Pensamiento en obra

Pensamiento en obra Ensayos, perfiles y reseñas sobre el teatro de hoy en la ciudad de Buenos Aires

Sobre "Los días perfectos”                    (Crónica-critica-derivas)                                 “Si no imagina, ...
17/03/2026

Sobre "Los días perfectos”
(Crónica-critica-derivas)

“Si no imagina, el amor ignora.”

Es verano, la primera noche de febrero, y se siente en al aire relajado y entusiasta de la antesala a la última función de “Los dias perfectos”-al menos de esta primera temporada de escasas funciones sala llena y entradas agotadas-.

El teatro Nacional Cervantes, la dirección de Daniel Veronese, diestro en el lenguaje de lo comercial y lo experimental, y un actor, Leonardo Sbaraglia, en lo que es difícil no llamar la plenitud de una nutrida trayectoria: acaba de filmar con Almodóvar por segunda vez, ganar un premio por su protagónico en una serie de la plataforma del momento y ahora se ofrece en este escenario como único instrumento de una historia que sabe distinguirse entre las apuestas porteñas.

La gente conversa sonriente en las escaleras externas y el hall pero lentamente la sala se va llenando coronada de sentido. Todo parece sugerir que nada defraudará lo que sin duda se vive con gran expectativa.

*
“En este momento no me siento emocionado por el teatro, no encuentro cosas nuevas. Creo que estamos en una etapa de búsqueda o de meseta, pero me conmueven mucho los escritores.” Estas palabras pertenecen a Daniel Veronese e intuyo que parte del éxito del proyecto (un éxito en “voz baja”, sin embargo, en el sentido de los versos de Rojas Paz: “en amor como en poesía lo que triunfa es la voz baja”) es que la piedra de toque haya sido su intima emoción de lector y el deseo de convertirla en experiencia teatral. No es asunto menor elegir qué historia se quiere contar, dónde, cuándo.

El teatro puede prescindir del valor literario, lo sabemos, y hay muchas propuestas en la cartelera actual que así lo prueban (teatro físico, improvisaciones, biodramas, etc) pero no se puede negar que cuando hay un texto de valor literario la experiencia se potencia. Esta obra me parece prueba de ello. La emoción que despierta surge unida a la palabra y al impacto perdurable que puede tener su belleza cuando la escuchamos resonar en el cuerpo de un actor que nos la hace vivir.

A las manos de un director que afirma “yo quiero emociones y no veo muchas emociones en el teatro” llegó, entonces, esta celebrada novela de Jacobo Bergareche. Y más que de una adaptación eficiente (en el pasaje de la cultura española a la argentina, y de la novela al teatro) deberíamos hablar de una versión inspirada, en definitiva es una nueva pieza y parte del propósito de esta reflexión es explicitar por qué entiendo que esto es así y constituye, además, un plus.

Una obra de teatro que es “adaptación” (desde ahora entre comillas) de una novela que a su vez esta hecha de cartas. ¿El argumento? Un hombre que a partir de la lectura imprevista en un centro de documentación de Texas de originales de cartas que el escritor William Faulkner le escribió a su amante Meta Carpenter durante treinta años, hace una revisión de su vida, su matrimonio de 17 años, su familia, y se decide a recuperar el amor en apariencia perdido.

*
El escenario a la italiana esta intervenido por una especie de cruz de paneles traslucidos que convierte el centro del escenario en una profunda de esquina y si bien el espacio sugerido es el de una habitación de hotel metafóricamente podría sugerir también una encrucijada o esa cruz con la que se marcan en el mapa los tesoros.

Sobre los paneles traslucidos se proyectarán imágenes(la fachada del hotel, fragmentos de las cartas, la figura de una mujer, los dibujos que narran la felicidad de un día entre Faulkner y su amante ) y si bien la visión es atractiva y la propuesta de Alberto Negrín interesante, creo que queda a mitad de camino. No hay un aprovechamiento estético del espacio planteado así, ni de lo caligráfico ni del lenguaje visual ni tampoco un diálogo fecundo con la dramaturgia dinámica del montaje.

Pero si es una medianía accidental la que resulta de la escenografía y las proyecciones, hay otra medianía que es conquista: el hombre que encarna Leonardo Sbaraglia.

Vestido con ropa que podría ser de calle (pantalón suelto una remera una camisa) y descalzo , el periodista interpretado por Sbaraglia se expresa al comienzo de la obra con una cadencia rumiante, no monocorde pero casi, cadencia reiterativa, casi recitativa pero opaca y lo que cuenta es una escena que dice jugar con su pequeña hija casi como un ritual antes de que ella duerma.

La certeza de la felicidad que le brinda ese juego viene acompañada del temor de no saber cuándo será la última vez. Ese contraste – la anécdota feliz, la cadencia apagada- parece ser parte clave en la composición de este personaje que al promediar la obra irá ganando otra coloratura y brillo. El manejo de la voz es un recurso compositivo siempre notable en Sbaraglia, parte medular en la composición de sus personajes. Y este trabajo no es excepción, pero al principio ese tono puede incomodar, interrogar, pero por eso mismo creo que resulta efectivo.

Estamos ante un hombre vencido pero insomne, victima de sí pero que, pronto lo sabremos junto con él, no será su cómplice y encontrará desde donde rearmarse-o intentarlo-. Pero volvamos un momento a la novela para entender mejor lo que sucede con la singularidad de la obra.

*
La crisis del personaje en la novela de Bergareche tiene dos cimientes. Por un lado fue propiciada por la amante del protagonista que justo cuando él estaba yendo a su encuentro le propone dejar la historia en el recuerdo. Y por otro la imprevista situación de dar con la lectura del epistolario de Faulkner, el escritor favorito de su esposa. La novela esta compuesta por dos cartas y parte del epistolario del escritor norteamericano (hasta la publicación de esta novela absolutamente desconocido). La primera dirigida a la amante, la segunda a la mujer.

Veronese decidió dejar a un lado la carta a la amante y concentrarse en la carta a su esposa. Me llamó la atención saber que en parte se debió al temor de incluirla en el sentido de que creía que eso le quitaría al protagonista la empatía del espectador que empezaría a poner en duda su autenticidad o la de su amor.

Tal vez la génesis del viraje argumental este en ese temor pero la búsqueda de la emoción perdida en el matrimonio en una nueva relación no será un conflicto transitado en la pieza de Veronese. La obra teatral soslaya ese lugar si se quiere más convencional (aunque originalmente tratado en la novela) radicalizando otro: el impacto de la lectura, el imperativo creativo implicado en el amor.

Será al recorrer las cartas de Faulkner que el protagonista advertirá que la pasión resuelta en el adulterio en principio puede servir de bálsamo ante la emoción perdida en el matrimonio pero irremediablemente tiene el mismo destino. Es esto lo que advierte en el epistolario de Faulkner que abarca nada menos que 30 años. El personaje esta tomado por la inquietud que reflejan tan bien los versos de Juarroz: “¿cómo alcanzar a seguir en la caída o fracaso de las cosas la huella de lo que no cae ni fracasa?”

Si la magia del amor no escapa a la amenaza del desgaste y el tedio (propuesto en la obra como la real causa del desamor, incluso más que la muerte que puede por el contrario garantizar su perpetuidad), si el amor, en definitiva, como todo en nuestra vida, termina convirtiéndose en tarea, mejor estar a la altura y saber qué nos hará falta para ser sus cómplices y no sus sepultureros.

Lo realmente excepcional es la identidad de este hombre cuya capacidad de introspección , reflexión y sensibilidad se van desplegando en el devenir de la obra. Cualidades que además se sienten todavía mas exóticas en este presente ajeno a la intimidad o en crisis con la capacidad de propiciarla y sostenerla. Ni hablar en este presente de redes, aplicaciones y aceleramiento de audios para “ganar tiempo” de hacer lo que hace este hombre: ¡escribir una carta de amor!

Me resisto a creer que estamos ante un hombre común y ante un dilema común.. Creo que el riesgo del tedio y del fracaso nos hermana entre el publico pero su capacidad reflexiva, imaginativa y de acción ojalá nos inspire.

El amor es una experiencia mas excepcional de lo que pretendemos y sus miedos y desafíos forman parte de un repertorio problemático muchas veces eclipsado por miedos más graves que interesantes del orden colectivo que a su vez nos atraviesa. Esos problemas que la lúcida Silvia Bleichmar entre nosotros decía que nos impedían sentir y acceder a nuestros miedos personales a los que tanto derecho tenemos. Tal vez parte de lo original de esta experiencia sea que nos permite volver la mirada sobre ellos.

*

Sbaraglia conmueve. Le basta caminar el escenario, tomar y descartar los papeles que hacen de las cartas de Faulkner, sentarse de vez en cuando en la silla, único objeto de la escena, y sobre todo hacer de cualquier rostro del público multitudinario el rostro de Paula sin que ese cambio en la interlocución quiebre la intimidad lograda. Ortega y Gasset cuando le recomendó a Victoria Ocampo dedicarse a escribir sus Testimonios le dijo que él pensaba que la mujer tenia la capacidad de escribir centrándose en un solo ser, y que el hombre, incluso hablando consigo mismo se dirigía siempre a un auditorio. Mi experiencia con esta puesta fue inversa…sentí que las cientos de personas que estábamos ahí podíamos ser una y lo estábamos siendo de hecho. Acaso se deba a la potencia de intimidad que logra Sbaraglia sobre el escenario.

EL TEDIO
El gran critico literario y teórico de la cultura George Steiner en su libro “El castillo de Barba azul” ensaya la idea de que el holocausto tuvo su preparación espiritual en el romanticismo, que la generación romántica estaba celosa de sus padres y que la locura y la muerte eran para ellos, aun en la fantasía, preferibles al interminable domingo y al sebo de la forma de vida burguesa.
Nuestro tiempo es otro ciertamente, tiempo de guerras, de cinismo, de profanación de la naturaleza y desigualdad creciente. Hay necesidad de conciencia, de acción, de protagonismo y a su vez una indiferencia infernal que cuesta homologar al tedio.

La necesidad de sentirnos vivos puede sin duda conducirnos a una fantasía de destrucción pero también a esta propuesta opuesta de “Los días perfectos”: la creación, la imaginación, la actuación inspirada en el seno de lo cotidiano .
Hay cierta afinidad entre la versión de Veronese y la visión de nuestra cineasta Lucrecia Martel que alienta a inventar con urgencia el futuro, pero uno en el que queramos vivir, no los distópicos que proliferan.

Veronese también cambió el nombre del hotel en el que se aloja el protagonista. No estamos en el Driskill Hotel de la novela sino en un hotel llamado Shakespeare. Y por supuesto esto hace a la cosmovisión y poética de la propuesta. Si en la novela la reflexión sobre el adulterio es insoslayable y protagónica, en la obra teatral se diluye su relieve y se aborda un dilema acaso de menor impacto pero a mi ver de mayor profundidad.

EL AMOR
Un dibujo en viñetas de la rutina de un día de playa de Faulkner y Meta Carpenter es paisaje y ocasión de una epifanía en la comprensión del amor por parte del protagonista. Un día simple, sin nada extraordinario, puede ser un día perfecto. Al ver el dibujo logra reconocer que un día que se nos ha vuelto inolvidable no lo es por obra de la voluntad ni necesariamente por un atributo distintivo sino que como el amor, ocurre.

No es posible saber cuál día gozara de esa inspiración que lo hará distinto, que lo elevará sobre otros tantos días indiferentes, pero los habrá. Los hubo. Él los tuvo. Un día perfecto, como el encuentro amoroso, no se fabrica, se revela. Y él, que supo estar enamorado de su mujer, empieza a recordar e inventariar los suyos en su carta como forma de acercamiento.

Uno de los momentos más conmovedores de la obra es, sin duda, cuando el personaje recuerda un viaje a la costa que logran concretar escapando a la rutina de su reciente maternidad-paternidad. Había planeado al llegar cocinar algo especial, detalles románticos y una noche apasionada. A mitad de camino Paula con gran entusiasmo le dice que desea ir a visitar una iglesia que quería conocer pero esto les implicaría desviarse y por lo tanto no llegar a lo que él había planeado.
Sin saber bien qué decir ni qué hacer le expresa de manera un tanto forzada que le parece magnifica la idea e incluso se sorprende de estar resultando convincente porque para sí mismo no lo está siendo en absoluto (la expresividad de Sbaraglia en esta escena, por cierto muy teatral, es deliciosa).
Pero al final el cambio de plan resulto de maravillas, entraron al pueblo con música fuerte y él termina incluso comulgando en la iglesia sin ser creyente. Ver la alegría de su esposa terminó resultándole lo conmovedor. Estar ahí con ella fue su felicidad.

Algo de ese torcimiento de la sinceridad, algo de esa actuación suya como marido tiene las mejores connotaciones shakesperianas. Fue el bardo inglés el primero en pensarnos como actores. En momentos claves de la vida de sus personajes la revelación o el ejercicio de una verdad implica actuar como otro, tiene como imperativo la actuación y no la inmediatez de la sinceridad: cuando Edgar se hace pasar por vagabundo para ayudar a su ciego y arrepentido padre Gloucester en “El rey Lear”, cuando Porcia se disfraza de abogado y realiza esa extraordinaria defensa para salvar a Antonio, al amigo de su amado Bassanio en “El mercader de Venecia”. La obra de Veronese pone a la actuación y a la pregunta por el encuentro en la imaginación, en el centro de la historia y de la posibilidad del amor.

“¿Qué juegos de la imaginación nos quedan a nosotros? ¿Qué historias armamos en las que nos imaginamos juntos?” Se pregunta con dolor el protagonista cuando cree que a lo mejor lo han perdido todo.

El lugar y el tiempo que se ocupan en el ejercicio intimo de imaginar a quien se ama forma parte de la posibilidad del vinculo, lo revela, lo sostiene. Y el personaje se arriesga a esa posibilidad del reencuentro aun sabiendo que puede ser que incluso su esposa lo este esperando con una decisión tomada y antagónica pero eso vuelve todavía mas valiosa la apuesta porque radicaliza su entrega, lo hace apostar dispuesto a perder.

No especula, escribe, sueña y escribe en la carta a su mujer todo lo que imagina quisiera hacer con ella a su regreso. Pero escribirlo, decirlo, no es simple comunicación, porque es en el despliegue de ese imaginario, en lo dicho, en el tiempo de decirlo, en el modo de decirlo, en el tiempo de leer e inventar y reinventar que está ocurriendo el amor.

Al terminar su carta, como ya esta próximo a viajar de regreso, decide enviarle un WhatsApp diciéndole que le escribió un mail. Y para garantizarse que lo lea le escribe que a su regreso deberán hablar (sabiendo que no hay frase, como dice él mismo, que nos inspire más terror) No sabemos qué resultará y la obra termina.

*
Sbaraglia tarda unos segundos en venir al encuentro de los aplausos y en la sala se siente gratitud. San Agustín en sus Confesiones plantea una idea de pecado que difiere bastante de aquella que manejamos cuando pensamos que se trata de incumplir un mandamiento. Él plantea que “entrar en falta” es que nos falte la plenitud que algo tenía para nosotros. La irrupción del amor, los días perfectos, desafían nuestra tantas veces fallida o pobre percepción. Esta obra nos recuerda no ceder a la costumbre nuestro real y posible protagonismo. Nos invita a imaginar o a soñar despiertos como condición insoslayable de cualquier transformación.


FICHA TÉCNICA:

Intérprete: Leonardo Sbaraglia
Adaptación y dirección: Daniel Veronese
Basada en la novela de Jacobo Bergareche

Producción general: Julieta Navarro
Asesoría artística: María Figueras y Julieta Navarro
Escenografía y video-proyeccion: Alberto Negrin
Iluminación: Ariel Ponce

Producción ejecutiva: Chiara Alessi
Musicalización: Daniel Veronese
Programación de video: Nicolás Matías Marino

Asistencia de dirección TNC
Matías López Stordeur
Mónica Quevedo
Hola Behèran
Producción TNC
Santiago Carranza

LA CORDURA RECHINA“La digitalización promueve gran parte de los problemas de salud mental. No es el problema de uno si n...
20/01/2026

LA CORDURA RECHINA

“La digitalización promueve gran parte de los problemas de salud mental. No es el problema de uno si no que también habla de nosotros. De eso me ocupo, de hablar de los locos pero para tensionar la cordura."

Martin Rechimuzzi

“La locura es una demanda desesperada del amor que la sociedad negó.”

Vicente Zito Lema

Fui con una referencia “segura” de la modalidad “boca a boca” y formando parte de un pequeño grupo entre quienes había un actor del medio local (el poseedor de “la posta”), y dos hacedores del teatro y la cultura mendocina ( la anécdota, se entenderá al final, me resulta un recurso imprevisto pero expresivo para dar cuenta de la identidad y pulso de la actividad teatral porteña).

Los mendocinos habían ido antes a ver otra obra de las imperdibles (pasaban sólo dos días en la ciudad) y se habían tenido que retirar antes de que termine la función para llegar a ver “Alejandra, una Perforación a cielo abierto”, el unipersonal de Martin Rechimuzzi con el que teníamos cita esa noche de invierno y que se venía presentando durante el 2025 en el teatro El Nacional Sancor Seguros los viernes a la 23:30 horas a sala llena (o casi).

II

En tiempos de redes, streaming, exposición extrema, alfombras rojas y premios que saturan los calendarios, disfruto de estar frente a alguien que no conozco (su carrera artística se impulsó y ganó en número considerable de público durante la pandemia gracias a YouTube... pero yo lo ignoraba).

Me gusta apreciar un artista, su mundo, sus voces, sin que su “fama” (aunque sea incipiente o de nicho) interfiera, condicione o me distraiga. No hay nada más que lo que hay frente a mi. Sé que es la primera y la última vez que lo veré de este modo. El teatro está lleno. Los despabilados van para legión.

Un escenario a la italiana con fondo negro. A la izquierda un alto cortinado brillante metalizado (que recuerdo azul o celeste), una pantalla alta al centro (una suerte de “básico” de las performance actuales). Un escritorio con silla a la derecha en el que se ubica Martin Rechimuzzi al comienzo de la obra, con el primero de los cuatro personajes que interpretará a lo largo de la hora y media que dura el espectáculo: Un alter ego que con tono neutro, sobrio, serio… nos introduce -leyendo en hojas de papel mirando a la cámara que lo duplica y agiganta en la pantalla- algo de la vida de su tía Alejandra, su tía loca, su lugar e importancia en su memoria y curiosidad, vida y muerte que inspiran este espectáculo que le regala, de algún modo compensatorio, la clásica fiesta de 15 que no tuvo.

Además de este Rechimuzzi neutro, la performance cuenta con un maestro de ceremonias al estilo Roberto Galán que nos recibe en el salón del conurbano bonaerense en el que de pronto se convierte el teatro, con una mujer que realiza los centros de mesa o souvenirs del cumpleaños (caracterizada con prótesis y peluca que recuerda a los personajes gasallezcos), y la propia Alejandra. Todos estos personajes encarnados por Rechimuzzi a quien acompaña la participación intermitente pero estructural y decisiva (en términos estéticos) del dúo Arcuarela que con sus covers de hits hacen al alma de la fiesta en la que todos terminamos entrando.

Pero no se trata de un festejo de 15 actual, al menos no uno de los de la ciudad de Buenos Aires a la vanguardia de los usos y costumbres. Se trata de la provincia, en donde acaso hoy aún sea posible una fiesta como esta. Me explico.

Quien conoce el interior sabe que ocurre una suerte de desajuste temporal ahí donde el brillo de las luces no encandila como en el centro. Y quien accede al sentimiento de ese desajuste, o creció con él, sabe que en los pueblos o localidades del conurbano uno se siente más mortal. La vista de un lugar abandonado, el atardecer en un paisaje quieto, el silencio… hay indicios del tiempo. Rechimuzzi, que no llega a los 40, tiene sin embargo un alma vieja y logra enamorarnos de su mosaico de épocas que muchos, más grandes que él, podremos reconocer como propio. El mundo de la tele y sus personajes bizarros, los cantantes de los bailes y fiestas familiares, los adornos kitsch, todo se impregna de una afectividad que dignifica y libera de todo desprecio. En esta época de crueldad desquiciada este rescate no es menor. Porque me atrevería a decir que no se trata de nostalgia si no de resurrección lo que hace Rechimuzzi o, mejor aún, de una "perforación",como dice en la obra, de todo lo que separa a los que están acá de los que están allá en casi todo sentido: locos y cuerdos, vivos y mu***os, lo pasado de moda lo innovador, lo elitista y popular...

Son los personajes, los que dan espesor y realidad a este universo. Es una comedia en gentes más que en actos. La escenografía y la utilería son prácticamente de cotillón. Elementos poco más que descartables que contrastan con la estructura del Teatro Nacional. Pienso que la representación admitiría otros espacios menos solemnes o convencionales y funcionaría igual. Sin embargo algo de ese aire de “ocupa” contraste e irreverencia bien sugiere algo de la identidad artística de Rechimuzi porque en él convergen aspectos que solemos apreciar por separado: formación académica (es politólogo) y libertad expresiva, temas incómodos (la locura y la muerte en este caso) y una inconfundible candidez, el dolor de la enfermedad mental y la risa que ilumina. Raro instrumento de preguntas personalísimas, hábil heredero del espíritu del Parakultural, de Urdapilleta y Gasalla y su "Palacio de la Risa" que se posiciona como realidad para nuestro disfrute y buen augurio para la escena argentina.

III

“Alejandra. Una perforación a cielo abierto”, es descrita como comedia en tres actos pero su punto de partida biográfico explícito sumado al juego de palabras perforación/performance nos obliga a considerar un cruce propicio con el biodrama ya que además la identidad de Rechimuzzi es fatalmente la de un actor que para hablar de sí necesita ser otros: “cuando empecé a entender mi necesidad de ser muchas personas al mismo tiempo me pude liberar. No hay un modo de vida sino miles. Eso es lo que me posibilitó la actuación.”

En la actualidad, el biobrama configura una singularidad estética vigente y diversificada que en más de una oportunidad se da como performance y conferencia. “La vida” de ese instrumento expresivo que lo lleva adelante (o parte, claro) es tema pero fundamentalmente materia (aun cuando no se trate de un profesional de la actuación), es el centro gravitacional de una dramaturgia escrita y dinámica que tiene mucho – si no todo-de intransferible.

La obra de Rechimuzzi parte de un vínculo y una realidad familiar (la existencia de una tía loca) pero mas allá del primer personaje que nos presenta esto leyendo a cámara ( el personaje menos “personaje”) la obra ganará su vuelo por el histrionismo de su protagonista al representar personajes. Abelardo Castillo solía decir respecto a los escritores: "si quieren conocerlos búsquenlos en sus ficciones no en sus diarios". Pasada la introducción leída por Rechimuzzi ocurre algo análogo: sus personajes más que vestirlo lo exponen ante nosotros más radicalmente que su yo desafectado. Su cuerpo al convertirse en otros se enciende y el caudal y la expresividad de su voz merecen un reconocimiento a parte por su poder.

Cuesta imaginar estos proyectos dramáticos viviendo mas allá de quienes los encarnan. El teatro así concebido parece una especie de alta costura pero cuyo lujo no consiste sino en el sentido de lo intransferible que refuerza lo efímero del fenómeno teatral en sí. Esto constituye una experiencia sugerente acerca de lo que se busca en el teatro hoy, tanto por parte de los hacedores como de los espectadores, aunque tal vez sea prematuro jactarse de saber qué implica o puede significar. Sólo por nombrar algunos trabajos relativamente coetáneos pero diversos y convocantes que toman como materia expresiva o piedra de toque lo biográfico: el “No hay banda” de Flores Cárdenas que partiendo de la muerte de su abuelo realiza una pieza de cámara de fuerte estética visual, “Imprenteros” de la familia Vega, las propuestas de la bailarina Marina Otero (una de ellas también entorno al tema del amor y la salud mental), la retrospectiva de Margarita Bali, pionera de la danza contemporánea y la videodanza argentina que, sin palabras, arriba a la teatralidad y al trazo biográfico en su “Juegos del tiempo”(tesoro que podrá volver a verse la segunda parte de este 2026).

Si bien el término biodrama, acuñado por la argentina Vivi Tellas, remite en principio a la búsqueda o el descubrimiento de la teatralidad en la vida, por mínima que sea, y la decisión de llevarla a escena primordialmente por no actores, encuentro que en la actualidad hay mucho de lenguaje, de tipo de composición que en manos de dramaturgos, escritores, actores, bailarines o profesionales de la escena es llevado a otro tipo de resultado en donde se lo resignifica. En lo que respecta a mi gusto, prefiero el biodrama en manos y ejecución de artistas, o de puntada que bien aproveche e integre lo “inexperto” como signo (este es para mí el caso de “Aire” del productor televisivo Claudio Villarroel).

Todas las obras mencionadas, atravesadas por la composición teatral desde la primera persona del singular, muestran que se puede prescindir de una obra escrita a la manera tradicional, se puede prescindir de un actor profesional, pero de lo que no se puede prescindir es de una necesidad y visión propia del acontecimiento teatral y la creación o articulación de un lenguaje.

IV

El teatro asociado a la pregunta por la locura, su dimensión social y política, tiene en nuestro país el antecedente de Vicente Zito Lema. Abogado, dramaturgo, poeta y militante social por los derechos humanos. Creador del primer taller de periodismo y literatura en el Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial José T. Borda, (pongo el nombre entero en reconocimiento a su labor porque fue parte de su ocupación renombrar ese espacio).

Zito Lema, acaso en un registro expresivo mas lírico o poético abordó la locura durante toda su vida y visitó los psiquiátricos de todo el país tal como hizo Rechimuzzi para abordar la composición de esta pieza. Si bien resulta un creador menos sobrio que su colega antecesor me gusta advertir en ambos la seria pregunta por lo colectivo al abordar la enfermedad mental, la denuncia de la crueldad y unas sonrisas francas y contagiosas que obligan a la esperanza y cierto aprendizaje:

“Aprendizaje es también el de la alegría, como pasión alegre. Estamos casi obligados por la realidad a ligar la locura con el dolor porque vaya que hay dolor en la enfermedad mental, no es joda, se sufre mucho, eso es un hecho y no hay romanticismo que pueda limpiar o curar el dolor del alma. No.Pero también es cierto que desde la tristeza y el dolor es desde donde uno envenena su alma, su espíritu, donde uno se enferma de un mal. Por lo tanto ¿Cómo hacer para que la alegría irrumpa en los territorios que parecerían marcados por el destino nada más que para el sufrimiento y la tristeza? Ahí hay un desafío. ¿Cómo podemos hacer para aceptar cuando surge y para que surja en un espacio mayor de la tristeza?”

Estas palabras de Zito Lema en una entrevista de hace varios años, armonizan con la iniciativa artística y comunicacional de Rechimuzzi que al cerrar los shows de su programa de streaming ,en un Movistar Arena repleto, exhortaba a su público a no dejar que le roben la alegría.

V

La función de Alejandra terminó cerca de la una de la madrugada, el aplauso fue generoso y se sentía en la sala el placer de haber reído y un tipo de emoción que se reconoce perdurable. Había gratitud por lo recibido.

Si bien era viernes muchos lugares estaban ya cerrando y acabamos en San Telmo con los mendocinos en un Pub Irlandés cercano a donde se hospedaban. Luego de comentar las impresiones de lo visto y conversar sobre diversos temas quisimos registrar la noche feliz sacándonos una foto. Sólo había otra mesa ocupada y ahí fue uno de ellos a pedir la gentileza.

Luego del click la mujer no se pudo resistir y los increpó: ¿Ustedes estaban en la función “tal” y se retiraron antes de que termine no? Los reconocí ni bien entraron al pub. Eso no se puede hacer ¡no en una obra tan buena! ¿ Por qué se fueron? ¡faltaba un montón! Disculpen pero se los tenia que preguntar.

Su gesto sentido y enfático en defensa del elenco abandonado y el valor de la pieza fue el cierre de oro de una noche a la que cabe adjetivar quijotesca. Es bueno recordar de vez en cuando que el teatro, en esta ciudad, implica riesgos y tiene defensores arriba y abajo del escenario.

Cuando la fe teatral viene en malón.       Sobre  “Imagen Velada” de Santiago Gobernori.“Por cierto, la facultad de capt...
26/04/2025

Cuando la fe teatral viene en malón.
Sobre “Imagen Velada” de Santiago Gobernori.

“Por cierto, la facultad de captar objetos inexistentes revela un carácter extraño y un tanto inesperado del pensamiento . Y tal rareza no carece de interés ni de importancia, si advertimos que precisamente a dicha facultad de creer ver y de creer pensar, cuando no se ve ni se piensa, los hombres le deben lo esencial de sus ilusiones”

Clément Rosset en Lo invisible

I

En “imagen velada”, la obra escrita y dirigida por Santiago Gobernori con funciones los martes 20:30hs en el Astros, confluyen cualidades del fenómeno teatral que rara vez se dan juntas y que la convierten en una experiencia muy gozosa para paladares educados pero también (y quienes ya la vieron tal vez coincidirán) para invitar a aquellos que creen que el teatro no tiene nada para darles, o les gusta poco, o nunca han ido. Escribo orientada por esa intuición pero también por la certeza de estar ante una obra y puesta en escena que permite enriquecer nuestra conciencia acerca de lo que sólo el teatro puede y sabe hacer y que tanto parecemos necesitar en el presente.

Gobernori es un joven dramaturgo de cuarenta y tantos años, nacido en La Plata, formado académicamente en la E.A.D ( a cargo de Mauricio Kartún) pero no menos por su propia práctica y experiencia. También es actor y ha incursionado en el género audiovisual como guionista y director. Los periodistas no especializados aún leen con atención su nombre pero todo permite afirmar que ya es un ineludible creador de la escena porteña contemporánea cuyo prestigio no dejará de crecer al igual, es deseable, que su obra.
Su trayectoria se fue consolidando en el circuito independiente y es reconocido tanto por los espectadores de ese circuito como por los actores y actrices que quieren ser, han sido o son parte de sus propuestas y en muchos casos, como en el de la obra en cuestión, han contribuido a su gestación.

“Imagen velada” se montó y estrenó en El galpón de Guevara con actores/amigos de Gobernori (no tan “famosos” como exquisitamente formados en múltiples disciplinas para la escena: canto, danza clown) y si bien la obra ya estaba escrita al iniciar los ensayos fue terminando de perfilarse incluyendo la identidad y los cuerpos de sus hacedores. Este no es un dato menor ni accesorio. El trabajo así concebido se convierte en una suerte de prenda a medida que promete lo mejor de cada instrumento, de cada actriz y actor, a la mirada de quien imagina/escribe/dirige, y constituye parte, sin duda, de eso que “no se sabe” -aun sin ser un secreto- pero que da cohesión y potencia expresiva a este grupo que cada martes conquista nuevos espectadores.

Podrán haber -y es deseable- más puestas de esta obra de Gobernori pero la singularidad de su génesis es parte de su encanto actual innegable: once actores -casi desconocidos para el amplio público de la calle Corrientes- ejecutan como eficiente “seleccionado” una pieza de humor y critica social que convoca primordialmente por el boca a boca.
Los once son oficiantes de una alegría que se expande en banda ancha desde enero como tal vez sólo lo anónimo lo puede hacer: a fuerza de autenticidad y necesidad. Y es que como sabía el poeta Roberto Juarroz: “La creación tiene una alegría que le es propia, sea cual sea el in****no que descubra” Porque hay que decirlo: el mundo que revela este espectáculo no es el mejor…


II

Un grupo de amigos “chetos” de entre 35, 45 años, se reúne a pasar unos días en un country en las afueras de Buenos Aires con motivo de despedir a dos de ellos, un reciente matrimonio, que está por irse a vivir al exterior. En la casa vive un fantasma, un querandi de los que habitaban en el territorio bonaerense en tiempos de la conquista y que fue asesinado por los españoles en aquel entonces.

Este fantasma centenario, sin embargo, tiene aspecto joven y habla bastante bien el lenguaje de nuestra época y casi tiene acento porteño ( algo que contrasta con su aspecto), y esto se debe a que disfruta de ver televisión y es en parte eso lo que aguarda poder hacer- seguir haciendo- mientras es testigo de la casa tomada por los visitantes. Nadie ve al fantasma pero por momentos lo sienten, y si alguna conversación ocurre o algún entrecruzamiento, no sabemos por invención de quién es.

“Hacer humor es poner algo donde no va”, definía en una entrevista Alejando Dolina, uno de los prestigiosos y queridos humoristas de nuestro país, y lo decía sin dejar de señalar que también el efecto del terror podía gestarse con idéntico principio. En “Imagen velada” el fantasma tiene efecto cómico, sin duda, pero todo aquello de lo que nos reímos en el transcurso de la obra irá atormentando y con razón a uno de los personajes: Hernán (Nicolás Giménez) amigo “clase media” del conjunto, que ante el devenir de los sucesos del día, que incluye pseudodebates históricos, picadito, asado, baile, confesiones familiares, sexuales, económicas, mezcladas con el alcohol y otras drogas… termina siendo quien encarna los efectos y preguntas ante sus amigos tan desafectados como “aparentemente” inconmovibles ante sus propios conflictos y excesos. Todo parece ser asimilable.

Se trata de una obra coral pero de un coro, hay que destacarlo, de solistas : las historias entrelazadas tienen casi igual peso desarrollo y brillo. A medida que transcurren, su complejidad muestra un efectivo enlace entre lo desopilante que va en curva ascendente y la falta de efecto emocional y “lógico” que esto tiene en los personajes a excepción, como hemos señalado, de Hernán.
Y es que se trata de una mirada crítica de la clase dominante pero desde afuera. No es la mirada crítica del que pertenece. Y este grupo de chetos parece capaz de integrar, homologar y deglutir cualquier ingrediente inmoral, ilegal, irracional y lo hace con gracia para el público y con desgracia para este personaje que termina confesando, luego de expresar su perplejidad, que les tiene un poco de envidia por su modo de pasar por la vida.

Pero lo sabemos, esa envidia del personaje es falsa en un sentido profundo porque equivaldría a perder la humanidad que la obra ampara y resguarda en su cosmovisión porque no se trata de un retrato cínico o corrosivo sin más. Los personajes tienen su claroscuro y terminan seduciendo incluso con su inaceptable proceder o por su inaceptable proceder pero no quedan justificados.

Permanezcamos en la anécdota y los personajes otro poco antes de pasar a la pregunta por la forma de contar la historia teatralmente que es en dónde radica, para mí, la apuesta más audaz.
El matrimonio que convocó a sus amigos para despedirse se está yendo a vivir al extranjero para tapar un chanchullo financiero familiar. Esto lo sabe Martín, el marido ( paladín del mundo “literal” interpretado irresistiblemente por Marcos Ferrante), porque su esposa ( precisa y expansiva Victoria Baldomir) no sólo desconoce esto y se enterará junto a sus amigos sino que también descubrirá que irán a México y no a Europa como ella imaginaba y soñaba. Esto la incomoda al principio, al ser puesto en evidencia, pero luego no será importante tampoco. Ella se adapta, asimila, y al final ni siquiera hará falta que se vayan porque todo se resolverá con otra vuelta inesperada de la historia que derrapará aún más desde una mirada ética.

Estos chetos de country conviviendo en aparente armonía con el querandi asesinado por el poder del conquistador bien pueden ser una versión actual del “Cambalache” de Enrique Santos Discépolo; o bien del sainete “Babilonia”, de su primo Armando, en el que la clase dominante argentina es un puñado de nuevos ricos ignorantes y sin memoria pero todos, ricos y pobres, parecen dispuestos a traicionar y traicionarse. También podríamos pensar la obra como una variación humorística de la sensibilidad que dió origen a una de la piezas ineludibles de la contemporaneidad, “El extranjero” de Albert Camus. Obras todas estas que interrogan la carencia de valores vinculados a lo humanístico que todavía luego de la segunda guerra mundial no fue redefinido como nos debemos. ¿Cómo definir hoy el valor de la cultura? ¿Qué es hoy la cultura?¿Cuál es su sentido posible?

Aplica esta caracterización de la obra de Camus (1942) a la de Gobernori :

“La (obra) es una lúcida descripción de la carencia de valores de la existencia contemporánea y una implícita añoranza de la coherencia moral y la autenticidad de sentimientos de una humanidad posible.”


III

Ante la bien orquestada indiferencia contemporánea frente a las necesidades del prójimo, al pasado y la crueldad cínica que caracteriza al ejercicio del poder en nuestro presente, Gobernori responde con sencillez y más inteligencia que desencanto:

“Me conmueve la potencia poética del teatro de poder hacer mucho con muy poco, también algo de las convenciones teatrales: un actor dice “esta lloviendo “ y el público por convención compra que llueve. Aunque no haya agua en el escenario ni un efecto: uno entiende.”

¿Cómo opera en el teatro la imaginación del espectador? Es esto lo que trabaja la puesta de Gobernori más allá del texto pero confiando en la palabra de un modo significativo. Es la dirección la que perfila y hace a la riqueza singular que uno disfruta y se lleva de la función resonando en el cuerpo. Porque curiosamente al contar de qué trata la obra uno sabe que no termina de decir lo que en verdad importa de esta propuesta y esto revela la potencia de su teatralidad.

La palabra, en “Imagen velada”, es acción. Y lo es en sentido bíblico si pensamos que dios, para nuestra proveniencia judeocristiana, hizo el universo hablando: “Y dios dijo hágase la luz y la luz se hizo”. Este pasaje del caos al cosmos hablando y sin meter manos como sí lo hacían los dioses griegos es decisivo. Pero no sé trata aquí de religión, claro está , sino de cambio de paradigmas. Gobernori sabe que la palabra “hace”, o bien la recupera en este valor que tanto fue cuestionado (con sentido y razón) durante el siglo pasado. Y cuando la toma para su teatro, en esta puesta al menos, no la duplica con la acción ni la ilustra ni la subraya ni la ironiza ni la secunda con recursos técnicos .

Hay para mí dos escenas memorables por su originalidad, belleza e implicancias. Se trata de la cena: El asado. Y el baile posterior. Pero antes de demorarnos en ellas quisiera poner en valor otras decisiones que entiendo permitirán apreciar mejor esos “milagros.”

La escenografía consiste en unos cuatro paneles rectangulares de unos dos metros y medio de alto que achican el escenario y a su vez permiten entradas y salidas. Luego hay un sillón, una mesa, y unas cuantas sillas todas colocadas de frente al espectador, incluso las que rodean la mesa porque lo hacen por detrás vistas desde el público. Todos los elementos, aunque de diferentes estilos y materiales están unificados por un mismo color gris neutro. No hay utilería.

La decisión de la disposición frontal de los objetos es muy efectiva (hace a la identidad de esta puesta, refuerza el modo de ocupar el espacio de los personajes) evoca, ya hecha la referencia a la característica coral de la obra, la disposición espacial típica de los coros y conjuntos de cámara. También sugiere algo de los patios gitanos en los que siempre vemos sillas y alguna mesa. Todas referencias lal universo de “lo escénico.”

En el espacio así concebido y con el artificio de la frontalidad, algunos de pie junto a la parrilla (boca del escenario)acompañando a Martin, el anfitrión y asador, y otros sentados más atrás en la mesa dispuestos a comer, sucede la cena que a nadie deja indiferente. Se piden choris, molleja, carne, se pasan ensaladas sin objetos y sin mímica, a pura palabra y supresión de gestos que ilustren o remitan al asunto del que sin embargo nadie duda: se están comiendo un asado y esa realidad está así como “cantada sin cantar pero encantando.”
Encuentro oportuno comparar esa escena con lo que en relación a la palabra y la acción ocurre en otras obras como por ejemplo el clásico “Esperando a Godot” de Beckett en la que sus dos personajes principales, que son amigos, terminan los dos actos en los que se divide la obra con estas casi idénticas palabras:

Estragón: Vamos, entonces
Vladimir:–Vamos

Pero ninguno se mueve, por indicación misma de la obra. Se genera así una contradicción tensa y amarga respecto a la posibilidad trascendente de la acción y la palabra. Las diferencias entre las épocas y la crisis del lenguaje en tiempos de Beckett y la actualidad merecen un tratamiento más extenso que aquí no cabe pero baste ahora señalar que Gobernori cree en la palabra y la vida de esta en la liturgia teatral como instancia transformadora. Tan así es que logra que los personajes reducidos a su sola presencia corporal (de pie o sentados), y a la enunciación (piden más , elogian y comentan lo que comen), nos muestran y demuestran que no necesitamos más para creer en ese asado ostentoso.

Y a esta cena la sucede un baile que también se jugará en una línea (¿trencito? ¿fila india?), ahora todos de pie, de frente, de perfil, o de espaldas al público, y apelando una vez más al poder del rito la escena transcurrirá sin música desde el comienzo hasta su clímax. Una fiesta la expresividad de los cuerpos de los actores en movimiento cuya presencia y gracia se expone más y mejor por eso que en apariencia “falta” o “no se oye”. Recordé al verlos ese clásico de Bob Fosse “Hey Big spender” de "Sweet Charity” no sólo desde lo casi coreográfico sino desde la realidad de lo prostibulario, lo que se exhibe y paga con dinero.

Los aciertos son tan identificables y consistentes que llevan a interrogar por contraste aquello que parece empobrecer la propuesta por responder a otra lógica o registro.

Por un lado el vestuario que es realista a la manera convencional. Hay colores que dejan apreciar un criterio o una decisión (marrón, beige, natural, azul, verde) pero son prendas de calle que mal o bien (en algunos casos cabe la duda) podrían usar los chetos de country representados. Pero al gravitar la puesta en torno a la convención poderosa del teatro tal vez podría haberse optado por ropa de calle de los actores mismos (o jugar esa idea) o un vestuario creado que evocase lo de uso real por parte de la clase social representada. O bien otra opción pero la elegida, en definitiva, no parece acoplarse al criterio estético que prevalece. Algo extraño siendo que la escenografía y el vestuario fueron pensados por la misma persona, Paola Delgado.

Por otra parte me interroga la tonalidad escatológica del humor porque no parece indispensable y, una vez más, parece tratarse de un desvío porque el humor que prevalece y define la obra es mas sutil y acaso hasta intelectual. Lo escatológico mas incómodo ( por disonante) recae sobre dos personajes femeninos que son amantes (el personaje representado por Sabrina Zelaschi, que está todo el tiempo con gases, la anfitriona representada por Baldomir que está por “cagarse” mientras habla con su ex).

Distinto es lo que sucede con el olor que se sugiere de cloaca que empieza a expandirse desde el baño en simultáneo a la preparación del asado. Esta superposición más sutil, que hace de bajo continuo de la obra, y a la que harán referencia los personajes, es efectiva y sugerente al punto de que es inevitable pensar en que comer asado o mi**da termina siendo casi lo mismo en ese mundo representado que nos desafía de frente. Sobre todo eso: de frente.

IV

Y queda para el final lo que acaso es el principio: el fantasma querandi (amigable presencia creada por Tincho Lups) que todo lo atestigua. Imagen del cuerpo que fue y no está pero habla. Este fantasma conversa, en un plano imaginario, especialmente con uno de los personajes y una vez más Gobernori nos gana porque no importa que esto sea imposible con otros personajes o en otros momentos, la cuestión es que ocurre y cuando ocurre el personaje real le dice algo así al fantasma: “Sabes que vos estás inventando está conversación, no?”

El querandi establecerá relaciones con algunos de los personajes, aquellos que parecen presentirlo mejor. Una incluso lo besará (la hija ilegítima hermosamente creada por Paloma Contreras).Ha aprendido a pasar el tiempo mirando televisión y reconoce en los visitantes algo del mundo y el lenguaje que fue modelando su experiencia televisiva.

Pero esta tele a la que hace referencia la obra no es la actual de las plataformas on demand, parece la vivida por el niño/joven Gobernori insertada en la realidad social actual. El jingle final que entonarán a capella los personajes saliendo de escena, también es “vintage”, y corona esta suerte de “¿homenaje?”
Hoy serían las redes y algunas aplicaciones las encargadas de “educar y entretener” (sin juzgar la calidad de ese magisterio y ese entretenimiento, por favor).

El querandi en la oscuridad con una luz parpadeante haciendo el efecto de la luz televisiva sobre su cuerpo, será lo último que presenciaremos de esta obra. Ahora no recuerdo si no es también el comienzo.

“El fantasma es algo muy recurrente en el teatro. Me conmueve, me convoca la idea de estar solo en la casa con un espíritu.” Estas palabras, que pertenecen una vez más a Gobernori, de algún modo duplican nuestra percepción. Por un lado nos acerca el fantasma querandi con el que hablan algunos de los chetos pero también nos muestra al querandi con un objeto que, como dijimos, de fantasma tiene ya mucho: imagen de lo que ya no es pero con lo que algunos siguen conversando.

El siglo pasado fue el siglo del cine. ¿Este será nuevamente del teatro? Hoy en día las plataformas han resignificado la industria y la cultura cinematografica. Vemos cada vez más cómo estrellas de Hollywood o del mejor cine de distintas partes del mundo están optando por actuar en teatros y cómo algunos de los más exitosos directores, sabiendo que el destino de sus películas es casi una semana en la pantalla grande y luego pasar al living o dormitorio familiar, también optan por la renacida energía teatral surgida post pandemia en respuesta al aislamiento y al exceso de virtualidad.

Nadie parece resignado a perder el cuerpo.
El teatro, siendo el mismo de siempre, se proyecta hoy por su singularidad y contraste con toda otra forma de producción y recepción artistica. Un aquí y ahora en el que no se permite la fuga del celular. Un aquí y ahora en el que quienes cuentan la historia y quienes la reciben se encuentran cuerpo a cuerpo en un retorno ritual ancestral en el que la imaginación desafía la literalidad y la ansiedad de la época. El fenómeno forma parte del presente. Aun es prematuro creer que podemos interpretarlo bien.

Hugo Mujica, uno de nuestros originales y fecundos filósofos argentinos, parece tener razón: “con frecuencia desesperamos de lo que creemos necesitar , no de lo que necesitamos.” El teatro de Gobernori nos recuerda hoy una de las formas de la esperanza y la verdadera riqueza: el teatro.

FICHA TÉCNICA

Dramaturgia: Santiago Gobernori
Actúan: Victoria Baldomir, Julián Cabrera, Paloma Contreras, Marcos Ferrante, Nicolás Giménez, Tincho Lups, Bárbara Massó, Facundo Lucio Mejías, Paula Pichersky, William Prociuk, Sabina Zelaschi
Cover: Julia Morgado
Escenografía y vestuario: Paola Delgado
Iluminación: Ricardo Sica
Fotografía: Agustín Bordignon
Diseño gráfico: Mariano Fernando López
Asistente de dirección: Melina Avramides
Prensa: TP Agencia
Asistente de producción: Diego Siri
Producción ejecutiva: Lucia Asurey, Soledad Asurey
Dirección: Santiago Gobernori
Producción general: Bárbara Lombardo y Sebastián Celoria

Entradas por Alternativa teatral.

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Lafinur 3259
Buenos Aires
1426

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