17/03/2026
Sobre "Los días perfectos”
(Crónica-critica-derivas)
“Si no imagina, el amor ignora.”
Es verano, la primera noche de febrero, y se siente en al aire relajado y entusiasta de la antesala a la última función de “Los dias perfectos”-al menos de esta primera temporada de escasas funciones sala llena y entradas agotadas-.
El teatro Nacional Cervantes, la dirección de Daniel Veronese, diestro en el lenguaje de lo comercial y lo experimental, y un actor, Leonardo Sbaraglia, en lo que es difícil no llamar la plenitud de una nutrida trayectoria: acaba de filmar con Almodóvar por segunda vez, ganar un premio por su protagónico en una serie de la plataforma del momento y ahora se ofrece en este escenario como único instrumento de una historia que sabe distinguirse entre las apuestas porteñas.
La gente conversa sonriente en las escaleras externas y el hall pero lentamente la sala se va llenando coronada de sentido. Todo parece sugerir que nada defraudará lo que sin duda se vive con gran expectativa.
*
“En este momento no me siento emocionado por el teatro, no encuentro cosas nuevas. Creo que estamos en una etapa de búsqueda o de meseta, pero me conmueven mucho los escritores.” Estas palabras pertenecen a Daniel Veronese e intuyo que parte del éxito del proyecto (un éxito en “voz baja”, sin embargo, en el sentido de los versos de Rojas Paz: “en amor como en poesía lo que triunfa es la voz baja”) es que la piedra de toque haya sido su intima emoción de lector y el deseo de convertirla en experiencia teatral. No es asunto menor elegir qué historia se quiere contar, dónde, cuándo.
El teatro puede prescindir del valor literario, lo sabemos, y hay muchas propuestas en la cartelera actual que así lo prueban (teatro físico, improvisaciones, biodramas, etc) pero no se puede negar que cuando hay un texto de valor literario la experiencia se potencia. Esta obra me parece prueba de ello. La emoción que despierta surge unida a la palabra y al impacto perdurable que puede tener su belleza cuando la escuchamos resonar en el cuerpo de un actor que nos la hace vivir.
A las manos de un director que afirma “yo quiero emociones y no veo muchas emociones en el teatro” llegó, entonces, esta celebrada novela de Jacobo Bergareche. Y más que de una adaptación eficiente (en el pasaje de la cultura española a la argentina, y de la novela al teatro) deberíamos hablar de una versión inspirada, en definitiva es una nueva pieza y parte del propósito de esta reflexión es explicitar por qué entiendo que esto es así y constituye, además, un plus.
Una obra de teatro que es “adaptación” (desde ahora entre comillas) de una novela que a su vez esta hecha de cartas. ¿El argumento? Un hombre que a partir de la lectura imprevista en un centro de documentación de Texas de originales de cartas que el escritor William Faulkner le escribió a su amante Meta Carpenter durante treinta años, hace una revisión de su vida, su matrimonio de 17 años, su familia, y se decide a recuperar el amor en apariencia perdido.
*
El escenario a la italiana esta intervenido por una especie de cruz de paneles traslucidos que convierte el centro del escenario en una profunda de esquina y si bien el espacio sugerido es el de una habitación de hotel metafóricamente podría sugerir también una encrucijada o esa cruz con la que se marcan en el mapa los tesoros.
Sobre los paneles traslucidos se proyectarán imágenes(la fachada del hotel, fragmentos de las cartas, la figura de una mujer, los dibujos que narran la felicidad de un día entre Faulkner y su amante ) y si bien la visión es atractiva y la propuesta de Alberto Negrín interesante, creo que queda a mitad de camino. No hay un aprovechamiento estético del espacio planteado así, ni de lo caligráfico ni del lenguaje visual ni tampoco un diálogo fecundo con la dramaturgia dinámica del montaje.
Pero si es una medianía accidental la que resulta de la escenografía y las proyecciones, hay otra medianía que es conquista: el hombre que encarna Leonardo Sbaraglia.
Vestido con ropa que podría ser de calle (pantalón suelto una remera una camisa) y descalzo , el periodista interpretado por Sbaraglia se expresa al comienzo de la obra con una cadencia rumiante, no monocorde pero casi, cadencia reiterativa, casi recitativa pero opaca y lo que cuenta es una escena que dice jugar con su pequeña hija casi como un ritual antes de que ella duerma.
La certeza de la felicidad que le brinda ese juego viene acompañada del temor de no saber cuándo será la última vez. Ese contraste – la anécdota feliz, la cadencia apagada- parece ser parte clave en la composición de este personaje que al promediar la obra irá ganando otra coloratura y brillo. El manejo de la voz es un recurso compositivo siempre notable en Sbaraglia, parte medular en la composición de sus personajes. Y este trabajo no es excepción, pero al principio ese tono puede incomodar, interrogar, pero por eso mismo creo que resulta efectivo.
Estamos ante un hombre vencido pero insomne, victima de sí pero que, pronto lo sabremos junto con él, no será su cómplice y encontrará desde donde rearmarse-o intentarlo-. Pero volvamos un momento a la novela para entender mejor lo que sucede con la singularidad de la obra.
*
La crisis del personaje en la novela de Bergareche tiene dos cimientes. Por un lado fue propiciada por la amante del protagonista que justo cuando él estaba yendo a su encuentro le propone dejar la historia en el recuerdo. Y por otro la imprevista situación de dar con la lectura del epistolario de Faulkner, el escritor favorito de su esposa. La novela esta compuesta por dos cartas y parte del epistolario del escritor norteamericano (hasta la publicación de esta novela absolutamente desconocido). La primera dirigida a la amante, la segunda a la mujer.
Veronese decidió dejar a un lado la carta a la amante y concentrarse en la carta a su esposa. Me llamó la atención saber que en parte se debió al temor de incluirla en el sentido de que creía que eso le quitaría al protagonista la empatía del espectador que empezaría a poner en duda su autenticidad o la de su amor.
Tal vez la génesis del viraje argumental este en ese temor pero la búsqueda de la emoción perdida en el matrimonio en una nueva relación no será un conflicto transitado en la pieza de Veronese. La obra teatral soslaya ese lugar si se quiere más convencional (aunque originalmente tratado en la novela) radicalizando otro: el impacto de la lectura, el imperativo creativo implicado en el amor.
Será al recorrer las cartas de Faulkner que el protagonista advertirá que la pasión resuelta en el adulterio en principio puede servir de bálsamo ante la emoción perdida en el matrimonio pero irremediablemente tiene el mismo destino. Es esto lo que advierte en el epistolario de Faulkner que abarca nada menos que 30 años. El personaje esta tomado por la inquietud que reflejan tan bien los versos de Juarroz: “¿cómo alcanzar a seguir en la caída o fracaso de las cosas la huella de lo que no cae ni fracasa?”
Si la magia del amor no escapa a la amenaza del desgaste y el tedio (propuesto en la obra como la real causa del desamor, incluso más que la muerte que puede por el contrario garantizar su perpetuidad), si el amor, en definitiva, como todo en nuestra vida, termina convirtiéndose en tarea, mejor estar a la altura y saber qué nos hará falta para ser sus cómplices y no sus sepultureros.
Lo realmente excepcional es la identidad de este hombre cuya capacidad de introspección , reflexión y sensibilidad se van desplegando en el devenir de la obra. Cualidades que además se sienten todavía mas exóticas en este presente ajeno a la intimidad o en crisis con la capacidad de propiciarla y sostenerla. Ni hablar en este presente de redes, aplicaciones y aceleramiento de audios para “ganar tiempo” de hacer lo que hace este hombre: ¡escribir una carta de amor!
Me resisto a creer que estamos ante un hombre común y ante un dilema común.. Creo que el riesgo del tedio y del fracaso nos hermana entre el publico pero su capacidad reflexiva, imaginativa y de acción ojalá nos inspire.
El amor es una experiencia mas excepcional de lo que pretendemos y sus miedos y desafíos forman parte de un repertorio problemático muchas veces eclipsado por miedos más graves que interesantes del orden colectivo que a su vez nos atraviesa. Esos problemas que la lúcida Silvia Bleichmar entre nosotros decía que nos impedían sentir y acceder a nuestros miedos personales a los que tanto derecho tenemos. Tal vez parte de lo original de esta experiencia sea que nos permite volver la mirada sobre ellos.
*
Sbaraglia conmueve. Le basta caminar el escenario, tomar y descartar los papeles que hacen de las cartas de Faulkner, sentarse de vez en cuando en la silla, único objeto de la escena, y sobre todo hacer de cualquier rostro del público multitudinario el rostro de Paula sin que ese cambio en la interlocución quiebre la intimidad lograda. Ortega y Gasset cuando le recomendó a Victoria Ocampo dedicarse a escribir sus Testimonios le dijo que él pensaba que la mujer tenia la capacidad de escribir centrándose en un solo ser, y que el hombre, incluso hablando consigo mismo se dirigía siempre a un auditorio. Mi experiencia con esta puesta fue inversa…sentí que las cientos de personas que estábamos ahí podíamos ser una y lo estábamos siendo de hecho. Acaso se deba a la potencia de intimidad que logra Sbaraglia sobre el escenario.
EL TEDIO
El gran critico literario y teórico de la cultura George Steiner en su libro “El castillo de Barba azul” ensaya la idea de que el holocausto tuvo su preparación espiritual en el romanticismo, que la generación romántica estaba celosa de sus padres y que la locura y la muerte eran para ellos, aun en la fantasía, preferibles al interminable domingo y al sebo de la forma de vida burguesa.
Nuestro tiempo es otro ciertamente, tiempo de guerras, de cinismo, de profanación de la naturaleza y desigualdad creciente. Hay necesidad de conciencia, de acción, de protagonismo y a su vez una indiferencia infernal que cuesta homologar al tedio.
La necesidad de sentirnos vivos puede sin duda conducirnos a una fantasía de destrucción pero también a esta propuesta opuesta de “Los días perfectos”: la creación, la imaginación, la actuación inspirada en el seno de lo cotidiano .
Hay cierta afinidad entre la versión de Veronese y la visión de nuestra cineasta Lucrecia Martel que alienta a inventar con urgencia el futuro, pero uno en el que queramos vivir, no los distópicos que proliferan.
Veronese también cambió el nombre del hotel en el que se aloja el protagonista. No estamos en el Driskill Hotel de la novela sino en un hotel llamado Shakespeare. Y por supuesto esto hace a la cosmovisión y poética de la propuesta. Si en la novela la reflexión sobre el adulterio es insoslayable y protagónica, en la obra teatral se diluye su relieve y se aborda un dilema acaso de menor impacto pero a mi ver de mayor profundidad.
EL AMOR
Un dibujo en viñetas de la rutina de un día de playa de Faulkner y Meta Carpenter es paisaje y ocasión de una epifanía en la comprensión del amor por parte del protagonista. Un día simple, sin nada extraordinario, puede ser un día perfecto. Al ver el dibujo logra reconocer que un día que se nos ha vuelto inolvidable no lo es por obra de la voluntad ni necesariamente por un atributo distintivo sino que como el amor, ocurre.
No es posible saber cuál día gozara de esa inspiración que lo hará distinto, que lo elevará sobre otros tantos días indiferentes, pero los habrá. Los hubo. Él los tuvo. Un día perfecto, como el encuentro amoroso, no se fabrica, se revela. Y él, que supo estar enamorado de su mujer, empieza a recordar e inventariar los suyos en su carta como forma de acercamiento.
Uno de los momentos más conmovedores de la obra es, sin duda, cuando el personaje recuerda un viaje a la costa que logran concretar escapando a la rutina de su reciente maternidad-paternidad. Había planeado al llegar cocinar algo especial, detalles románticos y una noche apasionada. A mitad de camino Paula con gran entusiasmo le dice que desea ir a visitar una iglesia que quería conocer pero esto les implicaría desviarse y por lo tanto no llegar a lo que él había planeado.
Sin saber bien qué decir ni qué hacer le expresa de manera un tanto forzada que le parece magnifica la idea e incluso se sorprende de estar resultando convincente porque para sí mismo no lo está siendo en absoluto (la expresividad de Sbaraglia en esta escena, por cierto muy teatral, es deliciosa).
Pero al final el cambio de plan resulto de maravillas, entraron al pueblo con música fuerte y él termina incluso comulgando en la iglesia sin ser creyente. Ver la alegría de su esposa terminó resultándole lo conmovedor. Estar ahí con ella fue su felicidad.
Algo de ese torcimiento de la sinceridad, algo de esa actuación suya como marido tiene las mejores connotaciones shakesperianas. Fue el bardo inglés el primero en pensarnos como actores. En momentos claves de la vida de sus personajes la revelación o el ejercicio de una verdad implica actuar como otro, tiene como imperativo la actuación y no la inmediatez de la sinceridad: cuando Edgar se hace pasar por vagabundo para ayudar a su ciego y arrepentido padre Gloucester en “El rey Lear”, cuando Porcia se disfraza de abogado y realiza esa extraordinaria defensa para salvar a Antonio, al amigo de su amado Bassanio en “El mercader de Venecia”. La obra de Veronese pone a la actuación y a la pregunta por el encuentro en la imaginación, en el centro de la historia y de la posibilidad del amor.
“¿Qué juegos de la imaginación nos quedan a nosotros? ¿Qué historias armamos en las que nos imaginamos juntos?” Se pregunta con dolor el protagonista cuando cree que a lo mejor lo han perdido todo.
El lugar y el tiempo que se ocupan en el ejercicio intimo de imaginar a quien se ama forma parte de la posibilidad del vinculo, lo revela, lo sostiene. Y el personaje se arriesga a esa posibilidad del reencuentro aun sabiendo que puede ser que incluso su esposa lo este esperando con una decisión tomada y antagónica pero eso vuelve todavía mas valiosa la apuesta porque radicaliza su entrega, lo hace apostar dispuesto a perder.
No especula, escribe, sueña y escribe en la carta a su mujer todo lo que imagina quisiera hacer con ella a su regreso. Pero escribirlo, decirlo, no es simple comunicación, porque es en el despliegue de ese imaginario, en lo dicho, en el tiempo de decirlo, en el modo de decirlo, en el tiempo de leer e inventar y reinventar que está ocurriendo el amor.
Al terminar su carta, como ya esta próximo a viajar de regreso, decide enviarle un WhatsApp diciéndole que le escribió un mail. Y para garantizarse que lo lea le escribe que a su regreso deberán hablar (sabiendo que no hay frase, como dice él mismo, que nos inspire más terror) No sabemos qué resultará y la obra termina.
*
Sbaraglia tarda unos segundos en venir al encuentro de los aplausos y en la sala se siente gratitud. San Agustín en sus Confesiones plantea una idea de pecado que difiere bastante de aquella que manejamos cuando pensamos que se trata de incumplir un mandamiento. Él plantea que “entrar en falta” es que nos falte la plenitud que algo tenía para nosotros. La irrupción del amor, los días perfectos, desafían nuestra tantas veces fallida o pobre percepción. Esta obra nos recuerda no ceder a la costumbre nuestro real y posible protagonismo. Nos invita a imaginar o a soñar despiertos como condición insoslayable de cualquier transformación.
FICHA TÉCNICA:
Intérprete: Leonardo Sbaraglia
Adaptación y dirección: Daniel Veronese
Basada en la novela de Jacobo Bergareche
Producción general: Julieta Navarro
Asesoría artística: María Figueras y Julieta Navarro
Escenografía y video-proyeccion: Alberto Negrin
Iluminación: Ariel Ponce
Producción ejecutiva: Chiara Alessi
Musicalización: Daniel Veronese
Programación de video: Nicolás Matías Marino
Asistencia de dirección TNC
Matías López Stordeur
Mónica Quevedo
Hola Behèran
Producción TNC
Santiago Carranza