06/05/2026
"El Colibrí y su Compañero de Nieve."
"En un jardín cálido, donde el tiempo transcurría entre flores brillantes, vivía un pequeño Colibrí de alas inquietas. Su mundo era ligero, pero en el fondo anhelaba un hogar, un latido constante.
Un buen día, entre la hierba alta, se topó con un Viejo Pastor Inglés de caminar pausado, pelaje espeso y ojos llenos de una sabiduría mansa. Se adoptaron en silencio.
No eran solo dos amigos; se hicieron manada, familia y refugio incondicional.
Un día, el viento del destino sopló con fuerza y los obligó a emprender un largo caminar hacia tierras lejanas, extrañas y grises, donde el invierno no perdonaba. El frío de aquellos nuevos rumbos intentó congelar las alas del Colibrí, pero el Viejo Pastor Inglés caminaba firme a su lado, abriendo paso entre la nieve profunda y cubriéndolo con su cuerpo para que la soledad y el viento helado no lo tocaran.
En ese exilio, fueron compañeros inseparables. Cuando el Colibrí se sentía cansado de volar en la tormenta, bajaba a descansar en el lomo de su viejo amigo; cuando el cansancio pesaba en las patas del giganlte, el Colibrí revoloteaba frente a él para recordarle que no estaba solo. Pero el tiempo pasó, y el cuerpo del noble pastor comenzó a cansarse. Sus pasos se volvieron lentos y sus ojos viejitos reflejaban que sus fuerzas se estaban agotando.
El Colibrí, mirándolo con todo el amor que habían construido en la distancia, entendió con un dolor inmenso en el pecho que su gran amigo tenía que partir. Supo que la mayor muestra de amor era dejarlo descansar.
Con las alas pesadas, el Colibrí se posó muy cerquita de su oído para despedirse de él.
Le agradeció por haber sido su patria en la nieve, por haberlo protegido en tierras extrañas y por haberle entregado su vida entera. Con un tierno aleteo, el Colibrí le dio el último adiós a su compañero inseparable, sabiendo que aunque él tuviera que partir, sus almas se quedarían unidas para siempre en un abrazo que ni el invierno más frío podría borrar.
Colibrí