gracias a quienes desafiaron la distancia, llegando desde la ciudad de Quito y de tantos otros rincones, uniendo caminos para honrar su memoria.Nuestra casa se llenó, no solo de personas, sino de un calor inmenso que sostuvo nuestro dolor.
Qué belleza fue ver las calles desbordadas de afecto, transformando el llanto en un tributo inolvidable. Su despedida fue un eco de música y amor: la voz de la mejor cantante elevando su alma al infinito, y los mariachis entonando melodías que envolvieron el aire y aliviaron el desgarro de la partida.
A todos ustedes, que sembraron flores de compañía en nuestro desierto, gracias. Su presencia nos demostró que mi mami no se ha ido del todo; se ha quedado multiplicada en el cariño de todos los que la quisieron.