15/05/2026
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Para seguir con la argumentación de ayer, cuyo fin es comprender bien de qué se trata todo esto y qué significa realmente el traspaso del poder global de Washington a Beijing, va a ser útil descartar por el momento la hipótesis del contubernio globalista y asumir que sí, que China superó y desplazó legitimamente a los Estados Unidos sin mediar en ello una manipulación de las élites.
De ser esto efectivamente así —puede no serlo, como se sabe— este extraordinario viaje de Trump a China es un evento que en la historia va a quedar como el gran punto de inflexión de la posmodernidad. Si no es una maniobra de los dueños del mundo desplazándose a Oriente para reinar absolutos desde allí, el viaje de Trump es la capitulación formal de un imperio no vista desde que los británicos aceptaron la tutela de los yanquis después de la II Guerra Mundial.
Al aceptar que el lugar de interlocutor de los soviéticos en Yalta y en Potsdam fuera ocupado por Roosevelt y luego por Truman, Londres formalizó ante el mundo su descenso desde el lugar de potencia hegemónica a nivel global. Fue un acto discreto de capitulación, pero lo fue al fin: Churchill y Attlee fueron a Yalta y a Potsdam a validar la conducción de los Estados Unidos para lo sucesivo, fueron a ocupar el asiento del acompañante.
Aquí Trump no se reúne con el ganador en un territorio neutral ni capitula discretamente. Trump va a China haciendo gran alharaca, fantasmea con todo y sin ninguna vergüenza. Trump hace de todo para que hasta el más estúpido de los mortales quede convencido de que ahora mandan los chinos. Y la pregunta sigue siendo por qué ese empeño en ostentar lo que a todas luces es una derrota.
Es que tal vez no sea la derrota en sí, sino el reconocimiento ineludible de la derrota que les permitirá a los Estados Unidos reconstruirse desde un lugar de poder distinto al de hegemonía unipolar. Tal vez Trump aquí no le esté hablando al mundo, sino más bien específicamente al pueblo yanqui para que este entienda que conviene aceptar la realidad.
Esto es, en fin, comunicación política con fines de construcción de relato, de una narrativa que legitime entre la opinión pública un nuevo orden mundial que ya está todo a la vista y que algunos, no obstante, se niegan a ver. Trump a estos los quiere hacer ver y probablemente por eso se esmera tanto en dar a los gritos esta imagen de genuflexión a los pies de Xi Jinping.
Sea como fuere, todo esto no deja de constituir un hecho extraordinario.