14/01/2026
Carta a la ignorancia moral
La ausencia siempre está cerca. Camina a nuestro lado en silencio, recordándonos lo frágil que es todo. Y aun así, las grandes pérdidas no siempre nos enseñan la verdadera importancia de la vida. No nos enseñan a tiempo lo valioso que es perdonar, lo urgente que es amar, ni lo absurdo que resulta aferrarnos a un orgullo que, al final, no nos lleva a nada.
Vivimos en una constante doble moral: pensamos una cosa y actuamos de otra. Sabemos lo que está bien, pero hacemos lo contrario. Nos conmueven las tragedias, nos atrapa el morbo, el amarillismo, la historia ajena contada desde el dolor. Entonces recordamos por un instante que la vida es corta, que hay que abrazar más, decir lo que sentimos, cuidar a quienes amamos.
Pero ese instante pasa.
Y volvemos a nuestra realidad, donde postergamos lo esencial. Elegimos la indiferencia, la comodidad, la hipocresía con nosotros mismos. Dejamos que la vida se llene de rencores ridículos, de silencios innecesarios, de heridas abiertas por no hacer hoy lo que sabemos que deberíamos hacer: perdonar, amar más, ser valientes.
Nos decimos “mañana”.
Mañana hablo.
Mañana perdono.
Mañana intento ese sueño.
Sin darnos cuenta de que mañana puede ser tarde. Y que lo que no hicimos en vida se convierte en un lamento eterno cuando ya no hay tiempo. Porque en la muerte no se repara, no se pide perdón, no se ama. Solo queda el peso de lo que pudo ser y no fue.
Esta carta no es un reproche al mundo, es un espejo. Una invitación incómoda a dejar la ignorancia moral, a alinear lo que pensamos con lo que hacemos. A vivir con intención antes de que la ausencia deje de ser cercana… y se vuelva definitiva.