17/04/2026
***EL CARDO***
Yo no sabía mucho de diablos ni de espantos cuando ap***s tenía cinco, tal vez siete años. Pero sí sabía que después de la lluvia la tierra quedaba mojada, y era allí, en la parte trasera de la casa, donde me escapaba sola a buscar las cagarrutas de lombrices y, cual gavilán al acecho, las atrapaba y las ponía sobre la cerca de piedra para que los pajaritos las comieran. Me parecía un trato justo: yo les cazaba comida y ellos me regalaban hermosas melodías parados en el limonero.
En aquellos días, cuando mi hermana, la mayora, se abrió la pantorrilla con una púa de limonero por querer subir al árbol, nadie pensó en hospitales, porque los hospitales quedaban tan lejos como las ciudades de los cuentos. Mi madre, quien siempre ha tenido manos capaces de convencer a la vida de quedarse, la sentó bajo el mismo árbol que minutos antes la había desafiado. Mientras los adultos murmuraban palabras desconocidas para mí, como “hemorragia” y “urgencia”, ella actuaba con la calma de quien conocía el verdadero significado de la angustia. Agarró un pañuelo que llevaba años guardando con olor a albahaca y lo apretó contra la herida como si estuviera cerrando una puerta por donde no debía escaparse nada.
Luego buscó unas hojas de ruda en el patio y, sin más desinfectante que la fe, las frotó entre sus dedos hasta despertarles el aroma y las colocó encima de la herida. Yo, mientras tanto, miraba chorrear la sangre, más del otro mundo que de este, y cuando recobré el sentido me estaban frotando alcohol en la nariz y mi hermana ya había dejado de sangrar.
El abuelo aseguraba que el diablo rondaba la casa con la misma naturalidad con la que el viento a veces cerraba las puertas. Yo caminaba entre sombras y ruidos sin distinguir diferencias. Para mí no había nada insólito. No había espantos ni presagios, solo un mundo por descubrir que se presentaba cada día ante mis ojos. Creo que los niños nacemos así, sin miedos, hasta que los grandes nos enseñan a temblar ante cosas que antes solo mirábamos con curiosidad.
La primera vez que escuché un espanto fue poco después de que el limonero decidiera autografiar la pierna de mi hermana como un recordatorio infinito de sus travesuras infantiles. Aquella noche, después de la cena, todos los peones, junto con mis padres y mi abuelo, se quedaron conversando, como de costumbre, hasta tarde. Yo me dormí en el regazo de mi madre escuchando viejas historias y chistes tontos, de los que todos se reían más por espantar el sueño que por la gracia, y ella me llevó en brazos hasta la cama. Levantó el toldillo de tul blanco y me posó sobre el colchón.
A los pocos minutos, cuando la habitación ya estaba en silencio, escuché golpes debajo de la cama. Golpes suaves, como si alguien tocara una puerta desde abajo. Me quedé quieta, sin respirar, repitiendo en mi mente el rezo de mi abuela: “Que Dios los saque de p***s y los lleve a descansar.” No sé si funcionó, pero los golpes se fueron apagando, como si algo se hubiera retirado despacio hacia la oscuridad.
Con los años supe que muchos de estos acontecimientos que para mí eran normales o simple casualidad, para los adultos se llamaban espantos.
Cada noche aparecía una luz rojiza que cruzaba del patio a la cocina; en ocasiones se desvanecía debajo de la alberca para aguas lluvias y otras se camuflaba entre las llamas de la hornilla.
Los peones Valerio y Avilio, primos de mi padre; Pedro “Pluma en el Aire” y Alfonso “el Gangoso”, la seguían muy de cerca con agua bendita y machete en mano, convencidos de que donde se escondiera, ahí toparían la guaca.
Así fue como un fin de semana, a escondidas del patrón, casi tumbaron la casa. Escarbaron, quemaron sahumerios y regaron sal gruesa para espantar al diablo, pero nunca encontraron nada.
La bulla seguía: de noche llovía arena sobre el tejado, una clueca alborotada con sus pollitos rondaba la casa y una mula resoplaba inquieta en el corredor. A este punto ya empezaba a probar los sinsabores del miedo, que sigiloso se me metía en los calzones para no dejarme ir a mear más lejos del corredor.
Los meses seguían pasando hasta que todo se volvió costumbre, y los peones, uno a uno, con las manos vacías, se fueron marchando de la casa. Con el tiempo, El Cardo se decayó, y el supuesto diablo, entre los paredones de barro y sus propios ruidos, quedó enterrado.
A lo lejos, entre los potreros y los corrales de piedra, sus cimientos se iban desvaneciendo poco a poco, como un cuento que ya nadie leía, aunque el viento, al pasar, parecía hojear sus recuerdos como si fueran páginas sueltas de una historia que se negaba a morir.
Meses después, por orden de Joaquín Polanía, dueño de la finca El Cardo, llegaron unos guaqueros con aparatos raros. Cavaron junto al botalón donde el detector pitó, pero solo hallaron una vieja herradura; debajo de la alberca no encontraron nada, y lo mismo ocurrió cuando tumbaron la hornilla. Así que, como llegaron… también un día se fueron.
Una tarde de arreboles tricolores, de los que en el Huila suelen pintar el cielo, el INCORA repartió las tierras a unos pocos parceleros.
Cada quien escogió su lote, echándole ojo al mejor, y como Alcides no llegó a tiempo, le dejaron el que quisieron: un potrero pelado y abrojoso, donde aún estaba la vieja letrina que todos evitaban por el mal olor.
En aquel verano abrazador, la tierra se partía bajo las pisadas como galletas tostadas, mientras el agua de la acequia se había evaporado como si el viento sediento se la tragara.
Manochire, como le decían. Apodo que se había ganado como capataz de peones en los potreros, tenía una fuerza brutal en sus manos; con ellas había vencido una vez al diablo en una mata de guadua, cuando quiso arrebatarle a su b***o Totorote en medio de una borrachera.
Pero en aquel momento, cuando levantó la mirada hacia el pedazo de mundo que le había tocado, ya tenía sus ojos de cielo cargados de muchos años, pero no se quejó. Aún le quedaban ganas y los sueños intactos. Así que desenfundó el machete y empezó a limpiar los abrojos con el mismo entusiasmo con el que contaba historias, de esas que tanto le gustaban: las de arrieros y de espantos, mientras en los amplios corredores de esa vieja casa había hecho dormir a los nietos meciéndolos en la hamaca.
Cuando llegó a la letrina, el olor era insoportable. Aun así, se tapó la nariz con el pañuelo sudoroso y se acomodó unas hojas de albahaca bajo el sombrero, intentando suavizar aquel ambiente tan verraco que salía del baño de hoyo.
Y mientras hacía un gran esfuerzo para levantar el concreto, entre el excremento reseco y el fondo agrietado vio que algo brillaba, y no era ilusión ni reflejo. Sus ojos se desorbitaron: no podía creer que lo que tanto había buscado… hoy, sin pensarlo, lo hallara; y en el lugar más inesperado.
Autor: © Madeleynen Cortes✍🏼
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Huila Palermo Asojuncal Juncal - Palermo Juncal Junta De Acción Comunal
La Finca El Cardo, estaba ubicada entre Palermo y Neiva en la zona del Juncal. Con grandes extensiones de tierra dedicadas mayormente a la ganadería.