10/08/2026
JUEGO DEL TIEMPO
“La danza suele verse como algo inalcanzable y en realidad es algo muy potente que está en todos los cuerpos.”
Gerardo Litvak
Tal vez impulsada por las casualidades, estoy terminando de escribir acerca de lo más hermoso que ví el año pasado el mismo día que reestrena en su tercera temporada en el Galpón de Guevara. Me refiero a “Juego del tiempo", la obra de Margarita Bali y Gerardo Litvak.
El 2025 no me ocurrió conmoverme así, de manera tan radical, viendo una obra de teatro “convencional”, sino con esta de danza contemporánea. Suerte que como público de esta ciudad supe que no debía dejar de verla. Público que aquella noche, como no me cuesta imaginar que hoy se repetirá, llenaba el amplio salón de la antesala del Galpón - incluso se extendía haciendo cola hasta el invernal exterior-, estaba conformado por diferentes generaciones y no se limitaba al público del mundo de la danza. Acaso un guiño de correspondencia a la identidad artística de Margarita Bali signada por la curiosidad sin fronteras y cierta alegría contagiosa que le encuentro intrínseca.
“Juego del tiempo” ¿unipersonal de danza? Puede caracterizarse también como performance que retrata la trayectoria de Margarita Bali en la danza contemporánea argentina (de la cual es precursora) y en la videodanza (de la que también es precursora) desde la visión de su ideólogo y director Gerardo Litvak (aunque ella también participe en esta última función) que la celebra con un rasgo audaz: La hace parte y no destinataria de lo que sin duda constituye también un homenaje.
En el proyecto convergen el “te he visto” histórico y el “te veo” de la dirección de Litvak sobre Margarita como instrumento: en el cuerpo de su obra, en su cuerpo de bailarina presente en escena. Del material histórico se toma algo de lo mucho hecho por Nucleodanza, del material de videodanza los períodos del agua, Galaxias, y lo arquitectónico; del cuerpo presente en escena algo menos transparente en su significado pero más definitivo ya que constituye el anclaje desde el cual se resignifica no sólo lo proyectado en las pantallas sino la danza misma en su posibilidad y sentido. Al menos es lo que me interesa indagar porque entiendo que hace al enigma del poder expresivo de “Juego del tiempo.”
Esta pieza quiebra las formas convencionales de las retrospectivas para homenajear consagrados y aunque hace de Margarita una observadora de sí y de su trabajo (literal y coreográficamente hablando), hace todavía más: la convierte en partenaire de sus múltiples pasados sin eximirla de hacer lo que hizo siempre: bailar.
“Gerardo esta loco”, pensó Bali cuando Litvak la convocó para realizar juntos este proyecto luego de haberla escuchado en una conferencia acerca de la historia de 25 años del grupo Nucleodanza que ella misma fundó en 1974, grupo pionero en la danza contemporánea argentina, de prestigio internacional y del que Litvak mismo también participó como bailarín.
Pero ¿Por qué loco? ¿Por encontrar en ese registro documental (fotográfico, gráfico, audiovisual) un rico material para un espectáculo? No. Por querer que ella baile. Que ella sea la única protagonista en escena a sus 81 años cuando ya hacia tiempo que no bailaba en público.
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Ambos llegaron a la danza “tarde” en términos convencionales y casi de modo accidental. Bali se encontraba en California con su marido (Físico prestigioso de nuestro país) terminando la carrera de Biología en Berkeley a sus 21 años e hizo el curso de danza contemporánea para cumplimentar el programa sin saber que su vida de científica iba a cambiar; Litvak complementando sus estudios de teatro .
Margarita descubrió que algo le pasaba en el cuerpo al bailar (diferente al atletismo que ya formaba parte de su vida); Litvak que la creación desde el movimiento de los cuerpos era lo que lo conmovía y le importaba en escena, no las palabras. Y así se lanzó a bailar pero sobre todo a su formación como coreógrafo y director.
Mientras el camino de Margarita esta marcado por la abundancia de producción y la diversidad de temas y materiales (se nutre de la ciencia, la arquitectura, el vídeo...), el de Gerardo, si bien es menos “prolifero” y diverso no deja de ser contundente y personalísimo. “Un monstruo” y “La chúcara”, por ejemplo, son obras especialmente valoradas en el ambiente de la danza contemporánea local. Dos obras que casi son dos poemas por lo breves, nacidas por separado y luego ensambladas. Pieza que explora “el viaje de un hombre que intenta ponerse de pie y de una mujer que está de pie pero no sabe caminar” Su busqueda parece concentrarse, más que expandirse, y modular siempre un mismo asunto entorno a la posibilidad de la danza desde algo que la “condiciona.”
Maestro del detalle, virtuoso observador, Litvak se destaca como creador pero también como pensador de la danza. Acaso por esto es que el destino de una artista como Margarita en su sensibilidad estética dió como resultado esta pieza incomparable (resulta inadmisible que haya reseñas de este espectáculo que soslayen la referencia a su rol decisivo ).
En nuestro tiempo -y en general- se pretende homologar la excesiva producción a la importancia del legado de un artista. El caso Litvak es buen ejemplo de otra forma de entender y hacer arte. hay otros caminos de creación que se configuran desde otros modos y nos obligan a estar atentos a lo que no va por autopista luminosa.
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Tres paneles blancos sobre un piso blanco ( todas pantallas en realidad ) constituyen el espacio escénico. Y si bien lo acotan, porque recortan la sala oscura, también sugerirán lo infinito del espacio en distintos momentos del espectáculo, en especial a partir de las proyecciones cenitales.
Margarita ( a quien nunca había visto bailar en vivo) entró a escena con un impecable sastrero contemporáneo blanco y minimalista, descalza, y coronada por su pelo carré cobrizo, característico de este momento suyo, que resaltaba como único color.
Su figura se fue multiplicando progresivamente en dos, tres, cuatro sombras de diferente espesor… Sobre los paneles; sobre el piso... Algunas reales, otras proyectadas, todas bailando en simultáneo conjurando un efecto sutil pero embriagador. A tal punto embriagador que hoy al evocarlo no recuerdo la música de ese momento, gana en mi, acaso por primera vez en la vida, la memoria visual y su impronta mágica.
Así comienza este “Juego del tiempo”, que es pura sofisticación. Sé que no vi nada más bello desde entonces. Y es que se trata de un verdadero milagro en la escena porteña. Su sobria elegancia y su complejidad es de un tipo poco frecuente. La estética de esta obra requiere de una sensibilidad educada que, por cierto, no debe confundirse con lo pretencioso o inaccesible. No. Su mismo éxito lo desmiente, salimos todos encantados.
Las luces, la escenografía, el vestuario, las proyecciones, la música (ecléctica), todo tiene el atributo de lo inmejorable. El nivel artístico y técnico la hacen una pieza apreciable y deseable en cualquier escenario del mundo. Por eso es que se entiende estén por presentarla en Hong Kong y México esta primavera.
Me permito volver sobre un punto: ha pasado casi un año exacto desde que vi por única vez esta obra. Ha pasado un año y no ha dejado de acompañarme. Olvidé el orden de varios cuadros, tal vez su cantidad, pero guardo impresiones nítidas. Al cuadro inicial de las sombras lo sucedieron imágenes periodísticas, artísticas y hasta negativos de Nucleodanza convertidos en carretes que van a gran velocidad o arman composiciones estáticas en las pantallas; también tiene lugar la reconstrucción de un cuadro de milonga, virtuoso y divertido, bien porteño, en el que Margarita, convertida en un compadrito y portando una gran máscara, baila interactuando y seduciendo a dos mujeres hoy proyectadas y antes en escena (Susana Tambutti, Ana Deutsc) mujeres que lo observan y bailan desde el pasado hecho presente en la pantalla dando a todo cierto efecto fantasmal. Las mujeres también portan máscaras,. La escena hace reír y no menos admirar la metamorfosis energética de la femenina Margarita devenida hombre-compadrito.
Luego vinieron imágenes de Galaxias, el cuadro de escala cósmica y cuerpos flotando en la inmensidad del espacio que en su momento se estrenó con el ballet del San Martin, también la secuencia de baile con una silla en la que pasa o marca una coreografía como recordando en voz alta (ese pasaje también lo recuerdo sin música) ; la arquitectura releída desde el movimiento de los cuerpos de los bailarines y las múltiples escaleras en las pantallas que desde múltiples perspectivas se vuelven infinitas mientras ella observa de espaldas en el centro o desde algún lateral parada o sentada en una silla, sola o duplicada en alguna sombra. La pieza lunar con largo vestido blanco y s**o con cola de pingüino negro, lunas pequeñas en las manos, una más grande a su espalda otra a sus pies; vendrán las grandes olas del mar, llegarán las pequeñas hasta nosotros en el público mientras vemos de espaldas a una Margarita de vestido blanco sin mangas y ruedo azul o negro bien cerca de las pantallas que alejan el horizonte, duplicada a su vez por otra proyectada y más lejana de vestido rojo que apenas divisamos en la escena que es nocturna y azul; vendrán el sonido del mar y las rítmicas olas otra vez.; más tarde también su profundidad con medusas y otros seres…
Pero fue al llegar “Où est ma tête?” en la voz de China Forbes con la gran orquesta Pink Martini que yo accedí a algo que me cuesta no llamar éxtasis. “Perdí la cabeza” como la mujer de la canción aunque el cuadro no tuviese especial “virtuosismo” ni contara con imágenes impactantes. Creo que esta coreografía estuvo antes de lo que enumeré anteriormente, pero sé que en ese instante me oí rumiar un mantra que ahora reconozco súplica: “no quiero que esto termine, por favor que no termine.” Hasta me recuerdo de pie pero sé que no puedo haberme parado (la amiga con la que fui me lo hubiera hecho saber).
Transcurría la canción a toda orquesta y el blanco escenográfico viró hacia el rosa, luego una especie de lila intenso y vibrante y Margarita bailaba en su traje blanco, devenido rosa por la luz, ¿acaso un homenaje a Paris, al amor, al idioma de la canción? No sé, pero si sé que yo me sentí feliz. Feliz de estar ahí, feliz por la belleza, feliz de saber que estaba presenciando algo realmente único. La noche de invierno se llenó de calor, ensueño y gratitud.
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¿Por qué los bailarines dejan de bailar? ¿Dónde están que no los vemos? Esto se preguntó Gerardo Litvak y a ello, de algún modo, debemos “Juego del tiempo”. Porque eso que buscaba responderse comprometía su identidad creadora, requería obra y no palabras, tal como ocurre en el arte y en la vida con las auténticas preguntas.
Litvak pensaba primordialmente en aquellos que no son bailarines clásicos, por obvias razones. En otra de sus obras celebradas: “Noche de baile”, explora otro matiz no menos radical: no hace falta ser un bailarín profesional para lograr un resultado pleno en la danza si hay, eso sí, quien sepa dirigir. Ese desanudar la danza de la edad y de lo profesional en tanto límite, o hacerla brotar justamente ahí, dice y mucho de su concepción de la danza.
Curiosamente y por su parte, en 1982, Margarita Bali se preguntó cómo seria bailar siendo vieja y creó una obra cómica en la que bailó su hipótesis. En aquella oportunidad cuenta que le resultó bastante esforzado sostener el asunto pero que su personaje se dormía en un momento de la obra y soñaba que era joven otra vez y entonces ahí bailaba, volvía a hacerlo, con total plenitud física.
Pero ¿cómo es bailar ahora con más de 80 años reales? Sus palabras son irremplazables: “la obra requiere (preparación), es demandante, me daría no sé qué que la pierna no vaya donde tiene que ir (ríe). A mi siempre me gustó girar y saltar… Saltar ya no puedo, tengo que cuidarme, pero me doy cuenta de que estoy encontrando el giro de vuelta. Cuando era muy joven bailaba bien, entonces ahora puedo encontrar “algo” de ese bailar bien. Nunca voy a volver a ser la que fui pero entonces, qué se yo, hay un porcentaje que puedo bailar y hay otras cosas que puedo agregar que por ahí no tenia antes, que tienen que ver con lo interpretativo. Me encanta poder estar presente en el escenario.”
Cuesta pensar que algo le falta o le sobra al verla bailar. Su figura, sus líneas, sus movimientos cortos, sus giros, su sola presencia en el escenario es magnética. Lo que se impone es la belleza y el criterio de la puesta para sostenerla de principio a fin y en todo aspecto. Todo parece fácil (aunque nada lo sea) Es importante reconocer igualmente que se trata de una mujer en mucho excepcional. Su vitalidad y belleza fisica actual realmente descolocan al espectador. No hay un disimular el paso del tiempo en nada, no hay necesidad de otro tiempo, hay sí un contacto con lo que no es frecuente ver y que acaso, como bien intuyó Litvak, constituye una falta.
Lo que vemos y recibimos es el mundo de Margarita Bali, sus temas, sí, pero mediados por la sensibilidad de quien supo heredar. Es el resultado y la puesta en obra de un vinculo y un gesto de amor reciproco. La alegría que es ver bailar hoy a Margarita nació de la audacia de quien supo primero que esto podia a ocurrir.
Cuenta Margarita en una de sus entrevistas, que Gerardo también la invitó a elegir para bailar una nueva canción, y que esto le permitió saldar un deseo de juventud. La canción elegida la remonta a sus tiempos de inicio con la danza y a su familia ya que cuando escuchaba por entonces y en cassette “East West” de Butterfield pensaba que alguna vez le gustaría bailarla. Y así lo cumplió ¿Cuántos guiños más de complicidad habrá?
“Juego del tiempo” regala una tregua a nuestros múltiples cansancios y tristezas cotidianas actuales. Nos permite recordarnos inmensos como el universo, sentir que la luna o el mar pueden ser una alfombra a nuestros pies, que el infinito espacio, a veces puede sentirse como una habitación confortable. El amor de Margarita por la danza, ese que le permitió dar el sí a la invitación oportuna de Litvak y a nosotros- espectadores-, es el mismo que, como señaló Dante en su Divina Comedia, mueve al sol y las estrellas.
Gabriela Zampini
08/08/2026
FICHA TÉCNICA
Intérprete, coreografía y videos: Margarita Bali
Música y sonido: Gabriel Gendin
Iluminación: Eli Sirlin
Vestuario: Mónica Toschi
Escenografía: Graciela Galán
Puesta en escena ay dirección: Margarita Bali y Gerardo Litvak.