01/05/2025
"Mariposas"
Lo crucé en otro lugar. No nos dijimos nada, no hacía falta. Nos conocíamos de antes.
A partir de su mirada hacia mí, caminé detrás de él.
Su habitación olía a encierro y represión. Latía de su cama, la urgencia de concretar sólo una fantasía. (La más negada).
Apenas entré, me empujó contra la puerta, me agarró del cuello, firme, como si quisiera que le diga algo sin siquiera haberme preguntado.
Y miré sus labios finos de tantas mentiras, de las veces que cambió detalles del mismo discurso y con seguridad le aclaré: Si vas a pretender algo de mí, que no sea a cualquier precio. Como un estafador.
Entonces sus manos se vencieron en mi piel.
Fue acariciándome los pómulos como no creyendo que estaba allí, exteriorizada de un sueño. Y me recordó a aquella tarde en el bar de la muñeca semidesnuda que colgaba del techo, sobre un piano de cola. – Mientras esperábamos un par de cafés, en nuestra primera cita. – Algo que no sabés ni por qué, ni cómo, llegó hasta ahí. Pero que ahí estaba, mirando el mundo, al revés.
Poco a poco me desprendió el body. Me lamió el pecho, mientras lo observaba minuciosamente, como si buscara algo que solo él sabía que estaba allí.
Eso que antes revoloteaba entre sus dedos, mientras sus ojos se enternecían. Y ahora se encontraba escondido debajo de mis costillas. Pero él no lo intuía.
Eran las mariposas muertas, de tanto esperar.
Con un trayecto tembloroso, fue surcando mis piernas.
Me pidió que le nombre cosas. Y comencé por la ausencia. La de viejos anhelos y viejas costumbres.
Lo obedecí a mi modo: Jugando a que su hambre era el mío.
El suyo de devorar, el mío de probar.
El suyo de someter,
el mío de quedarme
justo
con lo que necesitaba.
Cuando el aire ya estaba espeso y la cama hablaba un idioma de dimensiones separadas, me vestí y me fui.
Mientras él se quedaba congelado
como un viejo fantasma
que con la distancia va perdiendo su voz,
en mi recuerdo.
Y el calor de mis nervios ya no atravesaban mi espalda, encendiendo las llamas,
que solían derretir
aquel suelo de cristal,
que tanto
vértigo
nos daba.