23/03/2026
LOS CRIMINALES ANTE LA HISTORIA.
Que el epicentro del paramilitarismo fue Antioquia es un hecho suficientemente documentado, de tal manera que negarlo constituye una necedad. Es como si se negara que el nazismo tuvo su génesis en Alemania. La equivocación histórica de haber permitido y apoyado el ascenso del nazismo fue aceptada por Alemania. Para superarla creo un dispositivo cultural y legal que permitiera evitar toda forma de vindicación del suceso, causa de su total ruina económica y moral. La sociedad antioqueña podía imitar el ejemplo y su clase política mal hace en buscar evadir su compromiso con los ejércitos que crecieron por fuera de la ley y se convirtieron en terror.
Que el territorio antioqueño haya dado luz a esas hordas del crimen no fue cuestión de simple voluntad de sus hacendados. De por medio estaba el afianzamiento de una clase que emergía a partir de la acumulación de capitales derivados de la droga, una mercancía que era demandada en el mundo que a la par que se globalizaba necesitaba que al cerebro se le imprimiera la dinámica para moverse en un ritmo diferente, en un tiempo acelerado propio del capitalismo avanzado, tiempo que genera ansiedad y estrés. En razón de ser un eje de industrialización y por ende de movimientos de capital, Medellín se erigió como una olla gigantesca. Esos capitales, esa clase emergente vio la necesidad del fenómeno paramilitar.
A la par servían dichos ejércitos para consolidar una contrarreforma agraria que adecuara el campo a las demandas de los monocultivos, de una agricultura al servicio de los dictámenes de los centros de poder global. Y tenían la misión de romper los movimientos sociales que venían fortaleciéndose ante la pobreza y la crisis que el neoliberalismo venía produciendo. A su vez, ante la incapacidad del Estado se acudió a ellos para frenar el avance de las guerrillas.
El apoyo al fenómeno paramilitar no fue entonces un capricho de Uribe. Él fue quien asumió el proyecto que concibió en la sombra la élite oligárquica. Hi**er, sin el apoyo de los grandes industriales, entre ellos los magnates del acero, no podía llegar en el 33 a donde llegó. Supieron del holocausto y lo ignoraron deliberadamente. El Papa, el mismo Papa Pío XII simpatizó con el nazismo.
Aquí también algunos sectores de la iglesia vieron con buenos ojos la labor de Uribe, su hermano y sus aliados. Es insultante el episodio del sacerdote antioqueño que utilizaba la confesión para conocer sobre los líderes populares, sus nombres los trasmitía a estos grupos ilegales y ellos cumplían el papel del hacer el trabajo sucio, de ejecutarlos. En esa Antioquia la paradoja se articuló con la ideología. La referencia teología se convirtió en una referencia del crimen: los doce apósteles.
Las confesiones de los mismos militares ante la JEP ilustran la participación del ejército. Los comandantes de esos grupos dan detalles. Quienes siguieron con atención el juicio contra Uribe tienen suficientes elementos de juicio para discernir. Los testimonios y las evidencias lo comprometen, al igual que a la élite plural que se movió a su alrededor. No se trata de ninguna calumnia.
Claro está la responsabilidad penal debe ser singularizada. El derecho penal tiene como axioma ser un derecho de autor. Habrá que esperar hasta donde llega la investigación. Pero la responsabilidad política admite que se enjuicie a una clase en el poder y a sus aliados del sector económico, industrial, militar y religioso.
Y esas responsabilidades no pueden extenderse, por virtud de una incorrecta construcción del juicio, a un pueblo, el antioqueño. Caeríamos de esta manera en el sofisma que Aristóteles señalaba como un error de lógica: atribuir lo que es constitutivo de la parte al todo.
El pueblo antioqueño tiene múltiples facetas que merecen admiración. Antioquia no es Israel donde la inmensa mayoría juzga a los árabes como inferiores y a los palestinos semianimales. Por el contrario, allá el pensamiento filosófico, jurídico científico ha tenido arraigo. El medico Lopera dejó una gran investigación sobre el Alzhéimer, Carlos Gaviria Díaz es el gestor de la nueva juridicidad en Colombia, numerosos y talentosos son sus escritores, sus poetas. Estos han creado un festival de poesía interminable, mañana, tarde y noche poesía, y de almuerzo, todos los días bandeja paisa. (Durante un año no se quiere saber de poesía ni de este suculento plato). Son un ejemplo del fervor por el arte.
Así que hay una gran hipocresía cuando se sataniza a Iván Cepeda. Si se optara serenamente por un debate de altura se concluiría que se trata un colombiano corajudo que mostró una parte de la historia regional, de Antioquia, que debe dejarse atrás. Pero no con el silencio, sino con los dispositivos culturales y legales que en otras latitudes han funcionado para tal efecto. Volvemos a Alemania. Cuando el soldado ruso iza la bandera roja en Berlín, esta gran ciudad en la que había florecido lo mejor del pensamiento contemporáneo era solo ruinas. Alemania se levantó, pero enfrentó el pasado, Heidegger quien alcanzó a formar parte del cuerpo profesoral que retomaba el mito alemán fuente ideológica del nazismo lo enfrentó, Habermas quien acaba de morir dejando una obra polémica y valiosísima recordó su paso por las juventudes hitlerianas, hizo lo mismo Gunter Grass. La China, el pacífico imperio del futuro, tuvo que aceptar que el opio fue parte de su historia e hizo estragos. El turno es de Antioquia. La herida aún está abierta.
A todas estas, lo que surge más nítido es que la falsificación de la historia y la persecución en contra de Cepeda no tienen en las tierras antioqueñas total aceptación. Si se mira los resultados electorales se verifica que son miles y miles los antioqueños que comparten sus criterios, su proyecto. No lo podrían hacer si se sintieran ofendidos en sus raíces y en su dignidad como pueblo.
Como ocurre con otros asuntos, con gran habilidad y con gran perversidad, jugando a ser inocentes, imparciales, los periodistas de los medios del poder enraizado con la droga han amplificado el escándalo. He aquí que el antioqueño pudo ser embolatado ayer pero no es bobo de nacimiento.
Al menos en su inmensa mayoría.
JAIME CARDENAS