22/11/2025
En el pueblo de Roberts
Llegué al pueblo con la idea de que para comprender un territorio hay que caminarlo: marcar un mapa, detenerse en lo mínimo, observar los distintos modos de estar en comunidad. Los días fueron tejiendo una trama inesperada: una huerta atendida con paciencia, un taller donde el mate es puente, una biblioteca que es memoria y futuro, mujeres que trabajan y sostienen. En esas historias que contaron sin apuro apareció lo que buscaba: la forma afectiva en que un pueblo se piensa a sí mismo. Así, la vieja estación dejó de ser edificio para volverse metáfora, punto de inicio, lugar de espera, espacio de encuentro y la delegación se volvió el escenario ideal para hablar de ese cruce entre lo que se decide y lo que se vive.
El mural no es un retrato fiel, pero contiene las voces de todas: un ladrillo sostenido con orgullo, una flor cuidada, ropa de trabajo, guardapolvos que acompañan, olor a jazmines. En la escena se retratan fuerzas: trabajo, cuidado, dignidad, persistencia. Esta residencia me confirma que el arte comunitario no depende de la participación directa, sino de la escucha profunda: dejar que la vida cotidiana filtre su propio lenguaje y vuelva imagen. Lo que queda en el muro intenta no ser una postal o idealización, sino una conversación abierta, una invitación a pensar cómo vivimos, cómo nos nombramos y qué elegimos construir juntos (Sole Moisas, 2025)