03/04/2026
Con este post inauguramos , una sección dedicada al abordaje de la Edad Media en su fascinante complejidad.
El 𝘴𝘤𝘳𝘪𝘱𝘵𝘰𝘳𝘪𝘶𝘮 es, sin dudas, uno de los espacios medievales por antonomasia.
Su propósito en tanto taller, principalmente monástico, consistía en la reproducción de libros para el uso durante los oficios de la misa, la formación de los monjes y la lectura individual. Su almacenamiento y preservación en la biblioteca local aseguraba, además, la pervivencia de los textos religiosos, como aquellos que trataban sobre la liturgia, las palabras de los Padres de la Iglesia o los libros de exégesis, mas también, aunque en menor medida, de obras de autores clásicos (literatura, tratados de gramática, aritmética).
Los ejemplares, de reducida circulación, podían eventualmente prestarse a otros monasterios o realizarse bajo solicitud, pero no tenían el fin de su venta.
En términos físicos, no se ha identificado una ubicación invariable de los 𝘴𝘤𝘳𝘪𝘱𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 en la distribución del cenobio. No obstante, sabemos a través del plano de Saint Gall (imagen 2) que podían hallarse, junto con la biblioteca, a un lado de la cabecera de la iglesia.
Estos espacios podían albergar a un colectivo poco numeroso de actores con tareas específicas, relativas a diversas instancias de la producción de la obra, aunque en monasterios pequeños, más de una tarea recaía sobre el mismo participante.
El 𝘱𝘦𝘳𝘨𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘳𝘪𝘶𝘴 solía ser quien iniciaba la producción mediante la preparación del pergamino, creado a partir de pieles o entrañas de animales como ovejas, cabras, terneros, gacelas y ciervos. Un extenso proceso incluía la esquila, raspaje, curtido, lavado y estirado del material para luego adecuarlo a la estructura del códice, recortando las piezas en forma rectangular. Solían luego doblarse para el armado de los folios. Tras la disposición de intercolumnios y renglones, la pieza pasaba al 𝘴𝘤𝘳𝘪𝘱𝘵𝘰𝘳𝘪𝘶𝘮 para la escritura, en primera instancia. Para ello, se utilizaba un cálamo o una péñola, que requerían un acondicionamiento previo a su uso. Tras la escritura, la obra pasaba por un proceso de revisión que implicaba posibles correcciones en forma de tachaduras u palabras añadidas en los márgenes.
El paso posterior era la intervención de los iluminadores, que podían también ser los escribas. Consistía en la ilustración de las páginas mediante la inclusión de elementos decorativos que solían ubicarse en márgenes, intercolumnios o letras iniciales, y mediante la presentación de escenas que acompañaban e ilustraban el texto. Estas se hallaban en parte de la superficie del folio o en folios completos.
En el caso de las iniciales de párrafos, capítulos o secciones, podemos encontrar ornamentos, representaciones humanas o animales (“iniciales habitadas”) o escenas narrativas (“historiadas”), como puede verse en la tercera imagen 3 (Biblia de Hamburgo, MS. GKS 4 2°, vol 2, fol. 183r)
En algunas obras podemos encontrar retratos del escriba o el miniaturista, como vemos en la primera ilustración. Allí encontramos al escriba Eadwine de Canterbury en plena acción (Salterio de Eadwine, MS R.17.1). También podían incluirse colofones, donde se registraba información relativa a la producción de la obra, generalmente el nombre de quiénes intervinieron y donde se produjo.
La instancia final era la encuadernación, cuyas características podían sugerir el origen y destino de la obra.
La profusión de talleres fuera del ámbito monástico comenzó a producirse hacia mediados del s. XII, con la comitencia real, la cortesana, de la incipiente burguesía y de las universidades. Paralelamente, la producción de obras para la devoción personal, como los libros de horas, y sobre temática no religiosa devino frecuente. Así, piezas dedicadas al conocimiento astronómico, a la historia natural, los cantos y juegos, la historia local y las leyes ocuparon progresivamente los folios.
L.M.