09/05/2026
A veces la vida termina antes de que una persona tenga la oportunidad de cambiar el rumbo que tomó.
La historia de Naín Pérez Toncel es también una historia sobre las decisiones. Sobre cómo el poder, el dinero fácil, las armas y la vida al margen de la ley pueden hacer que un hombre llegue muy lejos… pero también pueden llevarlo a un lugar del que difícilmente se regresa. Las autoridades lo señalaban como uno de los principales cabecillas de una estructura criminal y lo relacionaban con diferentes actividades delictivas. Su final, ocurrido hoy en Riohacha, demuestra una vez más que en el mundo de la delincuencia casi nunca existe un final feliz.
Pero hay otra parte de esta historia que inevitablemente hace pensar: Rosa Angélica Tarazona.
Ella no fue simplemente una mujer que apareció al lado de Naín en sus últimos momentos. Fue su compañera. Compartió con él momentos buenos, lujos, viajes, celebraciones, sueños y también el peso de vivir escondidos y perseguidos. Incluso llegaron a hablar de matrimonio y mostraron públicamente su relación.
Y aquí aparece una de esas contradicciones dolorosas de la vida: el amor puede ser sincero incluso cuando la persona que amamos ha elegido un camino equivocado.
Amar a alguien no significa aprobar todo lo que hace. Tampoco convierte el mal en bien. Pero sí demuestra que detrás de una historia que vemos en las noticias existen seres humanos capaces de querer, de sentir miedo, de tener sueños y de aferrarse a alguien.
Rosa permaneció junto a Naín hasta el último día. Y eso, más que una historia de amor perfecta, puede verse como una historia de lealtad llevada hasta sus últimas consecuencias. Una lealtad que también invita a preguntarnos si amar a alguien significa acompañarlo siempre o, por el contrario, tener el valor de decirle: “Te amo, pero este camino te está destruyendo.”
Porque quizá la tragedia más grande no fue solamente cómo terminó aquella noche.
Quizá fue que dos personas jóvenes llegaron al final de sus vidas cuando todavía tenían toda una vida por delante.
La delincuencia suele vender una ilusión: dinero, respeto, poder, carros, armas, mujeres, fiestas y una sensación de invencibilidad. Pero detrás de esa fachada existe otra realidad: miedo, persecución, enemigos, desconfianza, familias que sufren y una muerte que muchas veces llega demasiado pronto.
Y cuando llega, todo aquello que parecía tan grande pierde su valor.
Los vehículos quedan atrás.
El dinero queda atrás.
Las armas quedan atrás.
La fama queda atrás.
El poder queda atrás.
Al final solamente queda la vida que se vivió y la memoria que dejaron.
Quizá por eso esta historia debería servirnos más para reflexionar que para juzgar.
Que ningún joven confunda admiración con respeto, ni miedo con poder, ni dinero con éxito. Que entienda que la verdadera valentía no está en vivir desafiando a la muerte, sino en tener el valor de cambiar cuando todavía se está a tiempo.
Y respecto a Rosa y Naín, queda una imagen difícil de olvidar: dos personas que, con todos los errores y decisiones que marcaron sus vidas, eligieron estar juntas hasta el final.
Tal vez ese sea el lado más triste de esta historia.
Porque hay amores que sobreviven a las dificultades, pero también hay amores que terminan pagando el precio de las decisiones equivocadas.
El amor puede acompañarnos hasta el último día… pero no siempre puede salvarnos del camino que nosotros mismos escogemos.
Y quizá la lección más profunda sea esa:
No esperemos a perderlo todo para entender que la vida vale mucho más que cualquier cosa que podamos conseguir en el camino equivocado