07/06/2026
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En los confines australes de América, un pueblo fue empujado casi hasta el silencio, pero no desapareció.
Los Selk’nam, también llamados Ona, habitaron durante miles de años la Isla Grande de Tierra del Fuego. Para ellos, aquella tierra era Karukinka, un territorio de viento, nieve, bosques, guanacos y memoria. Allí vivían como cazadores recolectores, organizados en familias y territorios de caza, con una cosmovisión profundamente ligada a la naturaleza, los espíritus y la palabra de sus mayores.
Su mundo tenía ritos, cantos, relatos y ceremonias.
Entre ellas estaba el Hain, una ceremonia de iniciación cargada de símbolos, máscaras, pintura corporal y enseñanzas comunitarias. No era un simple espectáculo visual. Era una forma de transmitir el orden del mundo, los mitos, las responsabilidades y la memoria sagrada de una comunidad.
En 1923, el antropólogo Martin Gusinde fotografió a hombres, mujeres y niños selk’nam en Tierra del Fuego. Sus imágenes se volvieron famosas porque parecen traer desde otro tiempo a un pueblo que la historia oficial durante décadas trató como si ya no existiera.
Pero esas fotografías no son solo documentos etnográficos.
Son testigos de una tragedia.
Durante el siglo XIX, la llegada de colonos, estancieros, buscadores de oro y empresas ganaderas transformó la vida selk’nam en una persecución. El avance de las ovejas ocupó sus territorios de caza. El guanaco, fundamental para su supervivencia, fue desplazado. Las enfermedades, la violencia, las misiones forzadas, el despojo y las recompensas pagadas por matar indígenas llevaron a una caída brutal de su población.
La colonización no solo les quitó tierras.
Intentó quitarles el derecho a existir.
Los Selk’nam fueron presentados como obstáculo para el progreso, cuando en realidad estaban defendiendo el territorio que había sostenido a sus familias durante generaciones. Se les persiguió por cazar animales introducidos en tierras que antes habían sido suyas. Se les encerró, se les separó, se les obligó a vivir bajo reglas ajenas y se les empujó a una supervivencia cada vez más estrecha.
Por eso las imágenes de Gusinde duelen.
Muestran rostros, cuerpos pintados, niños, mujeres y ceremonias en un momento en que una cultura entera estaba siendo acorralada. Durante mucho tiempo, esas fotografías fueron vistas como las últimas huellas de un pueblo extinguido. Pero esa idea también formó parte del daño.
Los Selk’nam no eran una pieza mu**ta de museo.
Sus descendientes siguieron existiendo.
Durante décadas, muchas familias ocultaron su origen por miedo, vergüenza impuesta o necesidad de sobrevivir. La identidad fue silenciada dentro de casas, apellidos y recuerdos fragmentados. Pero el silencio no significaba ausencia. Significaba protección.
En Chile y Argentina, comunidades selk’nam han luchado por recuperar su historia, su nombre y su lugar. En Argentina, la comunidad Rafaela Ishton fue reconocida en la década de 1990. En Chile, el reconocimiento oficial llegó recién en 2023, después de un largo proceso encabezado por descendientes que se negaron a aceptar que el Estado los siguiera tratando como un pueblo desaparecido.
Ese reconocimiento no borra el daño.
Pero cambia una frase terrible.
Ya no se puede decir que los Selk’nam pertenecen solo al pasado.
Pertenecen también al presente.
La historia de Karukinka no es únicamente la historia de una cultura arrasada por la codicia ganadera y la violencia colonial. También es la historia de una memoria que sobrevivió escondida, esperando el momento de volver a nombrarse sin miedo.
Las fotografías de Gusinde siguen ahí, silenciosas, poderosas, inquietantes.
Pero ahora deben mirarse de otra forma.
No como el cierre de una cultura mu**ta, sino como una puerta hacia un pueblo que fue herido casi hasta el límite y aun así conservó descendencia, memoria y voz.
Los quisieron borrar de la tierra del fuego.
No lo lograron.
Bajo el cielo de Karukinka, el nombre Selk’nam sigue vivo.