08/04/2026
El turno de la madrugada
Inspirada en un caso en Armenia Colombia.
Esa noche a Wilson le tocó solo el recorrido del edificio administrativo. A las 2:13 de la madrugada, las cámaras marcaban pasillos vacíos, oficinas cerradas y un silencio de esos que hacen que hasta los propios pasos suenen ajenos.
Él llevaba años trabajando ahí, así que ya conocía el eco de cada piso, el zumbido de cada lámpara y hasta el punto exacto donde el ascensor temblaba antes de abrir.
Por eso se dio cuenta de inmediato de que esa noche algo no estaba bien. En el tercer piso escuchó una voz. No un ruido. No un golpe. Una voz. Bajita. Como si alguien estuviera hablando detrás de una puerta.
Wilson se acercó con la linterna en alto. —¿Hay alguien ahí? Nada. Miró el monitor portátil que llevaba conectado al sistema interno. El pasillo aparecía vacío. Aun así, volvió a escucharla. Esta vez más cerca. —Señor… ayúdeme.
Wilson giró la cabeza y no vio a nadie. Pero la voz seguía ahí, casi al lado de su oído. Caminó hasta el fondo del corredor, justo donde colgaba un pendón institucional que siempre se movía un poco por el aire del ducto. Esa noche estaba completamente quieto. Entonces la voz cambió. —Usted no me vio caer. Wilson sintió que se le helaban las manos.
En el vidrio de una oficina alcanzó a ver un reflejo detrás de él: la silueta de un hombre muy delgado, con ropa oscura, parado a menos de un metro. Se dio la vuelta de inmediato. No había nadie. Respiró hondo. Dio dos pasos hacia atrás.
Y en ese momento algo lo empujó. No fue una sensación rara, ni un mareo, ni un resbalón. Fue un golpe seco, directo al pecho. Wilson salió disparado contra el pendón, lo arrancó de su base y cayó al suelo viendo cómo la linterna giraba por el piso hasta apagarse. Cuando logró incorporarse, el pasillo volvió a estar en silencio. Las cámaras, al revisarlas después, mostraban exactamente eso: a Wilson caminando solo… deteniéndose… hablando con el aire… y luego siendo lanzado violentamente al piso por algo que no se veía. Lo más extraño no fue el video. Lo peor vino al amanecer, cuando uno de los funcionarios antiguos vio la grabación y se quedó mudo. Dijo que ese mismo punto del pasillo era donde, años atrás, un contratista se había desplomado por un infarto mientras pedía ayuda. Nadie alcanzó a llegar a tiempo. Y desde entonces, en los turnos de madrugada, a veces una voz vuelve a decir lo mismo: —Señor… ayúdeme.