30/06/2025
Título: “Margot y el canto de la tierra”
Había una vez una niña llamada Margot, que vivía en un pueblo lleno de cerros, viento y flores silvestres. Desde pequeña, Margot escuchaba con atención los sonidos que venían del campo: el silbido del viento en las hojas, el zapateo en las fiestas y el canto suave de las abuelas mientras tejían.
—¡Todo canta, mamá! —decía Margot—. ¡La tierra canta!
Su mamá sonreía y asentía:
—Sí, hija, y tú tienes buen oído. Escucha y aprende.
Margot creció curiosa. A donde iba, llevaba una libreta. Anotaba palabras, canciones, dichos antiguos y pasos de baile que aprendía en los campos, en las ferias y en los patios de las casas humildes.
Un día, decidió que su misión sería guardar los cantos de Chile, para que nunca se olvidaran. Así, Margot caminó por norte, centro y sur, con su grabadora colgando del hombro y su corazón abierto.
Conoció a campesinas que cantaban a la luna, a pescadores que entonaban coplas al mar, a niños que bailaban cueca con pañuelos al viento y a ancianos que sabían décimas tan largas como un río.
—Cada canción es un tesoro —decía Margot—. No importa si es sencilla o antigua. Es parte de lo que somos.
Cuando volvía a la ciudad, Margot enseñaba lo que aprendía. En teatros, escuelas, radios y universidades, compartía su voz firme y alegre. También tocaba la guitarra, el arpa, y bailaba con tanta fuerza que parecía que sus pies hacían florecer la tierra.
Los años pasaron, pero Margot no se detuvo. Fue maestra de muchas y muchos. Enseñó que el folclore no es solo música vieja, sino vida, memoria y amor por el pueblo.
Y un día, cuando ya era una ancianita con ojos brillantes y pañuelo al cuello, le dijeron:
—Margot, tú eres un tesoro.
Ella rió y respondió:
—El verdadero tesoro está en la gente. Yo solo ayudé a escucharlos.
Desde entonces, cuando un niño canta una tonada, una niña baila una cueca o alguien toca una guitarra con cariño, el espíritu de Margot Loyola canta con ellos, como un eco alegre que viene del corazón de la tierra.