30/06/2026
CAPÍTULO 5 episodio 1
EL RETORNO AL NODO MÉDICO
I. El Segador del Fango: La Llegada de Uriel
El viaje de regreso al Hospital San Lucas no lo hicieron solos. Antes de que el auto de Coimbra cruzara el perímetro de la niebla violeta, el cielo sobre la avenida principal se partió con un relámpago rojizo, denso como la sangre deshidratada. No hubo trueno, sino un zumbido térmico que derritió el asfalto.
Desde el centro del cráter incandescente emergió Uriel, el Segador del Fango.
Uriel era la antítesis de la elegancia aristocrática de Raziel. Era un guerrero rústico de la primera línea de defensa del Trono, con una estatura que superaba los dos metros. Su armadura estaba hecha de hierro forjado negro, pesada, cubierta de runas de fuego que parpadeaban con el color de las cenizas volcánicas. Su rostro era cuadrado, de mirada implacable y mandíbula apretada, marcado por el hollín de los mundos que había visto arder. Sus dos alas eran masivas, densas, hechas de brasas vivas que desprendían un humo espeso que ocluía la lluvia ácida a su alrededor. En su mano derecha arrastraba la Guadaña de la Expiación, un arma térmica cuyo filo vibraba a temperaturas capaces de ev***rar el acero y que él usaba para segar la materia podrida del Abismo.
—El Bastión cayó acá, Archimandrita —dijo Uriel, su voz sonando como el crujido de placas tectónicas al acercarse al auto—. Sentí el olor de la Ceniza. Vine a limpiar el pasillo.
—Kadmiel está adentro, Uriel —advirtió Dante, bajando del vehículo y ajustándose el abrigo—. No es un subteniente. Es el Verdugo. Su Gracia cinética puede quebrar tus alas de un solo golpe.
—Que lo intente —rugió el Querubín, encendiendo el filo de su guadaña—. El fango de la Tierra tiene hambre de sangre corrupta.
II. Ana y el Relato del Matadero
Infiltrarse por la zona de carga del hospital fue un ejercicio de contención de náuseas. Las paredes blancas de urgencias estaban cubiertas de runas dibujadas con fluido espinal humano. Al pasar el sector de pediatría, escondida debajo de un mostrador de recepción destruido y rodeada de cajas de medicamentos volcadas, encontraron a Ana.
Tenía 23 años. Su ambo de enfermera celeste estaba desgarrado y empapado en sangre que no era suya. Sus ojos castaños estaban desorbitados por el pánico, y sus manos presionaban con fuerza un bisturí quirúrgico oxidado, el único escudo que le quedaba contra el apocalipsis. Al ver las botas de Coimbra, la chica ahogó un grito, apuntando con el metal tembloroso.
—¡Atrás! ¡No me toquen! —sollozó, con la voz rota por el desespero.
—Tranquila, flaca, soy policía. Detective Coimbra —dijo el hombre, bajando el fusil y mostrando su mano útil—. Ella es Elena. Estamos con ellos. Estás a salvo.
Elena se agachó y la abrazó, conteniendo el temblor de la joven. El calor humano hizo que Ana se derrumbara, soltando el bisturí en el suelo inundado de desinfectante y fluidos
Qué pasó acá arriba, Ana? Hablá conmigo —pidió Coimbra, mirando de reojo hacia las escaleras oscuras de donde bajaba un siseo constante.
—Fue... fue una cacería —dijo Ana, tiritando mientras se limpiaba las lágrimas con el puño del ambo—. Empezó en el tercer piso. Los pacientes que trajeron de la fundición... sus ojos se volvieron negros. No murieron, Coimbra. Sus cuerpos seguían latiendo, pero sus voces... hablaban en un idioma que te hacía sangrar los oídos. Usaron los cables de los respiradores artificiales para colgar a los médicos de los techos. Los abrían en canal mientras seguían vivos para... para alimentar a esa cosa alada que está en el pabellón central.
Dante se acercó, su sola presencia iluminando tenuemente el rostro horrorizado de la enfermera. —¿Kadmiel?
—Un monstruo gigante con alas de oro sucio —susurró Ana, mirando a Dante con una mezcla de reverencia y espanto—. Tiene una espada que hace vibrar el aire. Trajeron a los heridos de la comisaría, a tus compañeros, Coimbra... los metieron en las calderas de esterilización vivos. El hospital ya no cura... es una máquina que tritura almas. Yo me escondí acá cuando empezaron a comerse a las enfermeras de maternidad... Dios nos abandonó.
—Dios no —dijo Uriel, dando un paso al frente y haciendo que el humo de sus alas llenara el pasillo—. Nosotros no lo hicimos. Quedate detrás del policía, niña. El Verdugo va a pagar cada gota.
III. El Precio de la Carne
El grupo avanzó hacia el hall central del hospital, con Coimbra y Elena custodiando a Ana en el medio, mientras Dante y Uriel abrían la vanguardia. El aire se volvió tan denso debido a la estática cinética de Kadmiel que las pantallas de los monitores médicos rotos parpadeaban con imágenes distorsionadas de rostros humanos gritando.
De golpe, el techo de vidrio del hall central estalló.
No fue un ataque directo a Dante. Una ráfaga de viento cinético, una onda de presión invisible y quirúrgica lanzada desde el piso superior, impactó directamente en el centro del grupo humano. La fuerza del golpe arrojó a Coimbra contra una columna de hormigón, fracturándole tres costillas con un crujido nítido, y mandó a Elena al suelo, aturdida.
Pero el objetivo de la crueldad de Kadmiel era Ana.
Una lanza de luz grisácea, pesada y afilada como un riel de tren, atravesó el pecho de la joven enfermera antes de que pudiera parpadear. El impacto la levantó del suelo, clavándola brutalmente contra la pared trasera del pasillo de enfermería.
—¡¡Ana!! —gritó Elena, arrastrándose hacia ella en medio de la lluvia de vidrios.
La chica de 23 años miró su propio pecho, por donde la Gracia oscura de la lanza ev***raba su sangre en un humo negro. Sus ojos castaños buscaron los de Elena por última vez, fijos en una súplica muda, antes de que la luz de su vida se apagara por completo. Su cabeza cayó hacia un costado, convirtiéndose en otra cifra de la carnicería de San Lucas.
Desde la baranda del segundo piso, rodeado por una marea de treinta Inmundos armados con instrumental quirúrgico y sierras de autopsia, apareció él.
Kadmiel, el Verdugo del Alba.
Sus alas eran de un oro sucio, corroído por el azufre, y su armadura militar romana brillaba con una energía cinética que hacía que las gotas de lluvia que caían por el techo roto rebotaran hacia arriba. En su mano derecha sostenía un espadón de ejecución que vibraba con un sonido ensordecedor, la frecuencia de la muerte militar.
—Bienvenidos al matadero, traidores —rugió Kadmiel, su mirada fija en Dante y Uriel mientras los infectados empezaban a descender por las escaleras como una plaga—. Raziel era un blando que se perdió en sus ecuaciones. Yo no voy a cometer ese error. Voy a usar la carne de estos dos humanos para abonar el suelo de mi puerto.
Uriel dio un paso al frente, levantando su guadaña térmica, sus alas de brasa encendiéndose en un rojo vivo que desafió el oro corrupto del Verdugo. El combate en el nodo médico estaba listo para estallar con una brutalidad sin precedentes.