16/04/2026
¡A una década del 16A!
Un terremoto de 7.8 Mw, que cambio para siempre la vida de los habitantes de la zona costanera de Ecuador
¡Un silencio tenebroso, seguido de un ruido infernal; vi abrirse el mar que luego se tragaba todo a su paso, todos gritábamos, es el fin del mundo”; así fue uno de tantos relatos estremecedores de los moradores de Pedernales, la zona Cero, o epicentro del terremoto de 7,8 Mw, que hace 10 años, azotó Manabí y dejó más de 660 personas fallecidas, 6,000 heridos, 28,000 desplazados y millonarias pérdidas económicas.
Para los habitantes de Pedernales, Canoa, Manta y Portoviejo, los 75 segundos, que siguieron cuando el reloj marcaba las 18:58, del 16 de abril de 2016, permanecerán grabados para siempre en su memoria. El poder de la naturaleza fue tal, que casas y edificios cayeron cual piezas de dominó, las carreteras hechas de duro concreto se movieron como sábanas agitadas por un fuerte viento para luego destruirse.
Infraestructura y servicios básicos colapsaron, el caos fue general, pero en medio de todo este panorama desolador, la solidaridad y resiliencia marcaron el punto de partida para renacer de entre los escombros.
Una cobertura inesperada
En Cuenca, el sacudón del sábado se sintió fuerte, pero sin mayores consecuencias más allá del susto y problemas menores en infraestructura. En mi caso, me tocó vivir de primera mano las consecuencias del terremoto, en una inesperada cobertura que se prolongo por varios días.
Este es un relato de las vivencias cumpliendo mi labor profesional para un medio impreso de mi ciudad.
Viaje inesperado
Cumplía mi turno habitual de sábado y domingo en Cuenca y mi agenda contemplaba notas locales para el segmento de ciudad, sin embargo, esto cambió cuando recibí la llamada del editor del medio que disponía que debía viajar hasta Manta, una de las zonas más afectadas, para básicamente cubrir algo de los daños, pero sobre todo recoger las impresiones del esa entonces presidente, Rafael Correa, quien debía llegar la tarde del domingo (17:00) a esta zona afectada.
Por factor tiempo y nueva cobertura, no hubo mayor planificación; una mochila, mi laptop, una cámara y un celular recién adquirido, más mi libreta y un esfero, fueron mis herramientas de trabajo. 100 dólares sacados de mi cuenta, y 30 adicionales que tenía en el bolsillo parecían más que suficiente para la cobertura de última hora pero de un solo día, Un chaleco distintivo del medio en el laboraba completaba el equipo,
Llegar hasta Guayaquil no fue mayor problema, las busetas de la “Remigio”, que están cerca de mi lugar de residencia cubrieron el primer trayecto, ya en el Puerto Principal, las cosas fueron muy distintas y la aventura para la cual no estaba preparado, inició.
En busca de un boleto
En la Terminal Terrestre, filas enormes de personas aguardaban para tomar los buses y dirigirse hasta ciudades afectadas de Manabí, como Manta principalmente; a Pedernales el sitio del epicentro, era imposible, pues las vías habían colapsado. ¡Era tal la cantidad de gente intentando movilizarse que conseguir un boleto, resultaba misión imposible!
Tal habrá sido mi preocupación reflejada en mi rostro que de la nada, alguien acercó una propuesta inesperada. “Paisano, yo voy a Manta, y salgo en media hora, si quieres ir, podemos llevarte solo debe pagar la carrera”.
La propuesta era atractiva, no así el costo propuesto a pagar por el viaje en taxi, que se salía del presupuesto establecido. Una contrapropuesta de mi parte llegó. ¿Y si consigo que más personas se nos unan y paguen, podemos ir todos?
La idea fue aceptada y en seguida perdiendo un poco la vergüenza se gestionó que de entre las personas, tres personas rompan filas y nos acompañarán en la travesía, aunque dos advirtieron que solo pagarían el costo similar al transporte en bus; pero en este punto toda ayuda era bien recibida.
En pocos minutos ya estábamos embarcados en el taxi del hijo, de Klever Tello, de nombre Alfredo. El primer tramo fue incómodo por el poco espacio que dejaban los acompañantes que con sus robustos cuerpos propios de la gente de la Costa y la mochila con mis brazos con mis herramientas de trabajo.
Durante el viaje el tema central era que tan fuerte había sido el terremoto y sus consecuencias, las redes sociales que no estaban en auge en ese entonces, entregaban poca información, y era confusa. Aún eran incierto los daños ocasionados por el terremoto.
Nuestros peores pronósticos se hicieron realidad cuando llegamos a la primera parada en Montecristi para dejar a una de las pasajeras. La iglesia principal de un blanco imponente, aparecía toda cuarteada (foto) y amenazaba con venirse abajo, más allá varios edificios en ruinas, daban una idea de lo que vendría más adelante; sin embargo, esto era nada comparado con los daños en otras ciudades como Portoviejo o Manta, y mucho más en Pedernales.
Una dura realidad
El viaje de varias horas hasta Manta y el compartir algunas experiencias profesionales generaron cierta cercanía con el que luego sería mi anfitrión. Klever y su hijo Alfredo, quienes consultaban cual era mi recorrido o mis tareas; con cierta pena comenté que no había una real planificación, debía llegar a las 17:00 hasta su cuidad y la noche ya cubría con sus sombras.
Tampoco perdí la nota encomendada por mi editor, pues la anunciada visita presidencial, tampoco se dio en la fecha anunciada. Había que elaborar un cronograma sobre la marcha. La charla algo amena, fue interrumpida por un escenario dantesco, (fotos), Manta siempre señorial y atractiva para el turista, literalmente estaba en ruinas.
Pese a la obscuridad y falta de alumbrado eléctrico, (los servicios básicos colapsaron), se podía ver la triste realidad; cientos de personas estaban en las calles por temor a un nuevo remezón, y cuadras enteras de casas, locales comerciales y edificios, estaban reducidos a escombros. Por unos minutos solo contemplamos el desolador panorama.
A cada paso, los lamentos de las personas, también de Kleber y su hijo Alfredo, “mira la casa del vecino, no quedó nada”; ve ese edificio, ya mismo se cae”. En este punto mi labor solo fue escuchar y acompañarlos hasta donde me guiarán.
Parte de la ruta fue enfocada por sus celulares, a cada paso las escenas eran más crudas, algo que alguna una vez fue un próspero centro de comercio de Manta, ahora solo eran escombros; locales con puertas destruidas, vehículos aplastados.
Rescates improvisados
Habían transcurrido cerca de 24 horas del terremoto y sus consecuencias ya eran evidentes, los primeros rescates improvisados también se daban en la penumbra. Maquinaria pesada como retroexcavadoras, limpiaban escombros por unos minutos y de pronto paraban en seco.
Todos callaban, la idea era escuchar algún susurro, algún grito de ayuda, salvar una sola vida compensaría cualquier esfuerzo. Decenas de personas se repartían por los sitios removidos, para escuchar algún llamado de esperanza y quitar escombros sin más ayuda que sus manos. En los alrededores, unos pocos miliares custodiaban la escena surrealista.
Fue raro ver edificios de varios pisos que literalmente perdieron toda la planta baja, luego las explicaciones técnicas indicaban que fueron construidos con arena de mar, poco recomendable para construcciones por su alta salinidad y colapsaron.
La situación empeoró cuando llegamos a la residencia de Klever, su casa de tres pisos ubicada en un barrio popular aún se mantenía en pie; me había contado que en la parte baja tenía un local de venta de productos tecnológicos lo cual era su actividad para mantener a su familia. Con cierta demora abrió la puerta de su negocio y el caos fue general, todos sus productos estaban en el piso, las pérdidas eran evidentes.
Tras unos breves momentos de lamento, la reflexión de que todos estaban bien, dio un aire de consuelo; por fortuna, el día del terremoto, padre hijo y su hija estaban en Guayaquil, cuando todo ocurrió, se perdió mucho de lo material pero siempre se puede empezar de nuevo; no sería la primera vez, comentaba.
Primer reporte
En mi caso había la necesidad de mandar mi primer informe al medio; pero las baterías de mi laptop y celular estaban bajas, y además en la zona no había Internet. Klever, al que ya consideraba un amigo, propuso ir a las afueras de la ciudad, donde un familiar, quizá ahí los servicios básicos estén habilitados y se pueda comer algo. Ambos anhelos fueron cubiertos en su totalidad, un suculento plato con la sazón manabita calmó el hambre y mis dispositivos se pusieron al 100%. El primer informe se logró enviar gracias al apoyo de mi compañero Cristian S, al que dicté las primeras líneas para su trascripción y con esto se pudo enviar las primeras impresiones del 16 A.
Eran ya cerca de las 23:00, el día había sido extenuante y tocaba regresar a la vivienda de Klever, podía haber saqueos y llevarse lo poco que quedaba. Así lo hicimos. Ya en la vivienda que también presentaba bastante deterioro en su estructura, me indicaron que podía ocupar el cuarto en el tercer piso, que era de su hija, y cómo se encontraba en Guayaquil, estaba desocupado.
Primera réplica
Apoyado una vez más con la linterna del celular subí las gradas con temor de que todo se viniera abajo, al llegar a la habitación solo vi una amplia cama y me recosté sin tomar reparo que estaba llena de vidrios y pedazos de pared que lastimaron mi espalda. Gran error, pero lo peor vino minutos después, una réplica fuerte muy usual en los terremotos, hizo tambalear la ya afectada vivienda. “hasta aquí, llegué, dije para mis adentros”; sin embargo, la estructura soportó bien el remezón.
Segundos después los gritos de la gente se avivaron; con cierto cuidado observé desde lo que antes era una gran ventana, que la gente estaba desesperada gritando. Sus improvisadas camas en las aceras fueron desechas, como queriendo escapar, pero sin rumbo fijo.
Fueron minutos de tensión de reflexión y análisis, pues la propuesta desde Cuenca era llegar hasta la zona cero, en Pedernales, que aún estaba aislada, pues los caminos quedaron destruidos. Una tarea complicada, tomando en cuenta que no disponía de movilización, recursos, logística, pero sí de mucho compromiso para cumplir con los lectores.
Así pasó la primera noche, dormitando un poco, y listo para escapar si acaso un nuevo temblor se producía. La espera fue larga pero al amanecer salimos a buscar señal para recibir la llamada desde de mi editor quien me indicaba que vaya hasta Portoviejo, que ahí, los compañeros de El Diario, podrían facilitarme la movilización hasta el epicentro del terremoto, pero solo cuando la situación lo permita.
Segundo día
El segundo día la cobertura también fue en Manta, con apoyo de mis anfitriones llegamos hasta el corazón de la ciudad y vimos la magnitud del desastre, las estadísticas ya elevaban a cientos los fallecidos. En cada esquina, en cada persona, había una historia que contar, pero no todo era pesar, la solidaridad estaba presente en todos lados, y la resiliencia de los afectados era evidente. Algo particular fue acudir hasta la zona de Tarqui, que había conocido años atrás cuando hubo la oportunidad de cubrir Juegos Nacionales. Una zona muy concurrida y dinámica, ahora yacía quieta, distante y llena de historias de terror. Repitiendo la dinámica del primer día de salir a las afueras de la ciudad, se logró enviar el segundo reporte.
Viaje a Portoviejo
La situación vial en algo había mejorado en las zonas afectadas, o al menos se intentaba habilitar los principales pasos. Esto hacía prever que cualquier rato la ruta hasta Pedernales sería posible. Tocaba ir hasta Portoviejo hasta El Diario, dónde tendría apoyo logístico. La despedida de Klever fue cordial como de viejos conocidos, no sin antes luego de brindarme un gran desayuno manaba, cerca del océano.
Con Alfredo, su hijo, habíamos acordado que me llevaría hasta Portoviejo en su taxi. Su ayuda fue crucial, tanto en Manta como en Portoviejo dónde fue mi guía y acompaño a algunas coberturas matutinas, al parecer Alfredo, le tomó cariño a la profesión pues le permitió entrar a sitios restringidos para las personas, al portar mi cámara como un improvisado compañero de trabajo. “Es mi fotógrafo decía cuando alguna autoridad de control perdía identificación.
Luego de unas horas, Alfredo, debía volver hasta el Puerto Principal y finalmente me dejó cerca del diario manabita, no sin antes desearme éxitos en mis futuras coberturas.
El trabajo de reportería continuó y entre tantas cosas que contar, resaltaba que Portoviejo ya enterraba a sus difuntos del terremoto, un caso especial fue de un joven de 16 años, que acompañaba tras una camioneta de alquiler los cuatro ataúdes, de sus padres y hermanos. “Me quedé solo”, sollozaba. Contó que la noche del terremoto, todos estaban dentro de la vivienda, más a él se le olvidó lavar el vehiculó familiar y debió cumplir con esta tarea, salió de su casa y todo se vino abajo, dejándolo huérfano. Escenas similares fueron comunes durante mi estancia en este lugar.
Falta de agua
Otra de las situaciones comunes que se evidencian luego de una catástrofe es la falta de agua potable. En Portoviejo, filas enormes de personas se agolpaban cerca de una distribuidora que hacía su “agosto” vendiendo un bidón de agua hasta por cinco dólares. La desesperación era extrema, se notaba en sus rostros, y la ayuda gubernamental o era escasa o no llegaba; más bien desde ciudades como Cuenca se informaba que caravanas con productos básicos y ayuda médica se movilizaban hasta las zonas de mayor conflicto.
Como consecuencia de contar historias como se las vivió, días después los entes de control gubernamental, reaccionaron a un titular de portada hecha por el editor general del medio en el que laboraba, que unió las dos realidades en un titular, “La gente pide agua, Correa sube el IVA”, esto causó gran revuelo y amenazas de demandas que ya el medio impreso tuvo que sostener y solucionar.
Solidaridad con el cuencano
Habían pasado ya tres días desde mi viaje, como en principio era una cobertura de una sola jornada, contaba con solo la ropa que llevaba puesto y el calor propio de la Costa, incomodaba. También encontrar locales para comer era difícil, así que estábamos en una “dieta obligada”.
El ánimo mejoró, una vez llegado a El Diario, cuyas amplias y cómodas instalaciones no parecían haber sufrido daño alguno del terremoto. El tercer reporte fluyó sin contratiempos, Ya con Internet fue sencilla la tarea de enviar las fotos tomadas principalmente del celular, y las que tenía archivadas en mi cámara.
Cayó la noche y se me informó que al día siguiente un equipo de este medio manabita se movilizaría hasta la zona cero. La salida sería temprano, a las cuatro de la madrugada para llegar a primeras horas del día hasta Pedernales.
Se me indicó que podía pasar la noche en este diario, en la parte externa, dadas las circunstancias, la propuesta fue la más apropiada, estaría ahí mismo para ir rumbo a mi destino final.
Cerca de las 22.00, aprovechamos para llamar a la familia y más allegados, una banca de cemento sería mi cama por esa noche, pero lo que más incomodaba era el picor en la piel. Al parecer el guardia del lugar, notó este particular y sin dudarlo me dijo, “nosotros nos bañamos allá; atrás hay una manguera y unas toallas”. ¡Nada más apropiado para solucionar el malestar del cuerpo!
Una vez limpio, me disponía a descansar cuando un vehículo de alta gama, estacionó cerca y me dijo, ¿Tú eres el periodista de Cuenca, cierto? Ante mi afirmación, tomó algo del asiento y dijo, … “mira esta almohada es la favorita de mi hija, úsale y me la deja con el guardia, también acercó, una tarina y dijo, es “comida fresca”, agradecí el gesto.
Ya comido y bañado, las ideas se aclaraban y me disponía a descansar a tratar al menos cuando una vez el guardia apareció y dijo, en esa cosa de cemento, cómo va a descansar. Venga, vaya a el área de recepción hay muebles cómodos para descansar. Agradecí mucho está acción, pues entiendo que aquel guardia, rompió alguna norma que no permitía que nadie se quede dentro de las instalaciones de esa empresa.
Ya en sitio, aproveché para poner al máximo la carga del celular que se había convertido en mi principal herramienta de trabajo, y en pocos minutos descansé como pocas veces.
Periplo hasta a la zona cero
El canto de aves y el ruido del motor de un carro de buen cilindraje me despertaron, era el transporte que nos llevaría hasta Pedernales, acompañando al equipo de El Diario. Ciertamente sus nombres se han quedados olvidados en el tiempo, no así su profesionalismo a toda prueba.
El camino no fue fácil pues en varios tramos no existía carretera, fue colosal ver toda una plantación de papayas y de otros frutos arrancados de raíz, como si una gran “hoz” las hubiera arrancado de tajo.
Cerca de llegar al destino en las afueras decenas de personas habían habilitado mini ciudades, con carpas, plásticos y telas, ya que en el centro no quedaba nada, y esta fue la alternativa más viable por ahora.
Apenas llegamos el equipo se separó, en este caso mi agenda era clara, recopilar la mayor cantidad de información gráfica de la zona más afectada y contar historias. No fue tarea difícil, todo estaba en ruinas, todos tenían su particular versión de los hechos unos más surrealistas que otros.
Varios hoteles considerados de lujo, habían quedado en ruinas, en la zona cero, cientos de rescatistas, militares y perros amaestrados buscaban víctimas, con pocas posibilidades de encontrarlas pues habían pasado varios días del siniestro.
Esta teoría se confirmaba más en el mismo ambiente, pues el olor a carne putrefacta predominaba el ambiente, a tal punto que ni la mascarilla permitía soportar el mal olor. Las calles céntricas de la otrora Pedernales moderna quedaron reducidas a nada, (fotos) solo pilas de material y hierro retorcido predominaba; y ciertamente decenas de personas buscando entre los escombros algo que les pueda servir, como ropa, zapatos, utensilios.
Otros en cambio con la mirada perdida, parecían ausentes, como Luis Gonzalo Castro Gualotuña, (foto) que miraba el sitio dónde antes estaba su edificio de cuatro plantas con su próspero negocio, ahora solo era un recuerdo.
Le fe un bálsamo para el alma
Más allá la iglesia principal, o lo que quedaba de ella, estaba rodeada de cintas amarrillas que alertaban del peligro, y avisos de no ingresar; la curiosidad pudo más al igual que el deber periodístico, hicimos caso omiso a estas advertencias e ingresamos por uno de las paredes que cayeron.
En el interior sorprendió ver un bombero de Quito, que estiraba su mano hasta tocar la figura del Divino Niño, (foto), la única que permaneció en pie, entre tanto escombro. Ver esta escena fue un momento de reflexión y recordaba que, pese a la adversidad, mucha gente por no decir todos los que entrevisté, agradecían al Creador por haberse librado de algo peor.
Fueron horas recorriendo los sitios que antes rebozaban de vida con cientos de turistas que habitualmente llegaban a disfrutar del clima cálido y la tranquilidad que ofrecía Pedernales. Por fortuna el contacto telefónico fue efectivo y fue posible enviar un nuevo reporte, esta vez de la zona cero, la más afectada, incluso con imágenes. Ahora solo tocaba buscar al equipo de El Diario, para el aventón de vuelta.
El equipo de El Diario, tenía una dinámica distinta de trabajo, era un medio impreso tipo tabloide de alrededor de 30 páginas, además tenían una radio y un canal de televisión, y sus colaboradores eran multimedia, algo no usual hace una década. Con unas pocas líneas entregaban sus reportes para casa segmento informativo, era de admirar su profesionalismo.
Un relato desgarrador
Un chofer, un fotógrafo, un periodista y uno que volaba el drone, componían el equipo anfitrión. Justamente el técnico que volaba el drone, comentaba que gracias a este dispositivo lograron encontrar a varias víctimas que estaban en las zonas altas de los edificios caídos.
De a poco el semblante de nuestro interlocutor fue cambiando, y más bien denotaba algo de ira y frustración, hasta que estallo con un fuerte, “Por qué, por qué no la sacaron, era mi nena”:
Su historia desgarra el alma. Su exesposa con la cual tenían una hija; meses atrás había hecho una nueva vida con otro hombre procreando un segundo bebe. El día del siniestro, su expareja, el nuevo bebe y aquel hombre salieron ilesos, no así la hija de nuestro acompañante. “Porque también no la sacaron a ella, era chiquita”, repetía mientras se golpeaba el pecho. Todos hicimos silencio, cualquier palabra de consuelo era poco para tan abrumadora pena; pese a este dolor, indescriptible, cumplió con sus tareas con increíble profesionalismo.
Ya caía la noche y el último reporte se hizo al medio cuencano, era hora de retornar pese a un pedido de uno de los duelos del medio que de retorno vaya por Canoa y Bahía de Caráquez y otros sitios, solicitud imposible de cumplir por falta de recursos.
El retorno
En Portoviejo, el transporte interprovincial se había normalizado en la medida de lo posible, ya había como volver hasta Cuenca, era hora de retornar. Juntando las últimas monedas se logró comprar el pasaje y en seguida enrumbarme hasta mi ciudad.
Muchos pensamientos cruzaban por mi mente, como lo devastador que puede ser la naturaleza, que, pese a toda la tecnología disponible, estamos indefensos ante sus embates. Pero lo más me llenaba, era haber presenciado el poder de recuperación de las personas que sobrevivieron a un terremoto de esa magnitud.
En mis adentros prometí volver, y así lo hice los dos años posteriores al 16A, corroborando que muchos de los afectados si bien nunca olvidarán aquel suceso, siguieron adelante con sus vidas con enorme resiliencia.
Por Jorge Barros