21/10/2025
El entrenador
Hola, soy Elena. Engañé a mi marido con el instructor del gimnasio. Tengo 30 años y soy una mujer con una contextura gordita. Tengo un hijo de 8 años y estoy casada, pero mi matrimonio no es precisamente un cuento de hadas. Mi marido me trata mal, me humilla constantemente y me dice que estoy gorda, que no me quiere. Me maltrataba psicológicamente, diciéndome que no servía para nada, que era una inútil y que nunca podría ser atractiva para nadie más.
RTE Recuerdo una vez que llegué a casa después de un día agotador en el trabajo y en lugar de recibir un abrazo o una palabra de apoyo, me encontré con su mirada de desprecio. "Mira cómo estás, Elena. No sirves para nada. Eres una inútil y una gorda. TAN ¿Cómo esperas que alguien te quiera así?" Sus palabras me dolían profundamente, pero intentaba no mostrarlo. Me sentía destrozada, pero decidí que era hora de hacer algo por mí misma, así que me inscribí en el gimnasio.
Al principio, pensaba que mi marido tenía una amante, y que por eso me trataba tan mal. Sus palabras me dolían profundamente, pero intentaba no mostrarlo. Me fui al gimnasio con la esperanza de recuperar mi figura delgada y, quizás, recuperar también a mi marido. Empecé a ir todos los días, haciendo ejercicio hasta quedar exhausta. Pero tanta humillación hizo que dejara de sentir el amor que alguna vez tuve por él. Cada insulto, cada mirada de desprecio, me iba quitando poco a poco el cariño que le tenía.
Pasaron tres meses y el instructor del gimnasio, un chico de 26 años, muy guapo y musculoso, comenzó a aconsejarme sobre ejercicios y dieta. Se llamaba Carlos y siempre tenía una sonrisa para mí. No me importaba la diferencia de edad; me enamoré de él. Carlos era atento y paciente, siempre dispuesto a ayudarme y a motivarme. Me sentía bien a su lado, y poco a poco, empecé a verlo no solo como mi instructor, sino como alguien especial en mi vida. Me enamoré de su sonrisa, de su manera de tratarme con respeto y cariño, algo que hacía mucho tiempo no sentía.