23/04/2026
EL HOMBRE QUE CONVIVÍA CON LOS MU***OS: EL CASO DE ANATOLY MOSKVIN
Durante años, nadie sospechó de él. Era un hombre culto, reservado, un académico respetado… pero detrás de esa fachada se escondía una de las historias más perturbadoras jamás registradas.
Nacido en 1966 en la ciudad rusa de Nizhni Nóvgorod, Moskvin fue desde niño un prodigio intelectual. Dominaba hasta 13 idiomas y se especializó en historia, lingüística y folklore. Sin embargo, su fascinación por la muerte comenzó temprano. A los 12 años, fue obligado a besar el cadáver de una niña durante un funeral. Ese momento, según él mismo confesó, cambió su relación con la muerte para siempre.
A partir de entonces, los cementerios dejaron de ser lugares de temor… y se convirtieron en su obsesión.
Durante su vida adulta, Moskvin recorrió cientos de cementerios, incluso llegó a estudiar más de 700 en distintas regiones. Dormía entre tumbas, investigaba rituales funerarios antiguos y escribía artículos sobre la muerte. Para muchos, era un experto. Para otros, un excéntrico. Nadie imaginaba lo que realmente hacía cuando caía la noche.
Entre 2003 y 2011, una serie de profanaciones comenzó a inquietar a las autoridades rusas. Tumbas abiertas. Restos desaparecidos. Siempre el mismo patrón: niñas de entre 3 y 15 años.
Moskvin estudiaba obituarios, elegía a sus víctimas y visitaba sus tumbas primero de día… para regresar de noche. Con herramientas simples, desenterraba los cuerpos y los transportaba hasta su casa sin levantar sospechas.
Pero lo más aterrador venía después.
En su departamento, Moskvin desarrolló un método propio para “preservarlas”. Secaba los cuerpos con sal y bicarbonato, envolvía las extremidades con telas, rellenaba los cuerpos con trapos para darles forma y les colocaba máscaras o rostros cubiertos con cera. Finalmente, las vestía con ropa infantil, pelucas y las sentaba como si fueran muñecas.
No eran trofeos. Para él, eran “sus hijas”.
Les hablaba, les leía cuentos, celebraba sus cumpleaños e incluso miraba televisión con ellas. Creía que algún día podría devolverlas a la vida mediante ciencia o magia.
El horror salió a la luz en 2011, cuando la policía investigaba actos de vandalismo en cementerios y llegó hasta su apartamento. Lo que encontraron fue indescriptible: al menos 26 cuerpos momificados, distribuidos por toda la casa como si fueran simples juguetes.
Moskvin no huyó. No negó nada. Confesó con una calma inquietante.
El juicio nunca fue convencional. Los expertos determinaron que padecía esquizofrenia paranoide, por lo que fue declarado inimputable. En lugar de prisión, fue enviado a un hospital psiquiátrico bajo tratamiento obligatorio.
Con el paso de los años, su estado fue revisado varias veces. En 2018 incluso se evaluó su posible liberación, pero en 2019 se determinó que aún no era seguro. Hasta hoy, continúa internado.
El caso de Moskvin no solo estremeció a Rusia… dejó una pregunta que sigue sin respuesta:
¿Qué ocurre cuando la obsesión por la muerte se convierte en compañía?