05/01/2026
Hay momentos en la historia en los que el alma se estremece.
Momentos en los que, aun teniendo una opinión, aun creyendo comprender las causas, el miedo aparece.
No un miedo infantil, sino ese miedo silencioso y profundo que nace al darnos cuenta de que la guerra ya no es una noticia lejana, que ya no ocurre solo en libros o películas, que está demasiado cerca de nuestra casa, de nuestra Latinoamérica, de nuestra gente.
Nunca antes habíamos tenido conflictos de esta magnitud tan próximos, tan reales, tan palpables.
Y aunque desde una mirada energética y consciente uno pueda pensar que el mundo necesita un remezón, un sacudón que despierte conciencias dormidas, el cuerpo tiembla, el corazón se inquieta, y el espíritu busca refugio.
En estos días me invade el nerviosismo.
No por ideologías, no por banderas, sino por lo humano.
Por las familias.
Por los hijos.
Por los amigos.
Por todos aquellos que, sin elegirlo, quedan atrapados en decisiones que no les pertenecen.
Hoy, más que nunca, solo la espiritualidad persiste.
Hoy es momento de volver a lo esencial, de cerrar los ojos y pedir —con humildad y fe— que Dios envíe un ejército de ángeles para proteger a cada familia, a cada hogar, a cada ser amado, sin importar el país ni la frontera.
Es tiempo de meditar.
De comprender que aquello que antes observábamos como espectadores, hoy nos incluye como protagonistas.
Que tengamos razón o no, nuestra opinión es solo eso: una opinión, porque los hechos ya están ocurriendo y la historia ya está en movimiento.
Desde una mirada holística y metafísica, este momento nos recuerda la fragilidad de la materia y la urgencia del despertar espiritual.
Nos invita a elegir el amor por sobre el miedo, la conciencia por sobre el juicio, la oración por sobre la rabia.
Que este tiempo difícil no nos endurezca el corazón.
Que nos vuelva más humanos.
Más compasivos.
Más unidos.
Y que, aun en medio del caos, recordemos que la luz siempre encuentra la forma de abrirse paso, incluso en la noche más oscura.
Entre sombras y tintas,
MAOM