11/05/2025
“NO ME OFENDO SI NO LEES LO QUE PUBLICO.
ME OFENDO SI PÒNES ‘Me Gusta’ SIN LEERLO”. (Miguel A. Giordano)
El siguiente texto es un poco largo, pero es MUY IMPORTANTE que lo leas, para que conozcas a un verdadero PATRIOTA y a un personaje sin igual. Gracias.
* 11 de mayo de 1832 * Muere en Paraná (Prov. Entre Ríos), el Fraile franciscano: Francisco de Paula Castañeda, "gauchipolítico" y periodista, tuvo una destacada actuación política y editorial durante las primeras décadas de nuestra historia.
Francisco de Paula Castañeda nació en Buenos Aires, en 1776, hijo de Ventura Castañeda y de María Andrea Romero. Su progenitor era español o “Viracocha”, en el lenguaje de su hijo y fue comerciante mayorista con amplias vinculaciones en las provincias como en España.
En 1793 ingresó en la orden franciscana.
Actuó como capellán durante las Invasiones Inglesas, en ambos bandos, pues simpatizaba con los ingleses y éstos llegaron a prendarse del franciscano.
En el panegírico que, cuando la Reconquista pronunció en la Catedral, sostuvo que, “por haberse corrompido la administración española, habíamos rendido a dos mil hombres”. A raíz de los sucesos de mayo de 1810 adujo eso mismo como causal de que España perdiera sus provincias de ultramar y la consideraba como la causa primera del movimiento emancipador.
Era opinión unánime, entre sus contemporáneos, que como orador tenía el arte de decir las cosas de tal modo que sus oyentes le oían sin trabajo ni fatiga, con interés y con placer. Cuando en 1815, habiendo regresado a España Fernando VII, dícese que no se halló quien quisiera tener la Oración patriótica del 25 de Mayo. Castañeda aceptó y con gran valentía supo enfrentar la difícil situación, llegando a elogiar al monarca, pero con fina picardía y singular habilidad.
Ocho meses más tarde, por disposición de Rivadavia, estaba Castañeda desterrado de la ciudad de Buenos Aires y custodiado en Kaquelhuincul en las cercanías de la actual población de Maipú, al sur de dicha provincia.
Pero antes de referir sus diferencias con Rivadavia, hay que recordar que, después del Obispo San Alberto, fue Castañeda el más empeñoso propagador de la enseñanza primaria que hubo en el Río de la Plata, y fue el primer entusiasta de las escuelas de dibujo. En conformidad con ideas de la época, opinaba que nada como el dibujo podía contribuir a que un hombre fuera bueno. Primeramente, en la Recoleta y después en los salones del Consulado, instaló su Escuela de Dibujo.
En cuanto a escuelas de primeras letras obtuvo que se fundaran dos en Buenos Aires, una en el barrio norte y otra en el barrio sur.
En “Véte, Portugués, que aquí no es” (Nº 19, párrafo 3), aunque en tercera persona relata todo lo que en este sentido, había hecho él, dentro y fuera de Buenos Aires. Cuando Rivadavia se propuso civilizar por medio de decretos, aspirando a poner a Buenos Aires en un todo según las costumbres y hábitos parisienses, llegando a entrometerse en el campo religioso. Castañeda se irguió contra él y contra todos los que formaban el círculo cultural que le rodeaba e inspiraba. Llegó a fundar, para propia comodidad, hasta once periódicos, alcanzando en algunas épocas a publicar tres simultáneamente.
Su vena de polemista era inagotable, pero sus excesos de lenguaje, aunque era análogo al de sus adversarios, motivaron más de una acusación del fiscal de Estado, por lo qué, “La Verdad Desnuda”, y “La Guardia Vendida”, fueron considerados agraviantes y ofensivos para el gobierno. En castigo estuvo dos veces desterrado en Kaquelhuincul, una en Fortín Areco, y otra en Catamarca, pero de esta huyó a Montevideo y de allí pasó a Santa Fe. También fue desterrado al pueblo de Pilar, donde llegó a conquistar las simpatías de las gentes de allí. También, ayudó a construir un puente sobre un arroyo cercano y levantó la actual iglesia, muy reformada a fines del siglo XIX, por el arquitecto salesiano Vespignani.
Se ha criticado mucho a Castañeda por su lenguaje, pero no era sino el que usaban para combatirle sus adversarios y sus ataques eran personales, como los de ellos.
En un párrafo de sus escritos, Castañeda dice:
“La época de Rivadavia es la de un loco furioso, cruel, hereje, inmoral, déspota, traidor, consuetudinario y reincidente, fiado no más que en la impunidad, que le resulta de la constelación de sabios, a quien pertenece, y que lo necesita para biombo y testaferro. Rivadavia ha repetido en grande los hechos que Alvear trazó y dibujó en pequeño”.
Tuvo muchos enemigos y muy encarnizados como Juan Cruz Varela, Pedro José Agrelo, Pedro Feliciano Sáinz de Cavia, Hilarión de la Quintana, Juan Crisóstomo Lafinur y otros. Aunque Lafinur reconoció su errada conducta y se reconcilió con Castañeda.
En forma muy especial, Castañeda fustigó sistemática, humorística e injuriosamente la política religiosa de Bernardino Rivadavia desde la innumerable cantidad de periódicos de pintorescos nombres que fundaba, editaba y redactaba con saña y pasión.
Luego de abusar de la paciencia de todos, desde las páginas de “El Despertador Teofilantrópico Místico Político”, “Paralipomenon al Suplemento del Teofilantrópico-Místico Político”, “Doña María Retazos”, “El Desengañador Gauchipolítico”, “El Amigo de Dios y de los Hombres”, “El Lobera”, “La Verdad Desnuda” y “La Guardia Vendida por el Centinela y la traición descubierta por el Oficial del Día”, “Desengañador Gauchi-Político”, “Dom eu nau me meto con ninguen” y “La Matrona Comentadora de los Cuatro Periodistas”.
A Bernardo González Rivadavia, más conocido como Bernardino Rivadavia le dedicó estos versos:
"No hay provenir maravilloso
ni otro contenido más delicado
que librarse del Sapo del Diluvio
El Sapo es Rivadavia o Rivaduvio
o el Robespierre el renegado".
También lo apodó “Crispinillo el Trompudo”, en su canción “El Teruleque”, “Escriba”, “Doctor Bernardino Garrapata” y “Don Bernardote Riobombo”.
También refiriéndose a Rivadavia, como “Del nuevo Don Quijote de La Mancha, de la trompa grandísima, del inflado con antiparras, del sapo diluviano, del escuerzo de Buenos Aires, del Rey loco, del Ombú empapado en aguardiente, del Doctor en Ignorancia, de la Sota de Bastos (…) ¡Libera nos Domine!”
Finalmente, fue expulsado de Buenos Aires.
Radicado en Entre Ríos, siguió con su afición por medio de “Los Deberes del Hombre”, “Vete portugués que aquí no es”, “Obras Póstumas de Nueve Sabios que murieron por Retención de Palabras”, “Buenos Aires Cautiva” y “La Nación Argentina Decapitada por el Nuevo Catilina Juan Lavalle”, libelos que, no obstante, sus sarcásticas denominaciones, revelaban un raro sentido común.
Fue el único en advertir la enorme injusticia que pueblo y gobierno de Buenos Aires habían cometido con Manuel Belgrano al no asistir a sus funerales.
Todos sus periódicos eran en defensa de los intereses espirituales y políticos del país. Aunque tan patriota como el que más, sabía Castañeda que era una aberración querer romper con el espíritu heredado de España y, en caso de reemplazarlo por otro, ello no podía efectuarse por decretos y a corto plazo.
Por su lenguaje, Castañeda ha sido comparado con Pantagruel y como periodista, se le ha considerado no inferior a Sarmiento: Fue un gran pensador y su filosofía era la del sentido común.
En Santa Fe contó con el apoyo de López y en el pueblo de San José del Rincón, donde se hallaba ya a fines de 1823, levantó iglesia y escuela y se puso a convertir a los indios mocobíes que por allí merodeaban. Gracias a una prensa manual que pudo armar, dio a la publicidad varios periódicos y otras publicaciones, hoy imposibles de hallar, como “Población y engrandecimiento del Chaco”, “El Santafecino a las otras provincias de la Antigua Unión” y “Obras Póstumas de nueve sabios que murieron por retención de palabras”.
Una sequía atroz deshizo sus planes en San José e invitado por los indios partió con ellos a Entre Ríos en 1827, donde levantó un instituto educacional en Paraná, aunque San Juan y Corrientes se habían empeñado en que se trasladase a esas provincias.
Con la ayuda del entonces gobernador entrerriano Mateo García de Zúñiga pudo realizar su obra educacional, sin dejar del todo la periodística, pero abandonó Paraná y en 1829 se hallaba en Rosario del Tala, y allí como en Buenos Aires, Montevideo, Santa Fe y Paraná, repitió su obra:
“Mis frailes son los libros que reparto gratis a la amable juventud y las balas del fusil: el a. b. c…”, como dijera de sí mismo el Padre Castañeda en su “Buenos Aires Cautiva”
Desde sus periódicos descargó sus dardos y su artillería verbal contra sus enemigos políticos, a quien no dudó en ridiculizar y poner originales apodos, utilizando seudónimos que el mismo se atribuía.
Tuvo la predilección por los seudónimos con “Doña”. En el “Desengañador Gauchipolitico” del 5 de agosto de 1820 firmaba un Comunicado como “Doña viuda de la Patria” y en distintas oportunidades lo hizo como “Doña Aburrida de Ingratos”, “Doña a Veces me Falta la Paciencia”, “Doña Detesta Niños”, “Doña Honesta Recreación, “Doña Lección no Interrumpida”, “Doña Estense los Cristos Quedos” o “Doña Mejor Jugador no Debe Quedar sin Cartas”.
El Padre Castañeda falleció de muerte natural.
Fray Nicolás Aldazor, después Obispo de Cuyo y que tuvo a su cargo la Oración fúnebre dijo:
“No murió como los mundanos, sino como un verdadero hijo de San Francisco, escogido de Dios y predestinado para el cielo.
El mismo instó al párroco, que era el doctor Francisco Álvarez, para que le administrara los santos sacramentos. Pidió que le vistieran con su pobre hábito y cobrando un aliento extraordinario protestó delante de todos, su adhesión firme a la Iglesia y con especialidad al dogma de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; detestó las falsas doctrinas tan opuestas al bien de los pueblos y terminó sus alientos confesando el amor a la religión, en que había nacido y a la patria que había sido siempre el objeto de sus tareas”.
Juan Manuel de Rosas solicitó que los restos mortales de Castañeda se trasladaran a Buenos Aires, los que llegaron el 28 de julio del mismo año, siendo depositados en el Panteón del Convento franciscano. A sus exequias, asistió el gobernador brigadier general Juan Ramón Balcarce, y lo despidió el P. Aldazor, que al decir de Otero vindicó la fama de Castañeda “del desprestigio con que había querido envolverla la persecución sistemática del adversario”.
En la cripta reposaron sus restos hasta que ciertas refacciones realizadas en la misma hicieron que desaparecieran de allí.
“Hasta sus restos imitaron con la inquietud la insogable vida del fraile batallador”, escribe Segura, y corresponde a lo que de sí mismo había dicho Castañeda: “¿Qué no dirán de este pobre fraile que cuando no está en la cárcel, lo andan buscando?
Su fisonomía encajaba con sus maneras nada comunes ni elegantes. Su cara era un ejemplo de fealdad; sus ojos, espejos de la viveza y de la picardía; de labios gruesos como dispuestos a pronunciar la frase dicharachera, sus pómulos prominentes le hacían propaganda de anarquista bonachón que remataban en una nariz ancha y tuberosa, todo digno de un cuadro de Velázquez o de la pluma de Quevedo.
(Fuente: Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino (1750-1930) – Buenos Aires, 1969)
Decía el Padre Castañeda:
“No hasta que los niños aprendan los rudimentos de la religión católica que por dicha nuestra profesamos, no hasta que sepan leer, escribir y contar, pues todas estas habilidades pueden aprenderlas de día, preciso es que la noche se emplee en su instrucción y enseñanza; el dibujo o grafidia, la geografía, la historia, la geometría, la náutica, la arquitectura civil, militar y naval, los artefactos de todo género, deben entrar también en el plan de su buena y bella educación; la esgrima, la danza, la música, el nadar y andar a caballo, pronunciar correctamente el idioma nativo, y mil otras particularidades que aunque no prueban sabiduría en quien las posee, pero arguyen mucha ignorancia y muy mala crianza en quien las ignora.
Entremos gustosos en este plan admirable, encarguémonos los que no tomamos las armas de esta comisión importantísima, y en pocos años veréis los rápidos progresos que obra la necesidad unida con la industria y la libertad”.
(Fuente: Juan P. Ramos. Historia de la instrucción primaria en la República Argentina. 1810-1910. Buenos Aires, Peuser, 1910, T 1, págs. 29-30).
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